sábado, 15 de junio de 2013

Capítulo 4 | Illusion


     Adam Levine inundaba el apartamento con su suave y aguda voz. Había llegado hacía varios minutos a casa y, después de haber recuperado el aliento, y tomarme un vaso de agua, me hice un café y salí a la terraza. Arrecía y las piernas me temblaban. A pesar de haber corrido durante más de una hora y tener el cuerpo bañado en un frío y seco sudor, el gélido clima de aquella silenciosa y seria ciudad me ayudaba a pensar.
     Aparentemente estaba en mi propio apartamento, en la terraza con vistas al Hyde Park. A pesar de ello, era como estar y no estar. Algo similar a la primera línea del soliloquio de Hamlet de «ser o no ser». Pues así estaba yo. Estar pero no estar. Mi mente divagó por las estructuras del piso de los chicos, recreando una y otra vez el momento en el que Harry entró en la cocina; aquella mirada intensa que cruzamos; esa sonrisa que tan atontada me había dejado.
     Me escondí bajo la sudadera con la que había salido a correr y sentí la tensión de mis hombros contraídos para calentarme. Aquella locura debía terminar. No podía seguir pensando en Harry de aquella manera ni en un mundo perfecto a su lado. Sin contar —por supuesto— que nos conocíamos de una sola tarde. ¡Y ni siquiera! Estuvimos juntos diez minutos y cruzamos menos de cincuenta palabras.
     Cuanto más me convenciera a mí misma de que había un príncipe azul esperándome, más dolería el golpe cuando me diera de lleno contra el cristal de la realidad.
     En los cuentos, la princesa perdía el zapato por el camino y el príncipe la buscaba por todo el reino para casarse con ella. Por desgracia, aquello era la vida real y las cosas no funcionaban de aquel modo. En la realidad en la que yo vivía, no quedaban princesas, y las pocas que perdían los zapatos, no los volvían a ver: los príncipes se encargaban a revenderlos por eBay. Ya no había príncipes que regalaran ramos de flores, cajas de bombones o cenas románticas con velas encendidas. Desgraciadamente, yo estaba emocionalmente dañada y seguía creyendo que había un príncipe azul suelto para mí. Seguía convencida de que el destino —si realmente existía aquello— pondría a un joven que se ajustara a mis necesidades en medio de mi camino. Pese a todos mis repertorios recriminatorios, no podía evitar preguntarme si de alguna manera Harry podría llegar a ser ese hombre que se ubicaba en la cúspide de mis objetivos en la vida.
     Agité la cabeza y entré de nuevo en casa.
     Miré el reloj. Eran las siete menos cuarto pasadas. Activé los altavoces del hilo y prácticamente al instante, la voz de un artista que no lograba reconocer —y eso que era un cedé que yo misma había grabado—, fue sustituida por la potente y fuerte de Demi. Entré en la ducha y comencé a cantar a voces.

You make me glow
But I cover up, won't let it show
So I'm putting my defenses up
‘Cause I don't wanna fall in love
If I ever did that, I think I'd have a heart attack

     La canción que mejor definía mi vida en aquellos momentos: no me quería enamorar, y si lo lo hacía, sufriría un ataque al corazón. Demi, querida Demi.
     Cuando salí de la ducha, enrollé mi pelo en una toalla y me puse un albornoz. Fui a mi habitación y contemplé la ropa que había dejado sobre la cama pulcramente colocada: unos vaqueros pitillo, unas Vans y una sudadera gris. Mi camiseta de la Selección Española de Sergio Ramos descansaba —perfectamente doblada con el quince a la espalda— sobre la cómoda. Me vestí en cero coma cero, cuando se hicieron las ocho menos cinco.
     Me colgué el bolso al hombro y salí de casa sin mirar atrás con una sonrisa en el rostro.


