martes, 11 de junio de 2013

Capítulo 2 | Gotta Be You


     Liam Payne.
     Aquel nombre me era familiar, como si lo hubiera leído en alguna revista o simplemente escuchado en casa. Liam Payne... ¡Liam Payne! ¡Era él! Mi hermana no solo era una gran fan del grupo, sino que los conoció hace unos años. Es más, corrieron rumores —y fue portada en varios medios— de que ella y uno del grupo mantenían una relación. No lograba recordar con quién. One Direction. Así era como se llamaban, aunque mi hermana los solía denominar «los chicos».
     — Na na na na— entoné algunas notas de su canción más conocida—. Baby you light up my world… Esa canción es vuestra, ¿verdad? 
     — Like nobody else— rió—. Sí. Esa es nuestra. 
     — Es la única que conozco. Juro que hubo una época en la que estaba en todas las emisoras de radio— sonreí de nuevo y me llevé la mano a la muñeca que me dolía.
     — ¿Te duele?— preguntó afligido.
     Unas grandes punzadas de aflicción me aturdían el brazo, que se extendían como ingentes y desgarradores truenos de dolor.
     — Estoy bien.
     — Yo soy Batman.
     Fruncí el ceño, displicente.
     — Pensé que estábamos jugando a decir mentiras— se echó a reír y enarqué una ceja. «Idiota» pensé—. De acuerdo, vale; está muy visto pero podrías haberme seguido el rollo. Ahora he quedado como un completo idiota. Igualmente pienso que no puedes conducir con la mano así. Propongo llevarte a urgencias para que descarten una posible rotura.
     — Estoy bien. No me duele. No necesito ir a ninguna parte con nadie.
     Había elevado mi tono de voz gradualmente. Tuve que cerrar los ojos para tranquilizarme y Liam puso una mano sobre mi hombro.
     — Lo siento.
     — Sé quién eres— dijo de inmediato—. Emma Wells.
     Alcé la vista y dibujé una media sonrisa.
     — Fascinante— rezongué—, pero he de recordarte que yo misma te lo he dicho hace menos de dos minutos y medio. ¿Lo has olvidado?
     — Eres la hija de Arthur Wells— concretó—. Estuviste saliendo con Adam Levine y el español que hay en el Bayer. Eres la hermana de Madison. ¿Sabes que tuvo una pequeña aventura con Niall?
     ¡Niall! Era él.
     — Qué bien— contesté a lo Flynn Rider.
     — Bueno, vivo muy cerca de aquí. Acompáñame y deja que al menos te haga una cura de urgencia y te ponga un poco de hielo hasta que baje la inflamación. Luego prometo acompañarte de nuevo hasta aquí para que cojas tu coche.
     — Yo también vivo cerca de aquí— exhalé—. ¿De verdad que todavía sigues con eso? Dime una, sólo una razón por la que debería confiar en ti.
     — En primer lugar parece te va a explotar la mano— siseó, señalándome—. No voy a acorralarte en ningún callejón oscuro, eso nos afectaría a los dos.
     — ¿Y eso por qué?
     — Porque no hay callejones oscuros en Londres. Eso no son más que americanadas. Todo el mundo lo sabe— replicó como si fuera un dato que me hubieran tenido que ofrecer cuando estudiaba bachillerato—. Además, hay cientos de miles de personas que nos cortarían la cabeza si eso llegara a pasar, entre ellos mi novia, los medios, las fans y demás.
     Accedí a acompañarle con un leve asentimiento de cabeza y echamos a andar por Clarendon Pl. La mano casi no me dolía aunque seguía bastante hinchada. Se colocó la gorra y se puso las gafas de sol correctamente, supuse que para que no lo reconocieran, a pesar de que ya había anochecido.
     Aquel muchacho era una persona sensible, alegre, divertida y muy modesta, cosa que era lo último que me esperaba de una estrella del mundo de la música.
     Alguna que otra fan le detuvo para poder pedirle un autógrafo o hacerse una foto con él. El ambiente era prácticamente nulo. Solo los valientes eran capaces de salir a aquellas horas, por aquel tipo de calles y con el frío que hacía.
     Decidí retomar la conversación una vez que tres chiquillas se alejaron de nosotros con una foto con Liam en el móvil, un autógrafo en un cuaderno y cientos de lágrimas cayéndoles por las mejillas.
     — ¿No es difícil salir a la calle siendo Liam Payne?— pregunté tras un leve movimiento de cabeza para acomodarme el pelo.
     — Normalmente es casi imposible salir si quiera de casa— contestó con el cansancio tomando poder sobre su grave voz—, otras veces me recuerdo a mí mismo que estamos donde estamos gracias a nuestras fans. Sin ellas no seríamos nada.
     — Tenéis a unas fans geniales.
     — Lo son— sonrió—. Lo nuestro es un trabajo en equipo. Juntos hemos levantado a One Direction y lo hemos llevado hasta la cima. Cuando salimos de Factor X comprendimos que estábamos vinculados a ellas de alguna manera. Que algo infinitamente perdido y cercano nos unía. No sé si me entiendes— explicó con una sonrisa en el rostro y yo asentí—. Es una paradoja, lo sé.
