lunes, 17 de junio de 2013

Capítulo 5 | Irresistible


Jueves, 14 de febrero

     Me levanté de la cama a las diez y cuarto de la mañana.
     Lo primero que hice fue salir a la terraza y deleitarme con ese olor a tierra húmeda. Por lo visto, había llovido durante toda la noche y yo ni siquiera me había dado cuenta, aunque el cielo seguía nublado y un trueno me sacó de mi ensimismamiento, por lo que me apresuré a entrar de nuevo a trompicones. Adoraba Londres, pero el clima era una de las cosas a las que dudaba que consiguiera acostumbrarme.
     Me hice un café y tomé dos pedazos de bizcocho que había comprado varios días atrás. Dejé un pequeño bloc de notas sobre la mesita y escribía en él mientras me tomaba el desayuno; mordisquito al bizcocho, sorbo de café, palabra escrita. Dos televisiones, DVD, lavavajillas, secadora, lavadora, microondas, tostadora y un secador nuevo. Aquello era lo esencial, lo demás podría esperar.
     Era gracioso porque me prometí ir a comprarlo el día después del partido y habían pasado dos días desde entonces. Suerte que tenía ropa de sobra, porque en mi habitación había un montón de ropa sucia sobre el suelo que necesitaba lavar cuanto antes.
     El miércoles de aquella semana, me habían llegado varios WhatsApp de un número desconocido que no supe reconocer.

          «Escucha There's a Place For Us de Carrie Underwood. Acabo de encontrarla en Spotify y me he acordado de ti. I don’t know why, but it happen»

          «Por cierto, bonita cuenta de Instagram»


     En aquel momento no supe quién era, pero decidí escuchar la canción. Resultó ser Harry. Por lo que me puso más tarde, parecía que estaba en el salón de casa echándose una siesta.
     Una siesta con el móvil.
     Yo le dije que estaba escuchando I Don't Want To Miss A Thing de Aerosmith. Y él me recomendó otra. Y yo le recomendé otra. Finalmente nos pasamos toda la tarde hablando por el móvil, intercambiando opiniones de música y recomendándonos canciones entre nosotros.
     Y después de habernos escondido tras la pantalla de un móvil, había llegado el momento de volver a vernos. Yo necesitaba a un machito que me ayudara con los electrodomésticos y solo esperaba que fuese él. Por esa razón pensaba presentarme en su casa. ¿Por qué me lo iban a llevar los dependientes si podía ayudarme Harry?
     Quería volver a verle.
     Una vez que fue por la tarde y me eché una pequeña siesta en el sofá, me puse unos vaqueros pitillo, un simple jersey y unas bailarinas. Me solté el pelo, cogí un abrigo y el bolso, y salí de casa.


     Algunos minutos después, volvía a estar ante aquel imponente edificio de los chicos. Saludé a Edward —que ya sabía incluso mi nombre— y tomé el ascensor hasta la cuarta planta. No debería haber ido sin decirlos nada. Maldita sea, ¿y si Harry estaba con algún rollo en casa? No me había parado a pensar eso.
     Muerta de vergüenza, y en medio de un dilema psicológico, llamé al timbre. En el marco de la puerta vislumbré algunas pintadas con bolígrafo de color azul de: «Nosotros somos los mejores del mundo» en español y «Viva Irlanda». Pude imaginarme a Niall cual criminal, pintando el marco de su puerta en plena noche mientras los demás dormían, en un acto de rebeldía, y me eché a reír. La puerta se abrió y tragué saliva.
     «Mierda»
     Ante mí apareció Harry con un pantalón... y ya está. Llevaba solo un pantalón de chándal. Tenía el pelo revuelto y estaba medio adormilado. ¡Le había despertado de la siesta! Se estaba rascando los ojos con la mano y me miró con una expresión facial entre extrañado y sorprendido. La verdad es que yo también hubiera reaccionado de la misma manera si hubiera sido él el que hubiese aparecido en la puerta de mi casa despertándome de mi siesta. Lo más posible es que le hubiera pegado una patada en el culo.
