jueves, 13 de junio de 2013

Capítulo 3 | One Thing


Lunes, 11 de febrero


     Llevaba casi una semana sin saber nada de One Direction. No me habían llamado aún y yo no tenía su número, por lo que me era imposible contactar con ellos.
     Un lado de mí no quería volver a verlos porque sabía que me iba a meter en un mundo que no me gustaba en absoluto, lleno de fans y paparazzi. Un mundo que podía destrozarte y exprimirte hasta acabar contigo; un planeta inhóspito y oscuro en el que los sentimientos no importaban lo más mínimo. Cuando empecé a estudiar periodismo, lo hice básicamente porque tenía complejo de Katniss Everdeen y creía poder cambiar el mundo periodístico. Un comportamiento un poco —muy— absurdo para, en aquel momento, tener dieciocho años.
     Aquella era yo.
     La otra parte de mí quería más. Más de los chicos. Más de su música. Más de Harry. El jueves de la semana anterior me había pasado por una tienda de discos en la que había comprado  los de cedés de UAN y TMH de los chicos.
     Debía admitir que Up All Night estaba muy bien pero Take Me Home era un álbum de estudio mucho más sincero y profundo. Over Again y Little Things habían sido tan francas y dulces que no había podido evitar contener las lágrimas, especialmente cuando llegaba el solo de Harry.
     Había pasado casi una semana y no había podido dejar de pensar en él. Cualquiera que pudiera haber entrado en mi cabeza, me habría tomado por una estúpida cría de veintiún —en marzo veintidós— años enamoradiza a la que le gustaba cualquier tío con el que se cruzara por la calle. Era una estúpida locura, pero no sabía si era su pelo rizado, sus ojos verdes o su impecable sonrisa. Aquel chico era atractivo e irresistible hasta hacerme perder el propio sentido.
     Es más, lo había conseguido.
     Harry tenía una cosa que me atraía. ¿El qué? No lo recuerdo. Solo sé que la tenía. Aún no lo he descubierto, sigo en el intento por averiguarlo.
     «Nuestras fans forman parte de nuestra vida y a ellas les debemos mucho, prácticamente todo. Todo lo que hacemos es por y para ellas» afirmó el tal Zayn al que aún no había conocido en una entrevista para la BBC a lo largo de aquella semana. Tal vez se hubieran arrepentido de haberme conocido. Al fin y al cabo, yo no formaba parte de su club de fans. Aparté esa idea de mi cabeza y escuché el móvil. Lo cogí de la mesita del salón sin mirar si quiera la pantalla y descolgué.
     — ¿Diga?— me lancé sobre el sofá y solté un alarido.
     — Hola— contestó un acento irlandés—. ¡Ya te tengo!
     Fruncí los labios y me llevé una mano a la frente.
     — ¿Te conozco?
     — Es increíble la facilidad con la que puedes olvidarte de las personas que te importan— masculló la voz con un deje divertido—. Me has decepcionado. En realidad, no somos tan diferentes como piensas.
     Me callé durante unos segundos intentando hacer memoria hasta que por fin caí en la cuenta.
     — Hola, Niall— sonreí—. Me has pillado por sorpresa.
     — Esa era la idea— replicó—. Emma, te voy a contar una historia; ayer estaba en nuestro salón haciendo cosas…
     — ¿Puedo pensar mal?
     — Viendo el fútbol— se corrigió—, y ahora hazme el favor de no interrumpir mi fascinante en increíble historieta. Hazme el favor— repito de nuevo y solté una risita—. Bien, ¿por dónde iba? ¡Ya me has desconcentrado!
     — Estabas viendo el fútbol...