     — Vuestro estilo de vida debe ser...
     — Qué cotilla— me interrumpió riendo.
     — ... complicado.
     — Especialmente es difícil mantener los pies siempre en el suelo, pero creo que todos nosotros llevamos vidas muy normales fuera de la música, por lo que no dejamos que las cosas nos desborden. Aún salimos por ahí sin necesidad de guardaespaldas, vamos de copas con nuestros amigos o al cine un sábado por la noche— comentó, buscando en los bolsillos traseros de sus vaqueros—. Somos personas normales con un trabajo peculiar. Eso es todo.
     Liam sujetó unas llaves y se las guardó en la palma de la mano.
     — La fama es como todo— continuó—. Es divertida si sabes cómo utilizarla. En cuanto te sales de tus límites, todo se desborda y acabas en la ruina— continuó—. Supongo que nuestras familias y amigos nos han ayudado a seguir siendo nosotros mismos. No nos dejan pasarnos ni un pelo de la raya; en cuanto la cruzamos, se nos echan encima.
     — ¿En qué sentido?
     — En todos los sentidos. Hace un par de meses viajé a Wolverhampton por Navidad. Estaba en el sofá viendo el fútbol con mi padre y le pedí a una de mis hermanas que me trajera una cerveza— comenzó a explicar, repentinamente más animado—. ¡Solo le pedí una cerveza!— se echó a reír—. Primero me miró así— Liam intentó recrear la escena, entrecerrando los ojos de un modo amenazador—, después me lanzó un cojín y me dijo que no iba a permitir que yo le dijera qué debía o no debía hacer.
     Me eché a reír.
     — ¿Qué más hizo?— curioseé.
     — Se marchó a su habitación mosqueada y yo me levanté a por un botellín— confesó—. Dios, jamás la había visto tan enfadada. ¡Y solo era una cerveza! Imagínate que la pido que me lleve al Molineux. Me hubiera cortado la yugular con los dientes.
     — Dios mío— reí.
     — Eso dije yo. Desde entonces tengo la lección bien aprendida: no le pidas una cerveza a tu hermana o te arrancará la cabeza de un manotazo— abrió la palma de la mano y se plantó ante un edificio cuya fachada estaba revestida con un acristalamiento oscuro, y ladrillos de un tono anaranjado—. Hemos llegado.
     Abrió con ella la puerta del inmueble que daba a un lujoso hall. Era del tamaño de un salón normal y corriente, aunque a decir verdad, sólo su tamaño era normal y corriente: estaba solado de mármol travertino italiano en color marrón, las paredes pintadas de un tibio color ocre y varios ventanales dejaban que la apagada luz del sol entrara a raudales en la sala, adquiriendo de este modo unos preciosos tonos. El mobiliario Luis XVI, y un par de cuadros de Dalí decoraban el paramento. Un conserje —de nombre Edward— saludó a Liam amistosamente y a mí me lanzó una sonrisa muy dulce. Cogimos el ascensor y Liam pulsó sobre el número 4; la última planta. Lo más extraño era que exteriormente el edificio tenía cinco.
     — No te asustes si todo está algo desordenado. Louis no ayuda mucho en ese aspecto y, sinceramente, los demás no somos muy amigos del orden— Liam interrumpió mis pensamientos—. Si no llega a ser por mí, lo más posible es que el apartamento se asemejara a un vertedero de lujo.
     — ¿Louis?— ¿quién mierdas era Louis? ¿Otro de ellos?— ¿Vivís todos juntos?— me atreví a preguntar a falta de otra cuestión que formular.
     — Después de haber vivido por separado, convinimos que era mejor estar todos juntos, aunque el experimento no ha sido para lanzar cohetes. Una vez que te enamoras, no es muy divertido llevar a tu chica a tu apartamento y que haya cuatro petardos dando el coñazo. Zayn y su novia quieren mudarse a vivir juntos.
     — Es como tener a cuatro compañeros de universidad chiflados— observé tras haber enarcado la ceja, con un deje cómico.
     — Mucho peor— lanzó una grave carcajada—. Son como cuatro hermanos plastas que no limpian el baño cuando se duchan y se tiran pedos a todas horas.
     — Vaya— mascullé—, ahora tengo muchas más ganas de conocerlos.
     — Son un poco...— se detuvo a pensar—, bueno, son simplemente ellos. Son los hermanos que siempre he querido tener. Cuando era pequeño le suplicaba a mi madre que tuviera otro hijo porque yo quería un hermanito. Hace tres años, de la noche a la mañana, me encontré con cuatro. Somos como una familia.
     — Una familia— repetí.
     — ¡Una piña!— exclamó—. Eso, somos como una piña. Esa es la palabra que dijo Zayn el otro día— soltó riendo, señalándome con el dedo índice.