     Miró dentro de la casa e hizo una mueca de lo más graciosa.
     — Has despertado a Lux— gruñó.
     Llevaba una cantidad incontable de tatuajes sobre el tórax; un cuerpo con más tinta negra que piel. No tenía un solo pelo en el pecho y los de los brazos apenas se vislumbraban, siendo éstos de un fino y tenue color. Desde su ombligo nacía un fino hilo de vello que se perdía bajo la cinturilla de sus pantalones. Su piel tenía un moreno singular y los abdominales se le marcaban a la perfección, trazando ligeras sombras entre el espacio que separaba unos y otros.
     — Lo siento— susurré.
     Me miró extrañado y frunció el ceño, después se encogió de hombros y me dio un pequeño y amistoso abrazo. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral.
     — No te esperaba— dijo y se separó—. ¿Por qué estás sonriendo?— preguntó casi creyendo que se debía a aquel abrazo. Yo señalé el marco con la mirada. Se asomó e hizo una mueca—. Puto irlandés— siseó. Se untó el dedo en saliva e intentó borrarlo pero todo fue en vano—. Menudo putón.
     — Deberíais atarle a la cama— propuse.
     — Eso ayer no estaba— me miró—. Te lo aseguro.
     — Necesito que me hagas un pequeño favor.
     Harry asintió y me invitó a pasar con un movimiento de cabeza. Cuando llegamos al salón, cogió en brazos a una niña pequeña que no alcanzaba los dos años. Era rubia. Harry la miraba embobado.
     — Ésta es Lux, la hija de Louise, nuestra estilista, aunque nosotros la llamamos Lou— dijo de inmediato—. Pequeña Lux, ésta es Emma Wells. Aunque nos haya despertado de la siesta, es una buena chica.
     La niña dibujo una sonrisa de lo más tierna y Harry se sentó con ella en el regazo. Me senté a su lado, cruzándome de piernas. Estaba muy acalorada y no precisamente por la alta temperatura del apartamento. Era como si todo aquel fuego que sentía fuera desprendido por el cuerpo de Harry y ese adorable instinto paternal.
     — Has tenido suerte— dijo—. Iba a abrir la puerta desnudo. Ahora mismo no llevo calzoncillos.
     — A Lux no le hubiera gustado esa escena.
     — Le encanta, créeme— sonrió—. ¿Qué necesitas?
     — Verás— carraspeé—; necesito comprar alguna cosilla de electrónica para casa.
     — ¿Necesitas dinero?— me interrumpió muy serio y se levantó del sofá para coger su chequera— ¿Cuánto quieres?
     — ¡No quiero dinero!— grité—. ¿De verdad crees que, precisamente yo, iba a venir hasta tu apartamento para pedirte un puñado de billetes?
     — No lo sé— contestó exasperado—. Has sido, precisamente tú, la que ha venido hasta mi apartamento. Nos has despertado de la siesta y dices que necesitas comprar cosas de electrónica para tu casa. ¿Qué quieres que piense?
     — Mi padre es Arthur Wells— dije por toda respuesta.
     — Y tú estás en mi casa— repuso—. Nos has despertado de la siesta.
     Parpadeé varias veces. No sabía si sentirme molesta o golpearle con la chequera en la cabeza.
     — Creo que nos hemos perdido.
     — Creo que sí— dijo él, que pareció haber recuperado su buen humor de nuevo y besó a la pequeña Lux en la sien. La niña mostró una sonrisa casi sin dientecillos.
     — Te voy a hacer un croquis— indiqué—: tengo un Audi. Caro y deportivo pero pequeño, y las cosas que quiero comprar son grandes. No caben en mi coche. Por eso os he despertado de la siesta.
     — Cómprate un Audi monovolumen— propuso, encogiéndose de hombros—. Es lo único que se me ocurre. ¿Qué piensas, Lux?