     El tiempo me sobraba, así que bajé el ritmo y me decanté por pasear con calma; sin prisas. Incluso tuve un momento para hacer una pequeña parada en un una cafetería cercana y pedir un café para llevar. Por el camino pasé por delante de varias tiendas de electrodomésticos, lo que me llevó a recordar que llevaba más de una semana en Londres y, sin embargo, aún no había comprado nada. Es más; tenía una sala para tender la ropa, pero lo que no tenía, precisamente, era una lavadora. La ropa limpia, como cualquier cosa en el mundo, estaba llegando a su fin. No era porque no tuviera ropa —tenía ropa de sobra— pero aunque no quisiera, la ropa se manchaba. Me prometí a mí misma que al día siguiente visitaría es tienda, sin falta alguna.
     Las ocho y diez.
     Intentaba ordenar mis sentimientos mientras Never Been Hurt sonaba en mis cascos.
Víctor había sido un capullo, desde luego. Los hechos eran hechos y existían, al igual que prevalecían intactos. Me traicionó. Al día siguiente de engañarme con aquella Barbie de imitación, no solo tuvo el valor de llamarme, sino que lo publicó en su twitter. ¡Lo publicó en su twitter! Estuve en boca de todos los estudiantes de la Universidad y de los medios durante algo más de un mes. Me engañó. Me dejó en evidencia y, a pesar de todo, aún le quería. Era un sentimiento extraño. Algo así como una culpabilidad asfixiante. Si tuviera ocasión, lo más posible es que volviera con él. Víctor hizo que conociera mundo y a mí misma. Le amaría como si nunca me hubiera hecho daño. Lo apostaría todo por nosotros aunque lo perdiera todo en el intento.
     Por el otro lado, Harry parecía haber entrado en mi cabeza y no se dignaba a salir de ella. Era atractivo. Sí, aquello era innegable. Tenía un gran cuerpo. Por supuesto, cualquiera con ojos podía verlo. Era simpático. Mucho. ¿Qué más sabía de él aparte de aquello? Nada.
     Entonces volví a pensar en Víctor.
     Antes o después las cosas que había conseguido dejar atrás, me alcanzaron, y las situaciones más estúpidas cuando estuve enamorada, las recordaba como las más bonitas porque su simplicidad no tenían comparación. Echaba de menos a Víctor, definitivamente. Echaba de menos sus brazos protectores y sus besos cariñosos; su música rockanrollera de los 70 y su sonrisa tranquilizadora. Le echaba de menos, por mucho daño que me hubiera hecho. Tenía ganas de gritar en un silencio y soledad que me hacían daño.
     Agité la cabeza.
     El cielo estaba oscuro y la noche era agradable, o al menos todo lo que Londres aceptaba como «agradable» en pleno mes de febrero. Una brisa invernal revolvió mi pelo y tuve que introducir la mano entre mis cabellos para asegurarme de que no se me quedara una cabeza de escoba. Cuando quise recordarlo, el edificio de los chicos se alzaba ante mí.
     Cerré los ojos y tomé aire. El conserje me abrió la puerta y me saludó amablemente, de la misma manera que lo hizo semana atrás. Entré en el ascensor y pulsé la tecla que había pulsado Liam.