     Cuando se abrió el ascensor, Liam se dirigió a una gran puerta blanca. Una única puerta blanca en medio de un vestíbulo igual de suntuoso que el hall que tan impresionada me había dejado minutos atrás. La abrió y me vi ante un gran dúplex con madera oscura en los suelos, tecnología de última generación por todas partes y gritos. Estruendosos gritos, para ser exactos.
     Atravesamos un pequeño pasillo con un armario empotrado en la derecha. En la pared izquierda del pasillo había varios marcos con fotos del grupo en el Madison Square, tanto desde el escenario como en el backstage; un mueblecito lleno de llaves y monedas sueltas y un largo perchero sobre el que colgaba alguna cazadora de cuero y varias chaquetas vaqueras. Atravesamos el pasillo y aparecí ante un colosal salón. A la derecha había un gran sofá blanco de piel y dos sillones más pequeños que rodeaban una gran televisión de plasma de más de cincuenta y cinco pulgadas, perfecta para ver un partido de fútbol en alta definición. En medio del gran salón había un precioso piano de cola que debía costar una millonada. Al fondo, unos enormes ventanales desde los que se divisaba una vista imponente de la ciudad. Delante de ellos había una enorme mesa con más de quince sillas de lo que parecía madera de olmo.
     A la izquierda una cocina tan futurista que tendría que leerme las instrucciones sólo para encontrar los electrodomésticos. La separaba del salón una isleta central donde estaba la vitrocerámica y una enorme plancha. Rodeando la isleta, una repisa con cinco taburetes.
     En el centro de aquella visión un joven con un delantal gris se movía veloz desde el frigorífico hacia la vitro y de la vitro a una tabla de cortar.
     Al frente había una enorme terraza amueblada con varios sillones de mimbre y un balancín. A la derecha del salón, una preciosa escalera de mármol se alzaba imponente hacia el piso de arriba, desde el cual los gritos eran ensordecedores.
     — ¡Niall, haz la comida!— vociferó una potente y aguda voz—. ¡Maldito irlandés, tengo hambre!
     — ¡Recoge todas las zapatillas que tienes tiradas por el salón!— contestó el chaval que estaba en la cocina—. ¡Vivir contigo es como vivir con un crío, joder!
     Liam se rió y se giró para mirarme.
     — Quien avisa no es traidor— susurró.
     No pude evitarlo y me eché a reír. Una risa que había intentado reprimir desde que entré en aquel dúplex, pero que finalmente me había subido por la garganta y explotado en la mismísima boca.
     — Qué emoción— respondí con ironía.
     — Antes de nada no les digas quién eres.
     — Lo averiguarán.
     — No, créeme— me aseguró—. Quiero ver cómo se estrujan el tarro, ¿vale? Nuestro pequeño rubiales es graciosísimo en su intento por pensar. Fíjate bien en él. Es la monda— antes de que pudiera contestar de nuevo, Liam alzó la voz—. ¡Poneros los calzoncillos! ¡Tenemos visita!— gritó, quitándose la gorra.
     De inmediato, un chico con unos increíbles ojos azules, una sonrisa preciosa y el pelo revuelto bajó por las escaleras a una velocidad increíble. Llevaba puesto un pantalón gris de chándal, una camiseta de tirantes —¡de tirantes en pleno febrero!— que dejaba al descubierto una gran cantidad de tatuajes y sus pies se deslizaban desnudos por la superficie de madera.
     Se acercó a mí y me plantó un beso en la mejilla.
     — Me llamo Louis— anunció—, aunque supongo que eso ya lo sabes.
     Casi al instante, apareció el chico que estaba cocinando. Era un chaval rubio —teñido— de ojos azules tan salinos como el propio mar y una sonrisa encantadora. Éste seguía con el delantal puesto y la cara llena de harina. Me dio otro beso.
     — Yo Niall— sonrió, mostrando un puñado de brackets. Tenía un fuerte acento irlandés y olía a Chanel.
     — Emma.
     — ¿Y qué te trae por nuestro territorio, forastera?— bromeó Louis dándose la vuelta para mirar el dúplex y se cruzó de brazos—. Si lo llegamos a saber, podríamos haber recogido un poco.
     — ¿Recoger?— rezongó el rubio—. No fastidies, tío.
     — Chocamos en la salida del supermercado, nos caímos y viene a por hielo. No puede conducir— explicó Liam quitándose la cazadora y lanzándola sobre el sofá de piel—. Parece que le va a explotar la mano de un momento a otro. Veremos si no tenemos que ir a urgencias a que se la corten.
     Niall rió y me llevó hasta la cocina de mármol, con el blanco y gris metálico como colores predominantes y la comida esparcida a lo largo de toda la encimera. Abrió el congelador y sacó una pequeña bolsa de hielo que me puso sobre la mano, recomendándome que la sujetara con fuerza durante unos minutos.
     — ¿Dónde vives?— preguntó Liam que venía acompañado de Louis. Él se sentó sobre la encimera y Louis me ofreció uno de los altos taburetes.
     — En Park Ln., cerca de Hyde Park.
     — ¡Vives aquí al lado!— exclamó Louis mientras se echaba el pelo hacia atrás—. ¿A cuánto estamos? ¿Quince minutos?
     — ¿Eso no está en la otra punta de la ciudad?— preguntó Niall rascándose la barbilla.
     — ¡Despierta! A ver si te aprendes ya de memoria el mapa de Londres— soltó Liam mientras le pasaba los nudillos por la cabeza y el irlandés se echó a reír—. Ya es hora, rubiales.
     — ¿Dónde están los demás?— pregunté, apretando la bolsa de hielo contra la mano afligida, sintiendo cómo el dolor se extinguía gradualmente.
     Louis echó una mirada de desdén a Liam.
     — Harry ha ido a tomar unas cervezas con unos amigos por aquí cerca y le he pedido que se pasara a por un poco de leche condensada para poder hacer una tarta que éste— Niall señaló a Louis— me ha pedido. Zayn ha salido con Perrie por alguna parte de Londres, dudo que venga esta noche a casa. Tú ya me entiendes.
     Él y Louis se miraron y se echaron a reír.
     — Antes que nada debéis saber que Emma no es ninguna fan— les informó Liam sacando su iPhone, mirando la pantalla y lanzándolo sobre la encimera con indiferencia.
     — ¿No?— Louis hizo una mueca.
     — Nope— contestó—. Es más, ni siquiera sabe nuestros nombres. Solo conoce What Makes You Beautiful.
     — ¿Por qué será que no me extraña?— rió Louis.
     — Genial— Niall se quitó el delantal—. ¿Quieres tomar algo? ¿Una cerveza? ¿Una copa de vodka? ¿Un poco de...
     — Un café caliente— le interrumpí—. Por favor. Solo y negro— Louis me miró sonriendo—. Negro como mi alma.
     — Tenían razón cuando dijeron que el diablo era una mujer— bromeó Niall.