     — Estaba viendo el fútbol y en el descanso me apeteció hacer zapping. Curiosamente, puse un canal que ahora mismo no logro recordar y vi un reportaje muy interesante en el que estaban hablando de parejas que, a pesar de haber cortado, seguían manteniendo una relación de amistad. Y fíjate tú, en el puesto número cuatro del ránking, aparecieron Adam Levine y una chica que se llamaba, por increíble que parezca, exactamente igual que tú. De la misma manera que también era igual que tú— explicó. No parecía molesto, sino más bien entretenido—. ¿Alguna idea, Emma Wells?
     — No lo sé— me encogí de hombros—. Liam fue el único que me reconoció.
     — Eso es porque Liam es un marujo que se pasa el día leyendo revistas para tías— contestó de inmediato—. El caso es que, ¡eres una Wells! Primero Madison y ahora tú. ¡Sois como una plaga! Estuve saliendo un par de semanas con tu hermana, ¿sabes? Maldita sea, chica. 'N Sync y los Backstreet Boys trabajaron en la discográfica de tu padre. ¡No me has dicho nada!
     — No creía que fuera importante— repliqué—. No soy Brian Littrell.
     — Por supuesto que no lo eres— protestó—. Él te da mil vueltas.
     — ¡Eh!
     — Hoy juegan Irlanda y España un amistoso— dijo por toda respuesta—. ¿Lo vas a ver?
     — ¡Claro que lo voy a ver!— exclamé, casi indignada. «¡Mentirosa!» me recriminó mi voz interior. «¡No tienes televisión! ¡No vas a poder verlo!»
     — Pues genial, porque nosotros también. ¿Y si te vienes esta noche a verlo a casa? ¿Qué te parece a las ocho y media?— propuso como si fuera la cosa más natural del mundo—. A Harriet le gustaste bastante. A Louis y Liam les caíste bien. A mí simplemente me caíste.
     — ¿Simplemente?
     — ¡No me dijiste que tu padre era Arthur Wells! Jamás podré perdonártelo. Ya  decía yo que me sonabas de algo. ¡Mentirosa!— gruñó él, pero saltaba a la vista que estaba bromeando—. Te esperamos esta noche a las ocho y media.
     — Lo emiten en Sky Sports.
     — Pues claro que lo emiten en Sky…— empezó a decir en el instante en el que una señal me indicó de que estaba recibiendo otra llamada.
     — Ha sido agradable hablar contigo— le interrumpí—, pero me están llamando. Luego te veo.
     Colgué, cortando al rubio en medio de su frase y contesté a la llamada, al tiempo que me levantaba a la cocina a comer algo de helado.
     — Hola, cielo— dijo una voz dulce.
     — Hola mamá. ¿Qué tal todo?
     — Papá se pasa el día encerrado en su despacho o en el estudio, como siempre. Sin embargo, las ventas de WC han aumentado más de un cero coma ocho por ciento a lo largo de este mes. ¿Recuerdas que la semana pasada Beyoncé hizo un reportaje de varias prendas de ropa?
     — Mmmmm, lo recuerdo.
     — Básicamente se deben a eso, pero igualmente, todo lo que sean beneficios para la empresa es más fama. Y como bien sabes, la fama supone más beneficio. La regla de la cadena.
     — Lo sé, lo sé— siseé—. ¿Qué tal Chad y Madison?
     — A Chad le ha salido una película con Jude Law. Madison..., sigue siendo Madison. No cuenta nada de su vida y desde que se marchó a vivir con Elliot, se ha vuelto prácticamente invisible. Está totalmente desaparecida— explicó.
     — Eso es bueno— sujeté el móvil contra el hombro mientras sacaba una tarrina de helado del congelador. Cerré la puerta del frigorífico con una sutil patadita y abrí uno de los cajones en busca de una cuchara.
     — ¿Es bueno que nosotros tengamos beneficios o que Madison esté desaparecida?
     — Ambas cosas— contesté indiferente, hundiendo la cuchara en el dulce y gélido helado de chocolate con pedazos de galleta.