     — ¡Harry!— exclamé. ¿Cómo podía ser tan cateto?—. Necesito que me acompañes, por favor.
     — ¿Acompañarte?— repitió frunciendo el ceño, aunque le brillaban los ojos.
     — Sí.
     — Ésta es la ocurrencia más original que me ha propuesto alguien para pasar más tiempo conmigo— comentó Harry con una sonrisa pícara en el rostro y un aire de superioridad abrumador— Enhorabuena, Em.
     Me levanté del sofá y le miré con todo el odio del mundo reflejado en los ojos. Efectivamente había aprovechado la ocasión para pasar más tiempo con él pero tal y como lo había dicho parecía que quería tacharme de buscona descarada a tiempo completo.
     Dado que ellos eran las únicas persona que conocía allí, era evidente que quería pasar más tiempo con ellos, ¡porque eran los únicos con los que había hablado desde que había llegado! No me molestaba que lo hubiera dicho, sino que hubiera tenido el valor suficiente para decirlo.
     Las piernas me temblaban y las manos me sudaban.
     — Vete a la mierda— solté como una bomba.
     Me di la vuelta y me apresuré con grandes zancadas hacia la puerta hasta que una de sus manos se aferró con fuerza a mi brazo. Consiguió detenerme. Se puso delante de mí, cubriendo la puerta con su cuerpo, y colocó ambas manos sobre mis hombros. Debió de haber dejado a la pequeña Lux provisionalmente en el sofá. Su risita se extendía por el apartamento.
     — Por el amor de Dios, Emma. Era una broma— se exculpó sonriendo—. Jamás pensé que los españoles os tomarais las cosas tan en serio.
     — Se llama amor propio— le corregí.
     — Se llama tener mal genio— sentenció—. Deberías desayunar cereales con fibra. He oído que regulan el tránsito intestinal y hacen que estemos de muy buen humor. Te propongo una cosa; si tú los tomas, yo me comprometo a tomarlos también— bromeó descaradamente, olvidando por completo su comentario.
     Me agarró de los hombros por detrás, girándome sobre mí misma, y me dirigió de nuevo hacia el sofá. No sabía si molestarme o reírme. Si hubiera habido una tercera persona contemplando la escena, posiblemente fuera más cómico que serio.
     — Como tú los tengo a pares, haciendo cola y, además, comiendo de la palma de mi mano— le contesté—. No eres tan especial como piensas, Styles.
     — No lo dudo— Harry sonrió y, sin decir palabra, subió las escaleras del dúplex—. ¡No se te ocurra irte sin mí!— gritó desde arriba—. ¡Y cuida a Lux!
     Me puse en pie con la pequeña Lux en brazos y me acerqué al ventanal del salón. La gente caminaba encogida bajo sus abrigos y con los paraguas cubriendo sus cuerpos.
     — ¿Has visto?— susurré—. Tenemos suerte de estar en un lugar calentito. Imagínate que hubiéramos estado en la calle en este momento— la pequeña Lux me acarició el rostro con su pequeña mano—. Tú a mí también me has caído bien. ¿Sabes una cosa? Me gustan los niños, pero me da mucho miedo— cualquiera que me viera hablar con aquella niña me habría tachado de loca—. También me dan miedo las relaciones. No quiero que me hagan daño nunca más. ¿Quieres un consejo, pequeña? No te enamores o terminarán por hacerte mucho daño y…
     Alguien carraspeó a mi espalda.
     Harry se había puesto unos vaqueros negros muy ajustados —los mismos que el otro día—, un jersey de punto y aquellos horribles botines que no me gustaban en absoluto.
     — Se te van a mojar— señalé con la cabeza su calzado—. Está lloviendo. ¿Verdad que se le van a mojar, Lux? Díselo.
     Miró por encima de mi hombro hacia la calle y se encogió de hombros, indiferente. Se colgó unas gafas de pasta Ray-Ban en el cuello de la camiseta y cogió un sombrero de color beige.