     Los chicos me habían enseñado la primera planta del apartamento. La gran terraza daba al Hyde Park; vistas similares a mi casa. La planta baja estaba constituida por la cocina y el salón; dos cuartos de baño; una pequeña sala para la colada, un amplio dormitorio de invitados con su propio baño; la terraza y una pequeña biblioteca junto a la escalera con dos mulliditos sillones. 
     La escalera que daba al piso de arriba desembarcaba en un distribuidor central del que salían a izquierda y derecha los distintos espacios. El primero de ellos parecía un gimnasio; dentro había varias cintas de correr, un par de bicicletas estáticas; pesas y demás artefactos. Silbé impresionada y ellos siguieron enseñándome el resto. El dormitorio de un tal Harry estaba a mano derecha pero no quisieron abrirlo debido a que —según ellos— posiblemente estuviera demasiado desordenado. Lo mismo dijeron con el de Zayn.
     Los tres dormitorios que me mostraron eran exactamente del mismo tamaño pero con una disposición diferente del mobiliario y la decoración. Louis tenía la cama frente a la puerta de entrada y un armario empotrado que ocupaba todo lo largo de la pared; la cama de Niall estaba a la derecha y tenía bajo su poder un armario similar al de Louis y una gran cantidad de estantes con toda una increíble colección de gorras de diferentes marcas y equipos —tanto de baloncesto como de béisbol—; Liam había colocado la cama a la izquierda y los armarios los tenía distribuidos uniformemente por el dormitorio.
     — Ahora que caigo— intervino Niall al cabo de un rato, rascándose la barbilla—. Me recuerdas a alguien. Quiero decir, yo a ti te he visto antes. ¿Verdad?— miró a Liam en busca de ayuda pero éste se dio la vuelta.
     — Es posible— sonreí.
     — No me lo vas a decir— se empezó a rascar la barbilla y entrecerró un ojo, contemplándome de arriba a abajo con curiosidad.
     — Esfuérzate, irlandés— bromeé en su oído.