     Por supuesto que me gustaba que me llamara mi madre, lo que no soportaba era que siempre estuviera dándome el coñazo sobre ellos. Todo sobre lo que hablaba era sobre Wells Records, WC o los trabajos que les iban saliendo a mis hermanos. Todo lo que fueran beneficios para la familia, era bueno. Por supuesto que lo era. Yo tenía invertido un pastón en bolsa en las empresas de papá y mamá. Los beneficios para ellos significaban un puñado de millones para mí todos los meses. Sin embargo, a veces anhelaba a una familia que pudiera sentarse conmigo, preguntarme por mis problemas y pudieran rodearme la espalda, asegurándome de que todo iba a salir bien.
     Me dejé caer de nuevo sobre el sofá con el móvil contra el hombro, la tarrina de helado en una mano y la cuchara en la otra.
     — ¿Qué tal estás tú, Emma?— me preguntó muy seria. Resoplé aliviada cuando comprobé que mamá tenía algo de interés en lo que ocurría en mi vida. Eso, o simplemente lo hacía porque se había visto obligada por la situación.
     — Estoy bien— contesté por toda respuesta—. La semana pasada fui a la sede de GQ, en Vogue House.
     — ¡Cómo!— exclamó—. Emma, no puedes. Es ilegal.
     — Sería ilegal si trabajara para otra empresa que no fuera GQ. No puede ser ilegal ir a hacer una entrevista a una empresa que, a fin de cuentas, es la misma. Lógica aplastante.
     — Haz lo que quieras.
     — Por supuesto que lo haré— repliqué.
     Resoplé decepcionada y no dije nada más. Si tenía las ganas suficientes para hablar conmigo, sería ella la que debía dar el paso. Odiaba aquello; no solo que me recriminaran haber firmado aquel contrato, sino que además me torturaban cuando tenían ocasión.
     — ¿Y ellos? ¿Te han llamado?— preguntó más seria de lo habitual.
     — No.
     — Te dije que no firmaras en contrato. Te has metido en la boca del lobo tú sola— dijo como si estuviera echándome la reprimenda. La que estaba en un lío no era ella, sino yo; y por el contrario yo estaba más tranquila. Qué irónico—. Te lo dijimos, Emma. Te lo dijimos y advertimos: «No tomes ninguna decisión en caliente. No lo hagas»— repitió, como aquel día que les dije que iba a trabajar para GQ—, pero no. Tú eres más chula que nadie y haces lo que te da la gana. Luego tus marrones nos los tenemos que comer los demás. Dios, Emma…
     — ¿Has llamado para echarme la bronca? Porque si es para eso, ya puedes colgar— la interrumpí—. Tengo cosas más importantes que hacer. Hoy he quedado con unos amigos y quiero arreglar la casa antes de irme.
     Mi madre resopló al otro lado del teléfono abatida. Vuelta a lo mismo. Yo tenía la culpa de aquello, pero tal vez debería haber indagado en la razón crucial por la que firmé aquel contrato de exclusividad. Al no recibir ninguna clase de respuesta por su parte, decidí cortar por lo bueno.
     — Voy a salir a correr— sentencié con desapego—. Si tienes algo importante que decirme— puse especial énfasis en «importante», no sin poder evitar claramente la ironía—, ya sabes dónde llamar. Si solo quieres echarme la bronca, mejor no te molestes ni siquiera en marcar mi número porque no tengo intención de cogerlo.
     — Vale— su tono de voz había quedado reducido a un susurro—. Ten cuidado.
     — Lo tendré.
     Colgué.
     Dejé el helado y el móvil sobre la mesa. Se me hizo un nudo en el estómago. En aquel momento era, precisamente, cuando más necesitaba a alguien a mi lado. El corazón se me encogió y quedó reducido a un puñado de polvo que había volado en busca de otra vida.