     Niall me abrió y me saludó con un abrazo amistoso, rodeándome la espalda con sus brazos, que no eran fuertes en absoluto, pero si acogedores.
     — ¡Caramba!— dijo alguien tras el rubio—. Así que tú eres la famosa Emma Wells que ha estado en boca de este rubiales y aquel soplagaitas— señaló a Louis con la cabeza y sonrió de oreja a oreja— durante toda la semana. Soy Zayn. Un placer.
     — El famoso Zayn Malik— dije por toda respuesta y me dio dos besos.
     — Y nunca mejor dicho— siseó Louis. Me plantó un beso en la mejilla y se marchó a la cocina en busca de un cuenco de patatas fritas.
     — Oficialmente ya conoces a One Direction— dijo él. Tenía unos penetrantes y misteriosos ojos negros sobre unas cejas rectas. Su sonrisa era lo más cercano a la perfección que había visto nunca: colocaba la lengua entre los dientes y se le achinaban los ojos—. ¿Cómo te sientes?
     — Afortunada, supongo.
     — La mejor respuesta que podrías haber escogido— escuché gritar a Niall desde el piso de arriba, que había subido a cambiarse—. Enhorabuena.
     — Eso es bueno— colgué el bolso en el perchero del rellano y dejé mi iPhone sobre la mesita de café, asegurándome de que estaba bloqueado—. Esta casa es mucho mejor de noche que de día. Las luces de la calle entraban en el salón, iluminando las estructuras de tétricas formas oscuras. Zayn levaba unos vaqueros negros, unas Air Max, una camiseta blanca y una cazadora de cuero. Me senté en el sofá y él cogió el mando. Puso Sky Sports.
     — Eso es lo mejor de todo esto, ¿no?— contestó el moreno, sonriendo, y cogió el móvil sobre el mueblecito alargado sobre el que descansaba la televisión—. Siento no poder quedarme más tiempo pero he quedado con mi novia.
     — La prefiere a ella antes que a nosotros— exclamó Louis entrando en el salón y dejándose caer a mi lado—. Con amigos así, nadie necesita enemigos.
     — Dejando los sentimentalismos a un lado...— se defendió éste—, lo siento. Perrie y yo vamos a cenar con unos amigos. No puedo cancelar la cena ni pedirle a ella que viniera a casa a ver el fútbol un lunes por la noche.
     — Tampoco esperaba que lo hicieras— respondí.
     — ¿Ves?— exclamó él mirando a Louis—. Chica comprensiva.
     — ¡No seas tan pelota o te cuelgo del techo!— Louis me golpeó ligeramente en el hombro.
     Zayn sonrió y, acto seguido, se marchó.
     — Liam está con Andy— informó Louis—, un amigo suyo. Debe de estar al llegar. Niall está arriba y Harry en el baño. No creo que tarde mucho en salir de la ducha.
     Sonreí y me quité la sudadera, dejando al descubierto la camiseta de Sergio Ramos. Comenzaron a emitir el calentamiento y en cuanto Louis subió un poco el volumen, Niall bajó como una bala por las escaleras con la camiseta de la Selección de Irlanda puesta, atraído indudablemente por el ruido de la televisión. Llevaba puesta la camiseta de Keane con el diez a la espalda. Me miró y frunció el ceño.
     — The boy in green— bromeé y Louis rió.
     — Tú buscas pelea— se limitó a decir, señalándome con el dedo índice de manera acusadora, enarcando una ceja—. Emma Wells, esto es la guerra.
     — Bien— me puse en pie y le clavé la uña del dedo índice en el pecho—. Estoy deseando que Given termine por los suelos.
     — Hoy vuestro “Niño” Torres no pasará del centro— replicó él.
     — Hoy os van a caer cuatro— me puse en pie de manera amenazadora.
     Niall apoyó su frente sobre la mía y entrecerró los ojos.
     — Más quisieras.


     Al cabo de algunos minutos, Liam llegó al apartamento. Saludó con la mano y lanzó la cazadora sobre uno de los sillones de la biblioteca.
     — Pide las pizzas, Niall— ordenó él mientras sacaba unos botellines de cerveza para nosotros y una botella de Coca Cola para él. Las dejó sobre la mesa y se dejó caer sobre uno de los sillones de piel. Niall sonrió y se lanzó hacia el inalámbrico como una bala.
     Miré el reloj una vez más. ¡Harry llevaba más de veinte minutos en el baño! ¿Qué estaba haciendo ahí dentro? Inmediatamente hice una mueca y cerré los ojos, haciéndome a la idea de qué podría estar entreteniéndole. La respuesta era bastante obvia.
     — Sí, eso es; dos barbacoas, tres de jamón y queso, dos de cuatro quesos y dos de atún y bacon— decía Niall por teléfono y asintió—. Sí, exacto. Pero quite la cebolla de las de barbacoa. Odio la cebolla— silencio de nuevo. Asintió y alzó la cabeza— Chicos— tapó el auricular y se dirigió directamente a nosotros—, si pedimos una más nos regalan dos raciones de aros de cebolla.
     — ¿Raciones grandes?— preguntó Louis y el rubio asintió—. Vale. Si sobra algo, te lo podrás tomar mañana para desayunar— bromeó.
     Hice cuenta con los dedos —las matemáticas jamás se me habían dado bien— y calculé la cantidad de pizzas que habían pedido. Diez. ¡Diez pizzas! Miré sorprendida a Niall y parpadeé un par de veces. Desplacé mi mirada hacia Louis.
     — Estáis de coña— dije, casi dando por hecho que aquello era una broma.
     — Oye, nena. Este cuerpecito serrano no se alimenta a base de aire— respondió echándose a reír y contorneándose un par de veces de manera exagerada mientras iba a la cocina.
     Varios segundos después, puso sobre la mesa un plato con diversas salsas para mojar y un enorme cuenco de patatas fritas que había tomado por suyo, colocándoselo en el regazo.
     Inesperadamente, Harry salió del baño de la primera planta con una toalla atada a la cintura mientras se secaba el pelo con otra. Levantó la mirada y me saludó con la mano mientras caminaba tranquilamente y con total espontaneidad hacia las escaleras para ir a su dormitorio. Le miré embelesada. Su cuerpo era lo más parecido a una obra de arte: tenía una simetría perfecta, la uve se le marcaba correctamente y los tatuajes que tenía distribuidos por su torso, lo hacía aún más irresistible de lo que yo misma había creído, sin contar, por supuesto, con que estaba aún mojado y el agua le daba un brillo indescriptible. 