     Al cabo de un rato, después de que el cielo se hubiera oscurecido y nos hubiéramos sentado a hablar de nuevo en la cocina, sonó el ruido de la puerta y varias palabrotas de una ronca voz hicieron mella en las estructuras del dúplex.
     — Creo que es Harry— dijo Liam por lo bajo.
     — Es una fan que viene a violarte, Liam. Parece mentira que no lo sepas aún— se mofó Niall, echándose a reír a carcajada limpia. Intenté no juzgarle muy duramente; a lo largo de la tarde había podido comprobar que era la clase de persona que se reía por cualquier cosa. Cuando decía cualquiera, me refería literalmente a cualquiera.
     El carisma irlandés.
     Louis salió corriendo y entro a la cocina rodeando los hombros de un chavalín joven con una mata de rizos sobre la cabeza.
     — Os presento a Harriet— dijo entre risas. Niall y Liam le siguieron—. Es una fan perturbada de trece años. Sus padres no le dieron el amor que había requerido de niña y se dedica a violar a sus ídolos para saciar su sed. Hoy te toca a ti, Liam.
     — ¡Toma ya!— gritó él cómicamente, alzando un puño al aire.
     — Suéltame— gruñó el chico y se zafó de su agarre. Echó la cabeza hacia adelante y la agitó, revolviéndose el pelo. A continuación, se introdujo los dedos entre los rizos y los colocó en su lugar correcto.
     Cuando se hubo percatado de mi presencia, me miró sorprendido. Le examiné de arriba a abajo y me quedé perpleja. Tenía unos increíbles ojos verdes, un pelo brillante rizado y una sonrisa sorprendente. El corazón me palpitó con fuerza. Sus ojos eran como los de Víctor. Se me hizo un nudo en la garganta cuando cruzamos una intensa mirada que no supe interpretar en aquel momento y, a día de hoy, aún tampoco puedo. Oí cómo Niall y Louis intentaban disimular la risa, aunque todo quedó en un intento fallido.
     Malditos engañabobos.
     — ¿No nos presentáis?— preguntó el tal Harry dejando el abrigo negro sobre el respaldo de uno de los taburetes y arqueó una ceja, pero con una sonrisa pícara en el rostro, dibujando de este modo dos dulces hoyuelos a ambos lados de la comisuras de sus labios. Los ojos eran el único parecido que parecían compartir aquel muchacho y Víctor. Allá donde Víctor tenía una sonrisa dulce y transparente, Harry poseía un gran descaro escondido bajo ella.
     — Harry, Emma. Emma, Harry— Niall hizo los honores con un deje indiferente. Buscó un bote de Nocilla de un armario y dos cucharas de un cajón.
     Harry me plantó un beso en la mejilla. Sonreí como lo hubiera hecho la mismísima Harriet si Louis la hubiera recibido de ese modo en la cocina y ofrecido a Liam. Harry olía a una colonia muy sexy, muy... varonil. Era de Thierry Mugler. Lo sabía porque Adam Levine también solía llevarla. Aquella esencia venía acompañada de Axe y aftershave de Chanel. Se humedeció el labio.
     — Mmmm, ¿has estado aquí toda la tarde?— preguntó finalmente.
     — Sí— afirmó Louis—. ¿Envidia?
     — Si te digo la verdad— se inclinó sobre mí como si fuera a contarme un secreto, ignorándole—me extraña que hayas sobrevivido tanto tiempo con éstos.
     — La verdad es que me lo he pasado bien— le contesté.
     — ¡Toma ya!— Louis alzó la mano a modo de high five y Liam le devolvió el choque de manos.
     — Ha sido una tarde agradable, chicos— saqué el móvil de mi bolsillo delantero de los vaqueros—, pero tengo que irme, el hielo ha hecho milagros. Por si no eres capaz de recordarlo, Liam, tengo que ir a buscar mi coche al Diana.
     Niall estiró una pierna para estar más cómodo.