     Visto y no visto, rompí a llorar. Odiaba tener que depender de mis padres, odiaba tener que ser siempre comparada con mis hermanos, odiaba tener que ser la hija pequeña, la inofensiva, la simple, la insignificante de la familia. Odiaba a los medios y paparazzi. Odiaba a todos los periodistas que se dedicaban a indagar en mi vida para inventarse otra completamente diferente. Odiaba a todo el mundo que me rodeaba.
     Me odiaba a mí misma.
     Lloré por las ocasiones desaprovechadas de amar a otra persona; por los muchos años que ni siquiera había sido capaz de amarme a mí misma; por el miedo que le tenía a mi padre y las cientos de oportunidades en las que había preferido callar mis verdaderos sentimientos para no destrozar los suyos; por los sueños rotos; por la falta de autoestima; por el temor a lo que pudiera depararme el futuro... por todo.
     Todo emergió de lo más profundo de mi corazón y terminó desbordándose en mis ojos. Entretanto, los cojines del sofá recogían todas y cada una de mis lágrimas de sufrimiento.
     Mi autoestima se derrumbaba lentamente. Aquel contrato me había destrozado la vida. Firmé el acuerdo sin estar acompañada de ninguno de los abogados del bufete que trabajaban con las empresas de mis padres. Por aquel entonces, creía poder recibir la deseada atención que papá no me había vuelto a dar desde los ocho años.
     Las lágrimas inundaban mis ojos y me corrían el maquillaje a lo largo del rostro hasta las comisuras de mis labios, donde morían con un leve sabor a sal y agua.
     Mi vida se iba a pique, al igual que mi moral. ¿Cómo iban mis padres a confiar en mí, si ni siquiera yo era capaz de confiar en mí misma? Sorbí la nariz y decidí dejar de llorar. Me prometí no volver a llorar.
     Anne Rice dijo una vez: «Es una terrible verdad que el sufrimiento nos hace más profundos, que da más brillo a nuestros colores y proporciona una resonancia más rica a nuestras palabras». Era cierto. El sufrimiento nos hacía, simplemente, personas.
     Nos hacía más fuertes y daban un nuevo poder a nuestra vida. Llorar no iba a solucionar nada, más que convencerme a mí misma de lo fracasada que había sido a lo largo de mi vida. Tenía que salir a la calle con la cabeza bien alta y dejarme ver.
     Eso era: tenía que dejarme ver. Toda mi familia creía que había huido de España por pura cobardía y en realidad todos estaban en lo cierto. No estaba dispuesta a darles aquella satisfacción. Entonces recordé lo que había dicho Liam: «La fama es como todo. Es divertida si sabes cómo utilizarla. En cuanto te sales de tus límites, todo se desborda y acabas en la ruina».
     Jamás iba a dejar de ser un personaje público, pero podía usar la fama como una vía de escape. Me levanté de un solo salto y me puse un conjunto de ropa deportiva. Fui al baño, me lavé la cara y me recogí el pelo.
     Me pregunté qué habría hecho Harriet —la fan perturbada de trece años a la que le gustaba violar a sus ídolos porque sus padres no le habían dado todo el amor que ella requería de niña— en aquella situación. Miré al espejo y éste me devolvió la imagen de una chica joven, inteligente, guapa pero sin esperanzas en sí misma. Tomé aire y me obligué a sonreír. Harriet no era yo y yo no era Harriet. Cogí el iPod y mis auriculares. Me guardé el móvil en el escote del top y salí a correr.