     — Gracias por preocuparte por mí— intervino, al tiempo que cogía un abrigo marrón del perchero de la entrada y volvía a entrar al salón—, pero mis zapatos son inmunes a todo. Lux lo sabe.
     — Estoy segura de ello— asentí—, pero sigo pensando que lo mejor sería que te pusieras un calzado más adecuado para esta clase de tiempo— mecí a la niña.
     — Mis zapatos lo son.
     Aparté la mirada. Lo último que quería era discutir con él por que llevara esos horribles botines. Las cosas eran como eran: a pesar de lo feo de su calzado, Harry estaba resplandeciente.
     Me hizo una señal con la cabeza y salimos de su casa.


     Habíamos cargado todo lo que había comprado en su Land Rover. Los demás electrodomésticos me los llevarían al día siguiente. Harry había insistido en que nos lleváramos la televisión de plasma para el salón aquella tarde, poniendo como pretexto que él podría instalármela. Acepté.
     Eran las seis menos veinte.
     Estábamos en el monovolumen en silencio, como si la ausencia de ruido pudiera decirnos cuál iba a ser nuestro siguiente movimiento. Finalmente nos decantamos en ir al Starbucks de la Strand London, cerca de la Galería de Arte Nacional. Harry había salido del coche con las gafas del sol y el gorro puesto. Si se creía que por taparse un tercio del rostro la gente no le reconocería, el pobre chaval estaba muy equivocado. Yo cogí a la niña en brazos. Un par de fans se acercaron a él entre nerviosas, tímidas y muy exaltadas. Di un paso atrás mientras él se hacía fotos con ellas y las firmaba autógrafos. Entendía que fuera una figura pública y lo más normal era que le sacaran fotos cuando paseaba por la calle, lo que no alcanzaba a entender era que tuvieran que estar dándole la paliza veintidós de veinticuatro horas que tenía el día; las otras dos se las pasaba durmiendo la siesta.
     Y ahí estaba yo, en medio de un Starbucks con Harry Styles, sus decenas de fans y la hija de su estilista. Cuando las chicas se marcharon, Harry se giró hacia la barra y me miró por el rabillo del ojo con un brillo especial.
     — Pedimos y nos vamos— dijo—. En cuanto se corra la voz de que estoy aquí, las fans me acorralarán en la puerta.
     — Oh, venga— repuse—. Seguro que te encanta que todas esas chiquillas te acosen. Tu ego necesita alimentarse con algo y ellas te dan lo que buscas.
     Si lo que pretendía con aquello era que Harry se molestara, desde luego que no lo conseguí. Sonrió de medio lado y lanzó una carcajada, negando sutilmente con la cabeza.
     — Dos frapuccinos de vainilla, dos batidos; uno de plátano y… ¿de chocolate?— me preguntó y asentí. Se giró hacia la dependienta—. De chocolate. Y algunos muffins y galletas de chocolate para mi pequeña Lux— Harry acarició la mejilla la niña y ella soltó una risa.
     Había sacado la cartera dispuesta a pagar, cuando él puso el dinero sobre la barra sin apenas percatarse de que tenía que recoger la vuelta.
     — Quédese con el cambio— dijo él, guiñando un ojo a la dependienta, y salió del pequeño y local, sujetando el soporte de las bebidas con una mano y la bolsita con la bollería en la otra. Fuera estaba lloviendo a cántaros.
     El agua saltaba con fuerza sobre el pavimento y la gente corría atemorizada.
     — ¡Mierda!— le escuché gruñir entre dientes y me miró—. Creo que nos va a tocar correr.
     — No digas palabrotas delante de la niña— dije en su oído—. Y se te van a mojar los zapatos.
     Le arrebaté la bolsa con los muffins y eché a correr con la niña en brazos hacia el coche, que había dejado aparcado en una boca calle de la Strand London. Podía escucharle correr tras de mí y al instante se puso a mi altura, haciendo equilibrios con las bebidas para que no cayeran al suelo. Antes de llegar al vehículo, Harry se encargó de coger a Lux y sentarla en la sillita en el asiento trasero. Después entramos, pudiendo respirar tranquilos. Harry puso la música y comenzó a sonar Isn’t She Lovely.