     — ¿Qué te parece si...— empezó a decir Harry, cuando se tropezó con la pierna del irlandés— ¡eh! Cuidadito, chaval— se colocó los rizos una vez más y cogió un bloc de notas—. ¿Qué te parece si vienes algún otro día a comer?— propuso finalmente y se aclaró la garganta nervioso.
     Era satisfactorio saber que él estaba igual de inquieto que yo.
     Por un momento, dudé. Había huido a Londres precisamente para alejarme de la atención mediática que estaba recibiendo. Quería huir de la fama y me estaba acercando a cinco celebridades que levantaban pasiones entre las adolescentes de todo el mundo, llamaban a voces a las cámaras y no tenían ninguna clase de libertad. Por otro lado, eran tíos agradables y divertidos. Una tarde con ellos había conseguido que despejara la mente y me olvidara de los problemas que había acumulado a lo largo de veintiún años de vida. ¿Qué podía perder? Era solo una comida.
     No podía desaprovechar una oferta así.
     — Claro— asentí—. Será divertido.
     Niall me tendió un bolígrafo y les apunté mi teléfono móvil, me despedí de ellos y Harry me acompañó hasta la puerta de entrada. Se empezó a balancear sobre los talones como un niño de cinco años a la espera de la regañina de su madre por alguna trastada.
     — ¿Quieres que te acompañe hasta el coche?— preguntó sonriendo.
     — No hace falta. No quiero que te acosen un puñado de fans y todos me apunten a mí como la principal responsable— intenté bromear.
     — Hemos estado un mes entero de ensayos en Leeds sin apenas poder salir. Desde el lugar donde ensayábamos al gimnasio y del gimnasio al hotel. Un poco de aire no me vendría mal, ¿sabes?— explicó—. Venga, te acompaño.
     — No— negué con la cabeza—, de verdad. No todos los días se conoce a One Direction. Necesito asimilarlo— respondí con la mejor de mis sonrisas y tomando una pose divertida—. Ha sido un placer conocerte, Harry— me despedí al tiempo que me ponía el abrigo.
     — Créeme, el placer ha sido mío— sonrió—. Te veré otro día.
     Mi corazón comenzó a latir a mil por hora y me estremecí. ¡Por favor! Ni siquiera le conocía. Había pasado con él los últimos diez minutos.
     Varios segundos después, cuando las puertas del ascensor se cerraron, y el rostro de Harry se perdió ante mis ojos, solté todo el aire que había acumulado en los pulmones. No me importaban la fama ni los medios. Me gustaban aquellos chicos y no estaba dispuesta a dejar que nuestro encuentro quedase reducido a una tarde de risas. La pelota estaba en su campo, eran ellos los que tenían que tomar el control del partido. Inconscientemente, sonreí para mí.

     La sonrisa más sincera que había dibujado en mucho tiempo.

10 comentarios:

  1. ¿Cuando vas a seguir el siguiente capitulo?
    Me estoy enganchando

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    1. Ahora estoy con los exámenes finales, puede que la semana que viene :3

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  2. Seguila cuanto antes, espero impaciente :DDD

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  3. Me encanta tu forma de escribir, es genial C:

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  4. paaaaaaatri jajajaja
    no te contesto al whats por esto :3
    tia, te odio
    me esta encantado esto <3

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    1. Muchas gracias, tía.
      Adsjklñfjadsñlfasd.
      Te quiero, eh <333

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  5. Adoro la respuesta de Liam refiriéndose a las fans.
    Solo por eso te amo.

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  6. TU NOVELA >>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>

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