     Subí el volumen de la música y sentí cómo cada nota que salía de mis cascos era un chute de energía para mi cuerpo. La voz de Adam hacía que solo me centrara en aquellos preciosos acordes de She Will Be Loved.
     Atravesé Hyde Park, donde tomé la Bayswater Road y paseé la mirada por las fachadas victorianas de las casas en Hyde Park Pl., mientras mi cuerpo corría excitado, permitiendo que la deliciosa adrenalina se apresurara por mis venas. Me incorporé a la Oxford Street hasta el final de la misma, acelerando el ritmo y dando un último sprint. Cuando mis piernas no pudieron más, me obligué a parar. Apoyé las manos sobre mis rodillas y me incliné para recuperar el mismísimo aliento. El cuerpo me temblaba, mis extremidades se asemejaban a un puñado de gelatina y el corazón amenazaba con salírseme del pecho.
     Compré una botella de agua, me puse la sudadera que llevaba atada a la cintura y me subí la cremallera hasta la mitad del pecho. Me senté en un banco en la plazoleta de Covent Garden con la música llenándome de vida y mis deportivas golpeando el suelo al ritmo de Troublemaker.


     — ¡Emma!— gritó alguien. Su voz se escuchó sorda pero nítidamente a través de mi música.
     Me quité los cascos. Juraría que alguien me estaba llamando, una voz aguda pero masculina. Busqué a mi alrededor y sonreí casi al instante. ¡Imposible!
     Varios metros allá, vislumbré a Louis acercarse a mí con unos vaqueros negros, unas Vans y una chaqueta vaquera con pelo por dentro.
     — No me lo puedo creer— declaré al tiempo que le daba un pequeño achuchón— ¡Sois como una plaga! Primero Niall y ahora...
     — ¿Niall?
     — Si te digo que me ha llamado al móvil hace menos de una hora lo más posible es que ni siquiera tuvieras la decencia de tomarme en serio— bromeé, alzando sutilmente la barbilla.
     — Por lo general nunca tengo decencia para nada— contestó a la par que se sacaba un gorro de lana de uno de los bolsillos de la chaqueta y se lo acomodaba sobre la cabeza—. ¿Qué haces por aquí?— preguntó con curiosidad. Una señora mayor nos miró, especialmente a Louis, con singularidad. Lo más posible es que fuera una abuela muy marchosa y el rostro de Louis le resultara familiar. Tal vez fuera una abuela que cocinaba al ritmo de One Thing.
     — Había salido a correr— me encogí de hombros e introduje las manos en los bolsillos de mi sudadera—. Necesitaba tomar un poco el aire.
     — Todos lo necesitamos— afirmó, repitiendo mi operación—, créeme.
     Asentí con la cabeza y bebí un poco de agua.
     — ¿Has venido tú solo?— pregunté curiosa.
     — Sí— afirmó sonriendo y se puso unas Ray-Ban—. Por si no lo sabías, no necesito tener a un guardaespaldas siempre encima de mí. Como ya te habrá dicho Liam, somos tíos normales. Yo sigo saliendo a tomar algo o a cenar sin que me acosen los paparazzi o las fans— explicó—. Solo necesito ir un paso por delante de ellos.
     — Tenéis la curiosa obsesión de repetir las mismas frases— le ataqué con una sonrisa—. Como vuestros guardaespaldas se enteren de que has salido a la intemperie a cuerpo desnudo van a querer ponerte un localizador.
     Bufó y sonrió despreocupadamente.
   — Esta semana hemos estado con la agenda echando fuego. Hemos tenido más de cinco entrevistas en directo y varias sesiones de fotos— soltó de sopetón—. Habíamos pensado en que vinieras esta noche a cenar a casa para ver el partido. Aunque— añadió de inmediato— supongo que si has hablado con Niall te lo habrá dicho.
     — En pocas palabras.
     — Maldito irlandés— rezongó por lo bajo.
     — Eso es a lo que yo llamo ir un paso por delante— me atreví a decir.
     Louis soltó una risa.
     Mi Diosa interior se había levantado del sofá y estaba bailando tango con la tabla de la plancha. Que Niall me hubiera invitado a cenar tras haberme llamado al móvil —nada más y nada menos— estaba genial, pero que además Louis me hubiera reconocido en medio de la calle y me hubiera invitado también era para estar en un estado entre psicótica y extasiada.
     — Todos queremos que vengas. Especialmente el cabeza huevo de los rizos— añadió. Yo enarqué una ceja—. Ya sabes, Harriet.
     No pude evitar sonrojarme.
     — Era broma.
     Esta vez fui yo la que se echó a reír, entre aliviada y decepcionada. La risa era siempre la mejor cura para cualquier cosa. En especial para salir de situaciones tan incómodas como aquella.
     — ¿O tal vez no?— levantó ambas manos en señal de sorpresa—. Puede que jamás lo averigüemos. Puede que Harriet no exista. Puede que Harry se enamore de Harriet.