     Harry estaba provocándome. No hacía falta ser una fuera de serie para darme cuenta. Liam me miró, prácticamente leyéndome la mirada, porque soltó una risita e hizo una mueca divertida. Aquella casa era una locura y la gente que vivía dentro de ella no era normal.
     — Necesito ir al baño— susurré.
     — ¿Para qué?— preguntó Niall—. El partido está a punto de empezar.
     — Yo sé para qué— intervino Liam—. Por el pasillo. Segunda puerta a la derecha.
     Le saqué la lengua como lo hubiera hecho una cría de cinco años. El cuarto de baño estaba inmerso en un espeso vaho y en él había impregnado un fuerte olor a Axe. Me incliné sobre el grifo para lavarme las manos, cuando acaricié un trozo de... ¿tela? Lo cogí entre mis dedos y lo lancé al suelo, dando un salto atrás. ¡Los calzoncillos de Harry! ¡Harry había dejado la ropa interior en el baño! Había sido intencionadamente, sin duda.
     Maldito Styles.
     Salí de allí. Harry estaba sentado cómodamente en el suelo con la espalda apoyada en uno de los sofás. Se había puesto un pantalón de chándal, una camiseta de manga corta —¡qué obsesión tenían todos con llevar camisetas de manga corta en invierno!— y los rizos absolutamente mojados. Me lanzó una mirada divertida y le correspondí de la misma manera, aunque yo lo hice con displicencia.
     — Creo que te has dejado algo en el baño.
     — Yo creo que no— repuso.
     — Yo creo que sí— contesté—. ¿No te suena un trozo de tela negra de Calvin Klein? Porque estoy segura de que sí que sabes de lo que estoy hablando.
     — ¡Mis calzoncillos!— exclamó—. Gracias por recordármelo, Em.
     Pasó por mi lado, revolviéndome el pelo, y sonriendo satisfecho.