     — No sabía que te gustara Stevie Wonder— dije.
     — Fue la canción que canté para mi audición de TXF— explicó sonriendo y subió un poco el volumen—. Fue el origen de un sueño.


     Las ingentes gotas de agua chocaban con fuerza contra el cristal del Land Rover de Harry. Nuestras pesadas respiraciones quedaban ahogadas bajo el chisporroteo de aquella inminente tormenta londinense. Los débiles rayos de sol que nos hubieron acompañado a lo largo de toda la tarde, parecía que se habían visto intimidados por aquellas grisáceas nubes y habían desaparecido.
     — Está lloviendo— se limitó a decir tras quitarse el abrigo y el gorro de lana. Movió la cabeza como un perrito desamparado, llenándolo todo de agua. Yo puse los ojos en blanco—. Ya sabes. Lo dijeron en el telediario.
     — Tu capacidad de deducción me ha dejado totalmente abrumada— respondí sin poder evitar el sarcasmo—. Yo no necesito ver el telediario para saber qué clima va a hacer en Londres. Y tú tampoco deberías.
     — No soy el hombre sexy del tiempo, Wells— siseó con una sonrisa de medio lado.
     — Puedo dar fe de ello, no te preocupes.
     — Dios, Emma— soltó una carcajada—. Tu sentido del humor es soso, simple y está decayendo con los minutos. I’m afraid.
     Dibujé una media sonrisa.
     — Eso mismo fue lo que me dijo David Beckham la noche que salimos solos a cenar, ¿sabes?— le contesté con descaro—. Exactamente lo mismo.
     Harry dejó el brazo a medio camino del asiento trasero, que iba a coger las bebidas. Me miró impasible, como si intentara atravesarme con aquellos dos enormes ojos verdes e intentara averiguar algo.
     — Lo mejor de todo es que todavía será verdad.
     — ¡Pues claro que es verdad!
     Silencio. Solo podíamos escuchar a Lux juguetear con su oso de peluche en el asiento trasero.
     — Me estás diciendo que has conocido a David Beckham. Has salido a cenar con él. ¿De verdad puedes contarlo con esta tranquilidad?— preguntó aturdido—. ¡Beckham es una leyenda y tú lo cuentas como si fuera lo más natural del mundo!
     — Es de lo más natural.
     — ¡Has cenado con Beckham! ¡A solas!
     — Sí— asentí—. Después nos fuimos a un hotel.
     — Venga ya— exclamó abrumado.
     —No te vacilo— le aseguré, agarrándole del brazo—. Pasamos la noche juntos. Aún no recuerdo cómo ocurrió todo. Estábamos borrachos y…, pasó. Como Victoria se entere de esto me colgará mi cadáver de la Torre de Londres.
     Harry se recostó en el asiento intentando engullir toda aquella información. Entrecerró los ojos, mirando al frente, y jugueteó con los dedos sobre el volante. Era más evidente que la noticia le había dejado KO.
     — Saliste a cenar con Beckham, pasasteis la noche juntos...— empezó a enumerar y no pude evitar la risa. Me subió por la garganta y me explotó en la cara—, y te estás quedando conmigo— terminó por decir sonriendo. Los rasgos se le relajaron y cerró los ojos. Yo me eché a reír—. ¡No tiene gracia!
     Harry podría ser una estrella del pop, pero la ingenuidad no se la podría quitar nadie. Una ingenuidad de lo más tierna.
     — ¡Tendrías que haber visto tu cara! Parecía que hubieras visto un fantasma.
     Él también se echó a reír. Cogió su batido de plátano y se lo puso entre las piernas mientras intentaba sacar la pajita. Había que ver lo atractivo y vehemente que podía resultar Harry en algunos casos, y lo verdaderamente torpe que podía ser en otros. Acerqué mi mano a sus piernas y le cogí el batido. Él sonrió complacido e introdujo la pajita.