     — Tu CI está tan desolado como tu dormitorio— le aseguré, golpeándole la sien con el índice—. Estoy casi segura de que tú no tienes de eso.
     — ¿Dormitorio?
     — Coeficiente intelectual— respondí riendo—. Creo que te la has dejado bajo la cama. O entre todas las zapatillas que tenías tiradas por el salón.
     Se echó a reír irónicamente.
     — Una de las ventajas de ser desordenado es que uno está continuamente haciendo nuevos y excitantes descubrimientos— dijo con una entonación filosófica y poniendo un énfasis picarón en «excitantes».
     Louis me miró receloso, aunque la expresión de su rostro fue sustituida inmediatamente por un apego desenfrenado.
     — No vengas muy arreglada. A no ser que…
     — A no ser que...— le incité a que terminara.
     — A no ser que quieras venir desnuda— desveló tras unos segundos cargados de misterio y soltó una gran risotada. Le fulminé con la mirada—. Te lo tomas todo muy en serio, Em. ¿Puedo llamarte así?— sonrió y no me dejó contestar—. Lo pasaremos bien. Eso sí, debes tener cuidado con el irlandés teñido— me advirtió—. Es gran chico, pero el fútbol le atolondra de pies a cabeza. No le tomes muy en serio esta noche.
     Asentí.
     «Eso es porque tú no me conoces a mí» pensé.
     — ¡Es él!— gritó alguien. Louis y yo miramos a nuestro alrededor con nerviosismo—. ¡Es Louis! ¡Dios, es Louis Tomlinson!
     — Mierda— gruñó él.
     — ¡Tía!— gritó otra chica, tirando del brazo de una amiga—. ¡Que es Louis! ¡Corre! ¡Es Louis!
     Los gritos se propagaron y más chicas comenzaron a vociferar su nombre. Parecía mentira que hubiera tantas chicas en la calle por la mañana. ¿Acaso no tenían clase? Y la gran pregunta: ¿tantas fans tenían los chicos como para que un lunes por la mañana hubiera más de diez chicas gritando su nombre?
     — Creo que me toca correr— dijo de inmediato— antes de que lo twitteen y medio Londres me quiera para él. Te veo esta noche a las ocho y media.
     Me guiñó un ojo.
     Antes de que pudiera darme cuenta, Louis salió corriendo por Henrietta St. Un grupo de fans lo persiguieron por las callejuelas de Londres. Un par de chicas —que sí supieron reconocerme como la hija de Arthur Wells, o hermana de Chad y Madison— se acercaron con una sonrisa en el rostro.
     — ¿Podrías hacerte una foto con nosotras?— me pidió una muchacha que no debía llegar a los veinte años—. Por favor.
     — Claro— contesté con una sonrisa.
     La chica se acercó a mí y me agarró por la cintura. Yo decidí ponerme ligeramente de puntillas y la rodeé la espalda con un brazo.
     Esbocé una sonrisa de oreja a oreja y la otra muchacha sacó la foto. Cambiaron y la que anteriormente había sido la fotógrafa, se puso a mi lado y me obligué a sonreír de nuevo.
     — Muchas gracias— dijo la segunda chica.
     — Gracias a vosotras.
     Cuando estas se marcharon, volví a ponerme los cascos, me até las zapatillas y eché a correr de nuevo por el camino que había tomado para llegar hasta allí. Me quedaba media hora por delante para llegar a casa. Respiré hondo, llenando mis pulmones con aire puro, y sonreí para mis adentros mientras Let It Burn de Red sonaba en mis auriculares.
     No cantaban los pájaros, sonaba mi música. No necesitaba a Víctor para volver a sonreír, tenía a los chicos. Puede que, después de todo, escapar a Londres no fuera una decisión tan descabellada como toda mi familia pensaba. No busqué la felicidad y la felicidad había ido solita hasta mí. Sonreí de nuevo y me percaté de lo verdaderamente afortunada que era. Millones de chicas habían buscado una cita con alguno de los chicos a lo largo de casi tres años.
     Yo lo había conseguido con los cinco en apenas una semana.

9 comentarios:

  1. Qué interesante, asdfdfñklj.
    Espero el siguiente capítulo :DD

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  2. Me alegro de que te guste.
    El siguiente capítulo puede que lo suba la semana que viene :3

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  3. Me ha encantado el capítulo, espero el siguiente :).

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    1. La semana que viene, lo prometo, cielo :)

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  4. -Esta noche tenia una cita con One Direction-

    Y ahi hice asdadhkdhasjkdhgiufy

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  5. JAAAAAAAAAAAAAAAAAJAJAJAJAJAJAJA me hago fan de Lou.

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  6. Louis 'vacilón' Tomlinson.
    Le adoro. JAJAJAJAJAJAJA.

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