     Los chicos y yo estábamos comiendo pizza como grandes cochinos, gritando —especialmente Niall y yo, que no parábamos de picarnos por el fútbol mientras Liam, Louis y Harry se reían por nuestras reacciones— y bebiendo como alcohólicos.
     El rubio y yo estábamos sentados en el sofá de tres plazas, frente a la televisión; Louis en el sillón a la derecha del televisor; y Liam y Harry en el suelo con las espaldas apoyadas en el sillón de la izquierda.
     — Silva. Silva se la lleva. Silva se detiene y se la devuelve a Busquets. Busquets la mueve y avanza varios metros. Se va de uno, se va de otro. Busquets se detiene y abre a banda. Recibe Arbeloa— narraba el partido como lo hubieran hecho Paco González o Manolo Lama—. Arbeloa retrasa para Piqué. Gerard le deja un regalito a Andrews que se queda mudo. Pique adelanta a Xabi. Retrasa a Ramos que hace un pase entre líneas a Xavi Hernández.
     — ¡Que te calles!— chilló el irlandés.
     — ¡Dios mío de mi vida!— bramé—. ¡Esto es el tiki-taka español del señor Del Bosque, señoras y señores! Dios mío. ¡Dios mío!
     — «Dios mío» es tt en su vocabulario— escuché decir a Liam y Louis soltó una carcajada.
     —¡Dios mío! ¡La Roja tiene encerrada a toda Irlanda en el área! ¡Ésta es nuestra Selección campeona del mundo! Piqué suelta para Jordi Alba. Jordi, Jordi, Jordi bombea al área.
     — ¡¡Fuera de juego!! ¡¡Eso es fuera de juego!!— Niall se levantó del sofá indignado.
     — ¡Dunne estaba por delante!— grité yo.
     — Chicos, ¿queréis más patatas?— preguntó Louis aunque nadie pareció hacerle caso.
     — Xavi para Silva. David al hueco para “el Niño”. Torres se la devuelve. ¡Dios mío, Silva! ¡Se está comiendo a los irlandeses él solo!— no había nada mejor que picar a Niall—. ¡Vaya partido se está marcando! Entra en el área, sigue, sigue... ¡y cae!
     — ¡No!— gruñó Niall.
     — ¡Penalti!— grité—. ¡Eso es penalti!
     — Sí, por favor— contestó Liam.
     — GRACIAS, TÚ SÍ QUE ERES UN BUEN AMIGO— gritó Louis por encima de nuestros chillidos marcando cada palabra. Fue inútil.
     — ¡Cállate, torpe!— gritó Niall y se puso de pie en el sofá, empujándome. Caí de culo y me volví a poner en pie de inmediato—. ¡De penalti nada! ¡El muy cabrón se ha tirado, árbitro! ¡Eso es amarilla!
     — ¡Cállate, irlandés!— vociferé— ¡Le ha metido la pierna!
     — Cinco libras a que Emma tiene razón— oí decir a Harry, tendiéndole la mano a Liam.
     — Hecho— respondió éste apretándosela.
     Pusieron la repetición en televisión y se pudo contemplar claramente que John O’Shea metió la pierna a David Silva y éste perdió el equilibrio dentro del área pequeña.
     — ¡Penalti claro!— grité, dando un gran trago a mi cerveza—. ¡Te lo dije!
     — Jodeeeeeeeeer— masculló Niall alargando excesivamente la «e» y dejándose caer sobre el sofá de manera exagerada. Cruzó las manos y empezó a rezar en voz baja, como si aquello fuera a conseguir que Given se detuviera el penalti.
     — Te lo dije— soltó Harry con una sonrisa triunfal, mientras le tendía la mano a Liam—. Mis cinco libras, por favor.
     Le miré por el rabillo del ojo y dos enormes ojos verdes me examinaban con curiosidad. El corazón me palpitó con fuerza.
     Y no precisamente por el fútbol.


     La primera parte pasó sin ocasiones significativas: España había tenido la posesión pero Irlanda se había defendido muy bien. El único gol anotado fue el de Torres desde el punto de penalti. En la segunda parte, Vicente hizo dos cambios: Piqué por Javi Martínez y Torres por Cesc, que jugaría como un falso nueve. O’Neill hizo cambios más tácticos: Walters entró al césped por Cox —no había sido su mejor día— y McClean pisó el terreno para sustituir a Duff.
     En el segundo cuarto, Ramos envió a córner una jugada sin peligro de McGeady. Lo botó Whelan y Ward introdujo el balón en las redes de Iker. A dicho gol le siguieron dos cambios más: Del Bosque quitó a Iniesta por Cazorla y Martin a Whelan por Green —aquel cambio fue el más discutido por Niall—.
     En los cinco últimos cinco minutos, Xavi robó un buen balón a Ward. Trianguló perfectamente con Javi Martínez y envió un magistral pase entre líneas a Silva que se quedó a solas frente a Ledger. Un par de virguerías y se plantó solo ante Given.
     — ¡No le dejes hacer eso, joder!— había gritado Niall
     Given había aguantado muy bien, pero Silva picó el balón por encima de su cuerpo y anotó.
     — ¡GOOOOOOOOL!— gritamos Liam y yo al unísono. Nos fundimos en un abrazo. No sabía si celebraba el gol conmigo porque quería que ganara la Selección o para tocar las pelotas a Niall. En cualquier caso, me daba igual.
     — ¡No, joder! ¡No!— había gritado el rubiales y se tumbó en el sofá cómicamente, hundiendo el rostro en un cojín durante el resto del partido.
     Sobre la mesa solo quedaban botellines de cerveza vacíos y los cartones donde iban las pizzas, de las cuales no quedó ni un trozo. Los chicos hicieron varias fotos y las subieron a la red: Liam una selfie con Louis; Niall una foto conmigo, ambos con los puños levantados, mostrando nuestras camisetas; y Harry una del antes y después de la mesa del salón. Sin embargo, yo aún no les había dado mi usuario a los chicos, a excepción de Niall. Ni de Twitter, ni Instagram.
     Louis estaba contando un chiste cuando me llamaron al móvil.
     Me hicieron un gesto de que no me preocupara y me levanté.
     — ¿Em?— era Madison.
     — Wells al habla— contesté desquiciada—. ¿Qué quieres, Madison?
     Tras decir esto, pude ver cómo Louis me miró perplejo. Niall y Liam parecían inmunes. Harry me miraba como siempre. Como solía mirar Harry.
     — Tengo pasarela el viernes en Nueva York. Armani— me informó—. ¿Vendrás?
     — No lo sé— respondí—. Aunque no lo creas, Emma Wells también tiene una agenda apretada y una vida que llevar consigo— mentí descaradamente—. No tengo tiempo para volar a donde mierda sea tu desfile para verte un par de veces.
     — Emma... — exhaló.
     — Adiós, Madison.
     Colgué. Los chicos seguían mirándome sin articular palabra.
     — ¿Por qué me miráis así? ¿Acaso soy Jennifer Lopez y no me he dado cuenta?— pregunté irritada mientras me apartaba algunos mechones de pelo del rostro—. Mi trasero no es como el suyo. De eso estoy segura.
     — No te creas— intervino Niall sin alzar la vista de su móvil.
     — ¿Eres Emma Wells? ¿Hija de Arthur Wells?— preguntó Louis, llevándose una nueva cucharada de helado a la boca—. ¡Eres la hermana de Madison!
     — ¿Y tú Louis Tomlinson? ¿De la banda One Direction?— contesté a su vez.
     Era cierto que yo no había hecho nada importante para que me reconocieran por ello, pero odiaba que me tuvieran en cuenta por mi familia. Era frustrante.
     — Qué fuerte— murmuró Harry y cogió su móvil. El salón quedó en silencio durante algunos minutos—. Listo— lo lanzó sobre el sofá—. Ya te sigo en Twitter e Insta. Luego veré tus fotos. No me esconderás nada más, Emma Wells.
     — The same— dijo Liam.
     — ¡Somos fans de tu padre! Adoramos su música — gritó Louis emocionado, ignorándoles.
     — Vale. Espera— Liam tomó aire y se pasó una mano por el rostro, adquiriendo una expresión de emoción de fan obsesionado— ¡Dile que Stop es la mejor canción que ha compuesto nunca!
     — ¿Stop? Es una estúpida canción de amor que no habla de nada interesante. Chico conoce chica, chico se enamora, chica no, chico se suicida, chica llora su pérdida— argumentó Niall como un crío—. La mejor siempre será Play— añadió.
     — Here Comes Goodbye— intervino Louis.
     — ¡Mentira!— gruñó Harry—. Sex on Fire. Esa es la mejor canción que ha compuesto nunca. Es mi favorita
     — Harry, cielo— me incliné sobre él, rodeándole los hombros con mi brazo—, Sex on Fire no es de mi padre.
     — Emma, cariño— intentó imitarme—, ya lo sé. La de tu padre es Heart on Fire.
     — Tu sex sí que está on fire— bromeó Niall y se echó a reír a carcajadas.
     Harry y yo estábamos tan cerca que su aliento con olor a salsa barbacoa y queso me podía acariciar el rostro. Sus ojos brillaban en total plenitud. Le miré unos segundos más antes de apartarme.
     Niall cogió su guitarra y todos al unísono comenzaron a cantar una de las muchas canciones que mi padre había compuesto, concretamente Not Afraid. Aquella fue la canción con la que ganó su quinto Grammy.
     Pocas personas reconocían el trabajo de mi padre como compositor. Era halagador que ellos sí supieran apreciar ese trabajo.
     Al cabo de media hora, me puse en pie.
     — Me voy a ir ya. Es tarde.
     — ¿Ya?— preguntó Harry mirándome a los ojos.
     — Son las doce y veinte— les informé, guardando el móvil en mi bolso— y mañana tengo que ir de compras. Y vosotros deberíais llevar en la cama unas cuantas horas. Sois británicos. Deberíais presumir de ello y haberos ido a la cama a las ocho.
     — Yo no— rió Niall.
     — No hablemos de ti— gruñí.
     Los chicos insistieron en llevarme hasta casa. Después de pasarse un par de minutos debatiendo con intensidad quién de todos me llevaría, fue Harry el que se salió con la suya.
     — Vete saliendo al portal— ordenó cuando salimos del apartamento—. Voy a bajar al garaje a por el coche. Te recojo en la puerta.
     — Dicho y hecho, súper estrellita del pop.
     Sonrió de medio lado y cumplí órdenes. Apenas llevaba un par de minutos esperando en la calle, cuando un Land Rover de color negro se detuvo en doble fila frente a la puerta. Me monté en el asiento del copiloto y puso la música en marcha, inundando el enorme vehículo de una canción que ni siquiera conocía. No abrió la boca en todo el camino y yo tampoco hice el esfuerzo de ello.
     Aproveché los pocos minutos del trayecto en coche hasta mi casa para pensar en todo lo que había pasado aquella noche. A pesar de todo, los chicos parecían cómodos conmigo. Aquello era indudablemente bueno.


     Cuando llegamos a mi edificio, aparcó en segunda fila delante del portal, apagó el motor y se giró diagonalmente para mirarme.
     — Te invitaría a tomar una copa pero por tener no tengo ni siquiera alcohol— dije mientras le sonreía—. Mañana me pasaré por el supermercado.
     Él se echo a reír y comenzó a mover los dedos sobre el volante.
     — Sabes que si subiera a tu casa terminaríamos haciendo cualquier otra cosa antes que beber alcohol— murmuró con su típica voz ronca—, ¿no crees?
     ¡Dios Santo!
     — No te hagas ilusiones conmigo, estrella del pop— me atreví a decir.
     Lanzó una carcajada y el coche volvió a quedar en silencio.
     — Me gusta tu acento— me halagó y se aclaró la garganta—. Quiero decir, tienes una mezcla de fuerte acento español y el tierno irlandés. Personalmente el irlandés hace que te salve.
     — ¿Entonces estoy salvada?
     — Por ahora sí— afirmó sonriendo—. Igualmente, yo no sería capaz de hacer otra cosa que no te salvara.
     Sonreí. Aquello era un halago por todo el morro. Habría dado lo que fuera por detener el tiempo y quedarme con él en su coche durante toda la noche. Sin hacer nada, simplemente conversando de cosas irracionales con alguna que otra broma de por medio y llenando el vehículo de cientos de risitas nerviosas. Se podía palpar la electricidad en el ambiente, ¡y eso que le conocía de dos días!
     Había feeling, como mi hermana hubiera dicho.
     — Empezamos el Take Me Home Tour el veintitrés de este mes, dentro de una semana y algo— me informó al cabo de un rato—. Podríamos vernos algún otro día.
     — Sí— musité nerviosa y carraspeé—, sería genial.
     — Ya te llamaré, ¿vale?— Harry sonrío, se llevó los dedos al pelo y se humedeció el labio con un aire provocativo.
     Maldito Styles.
     — Me voy— salí del coche y me despedí de él con la mano. Bajó la ventanilla y se inclinó para mirarme—. Buenas noches, Harry
     Él sonrió.
     — Buenas noches, Em.

     Me detuve en mi portal, de brazos cruzados, y obligándome a recordar lo bien que había sonado
«Em» en sus labios.

9 comentarios:

  1. JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAA me hago fan del momento Emma-Niall.
    ¿Y la apuesta de Haroldo con Leeyum? PFFJAJAJAJAJAJAJAJA.

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  2. JAJAJAJAJAJA tía, adoro el momento Nemma. Es mucho para my heart. ¿Y Louis? Pobrecito, todos le ignoran. JAJAJAJAJAJA.
    Jamás me cansaré de leer tu novela.

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    1. JAJAJAJAJAAJJA lo estaba escribiendo y es que vi la escena clara, empecé a describirla y ¡Zas! JAJAJAAJA.
      Muchas gracias por leerla, cielo xx

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  3. DIOOOOOOOOOOOOOOOS.
    Lo mas gracioso de este capitulo es que me he imaginado a Em y Niall discutiendo por el futbol, sabes? JAJAJJAJAJAJAJAJ

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  4. 'Los príncipes se encargaban a revenderlos por eBay'
    JAAAAAAAJAJAJAJAJAJ me mataste

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