     — Qué gran equipo— murmuró con un tono de voz cómico y alzó la mano abierta al aire a modo de high five. Solté una risita.
     Miré a Lux. Estaba completamente dormida.
     — Qué ricura— murmuré acariciándole la piernecita—. ¿A los chicos no les gusta estar con ella?
     — Lou tenía un acto hoy y no tenía con quién dejarla. A última hora me llamó pidiéndome que me quedara con la niña— dijo sonriendo—. Nos encanta estar con ella. Es adorable— sacó su móvil y disparó una foto—. La voy a subir. Seguro que a Lou le encanta.
     Aproveché para entrar en Twitter y fue entonces fue cuando comprobé que ya había crías que estaban insultándome por estar «saliendo» con Harry. Era evidente que las noticias corrían como la pólvora. No le hice el menor caso y guardé el iPhone de nuevo en el bolso.
     Di un sorbo a mi frapuccino de vainilla. El coche se vio bañado en una canción que conocía pero no lograba recordar. Agudicé el oído. Harry debió de leer a la perfección mi expresión facial, pues me miró directamente y dijo:
     — Broken Ones de Jacquie Lee.
     Asentí satisfecha. Aquella era una canción que me traía recuerdos. Demasiados recuerdos. Fue la canción que sonaba en el coche de Víctor la primera vez que nos besamos. Era una ridiculez como el propio Big Ben de grande y yo estaba al tanto de ello.
     — ¿Por qué te viniste a vivir aquí?— preguntó, interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Es por todas esas relaciones acabadas en fracaso?— preguntó divertido—. Lo he buscado por internet: el futbolista del Bayer, Adam Levine, el tío putón que te engañó…, vaya historial.
     — Le dijo la trucha la trucho— repliqué—. ¿Qué hay de Flack o Swift?
     Frunció los labios.
     — Touché— sonrió—. Ahora en serio: ¿por qué viniste a vivir aquí? Quiero decir; en España todo estaba bien, ¿no? Algo tuvo que pasar para que quisieras tomar esta decisión tan descabellada.
     No contesté.
     — Eso no quita que no seas valiente— añadió de inmediato—. Yo no habría tenido el valor suficiente para marcharme a un país diferente, solo y sin conocer a nadie. Una decisión muy audaz.
     El silenció se adueñó del vehículo. Harry resopló, dándose por vencido. Solo podía escuchar las gotas de agua chocar violentamente contra los cristales y los acordes de Broken Ones que tanto dolor me estaban provocando. Pulsé sobre uno de los botones para que pasara a la siguiente canción. Empezó a sonar Strange Days de Bryan Ellis. «Mucho mejor» pensé.
     ¿Debía decirle a Harry cómo se sentía, por qué había hecho lo que había hecho y las causas de aquella «decisión audaz» o tragarme mis sentimientos?
     — Quería huir— susurré.
     Me miró.
     — ¿Huir?
     — Huir— repetí—. De mi familia. De mis relaciones. Quería apartarme de su mundo e incorporarme a otro diferente. No podía seguir viviendo a la sombra de ellos.
     — ¿Por qué? Quiero decir, ¡formas parte de la familia Wells! Cualquier persona en el mundo querría estar en tu lugar— argumentó firme—. Y tú, sin embargo, quieres huir. No termino de entenderlo.
     — No hay nada que entender, tú mismo acabas de decirlo— repuse—. ¿No te das cuenta? No soporto que me conozcan por las películas que haya financiado o los grupos que hayan firmado con Wells Records; ni por la famosa marca de mi madre; ni por la estúpida fama de mis hermanos. Quiero que me reconozcan por mis logros propios— Harry me miraba sorprendido—. ¿Por qué me conocen? ¿Por haber sido vista con Madison de compras en la Milla de Oro o con Chad en un partido en pista de los Lakers?— resoplé abrumada—. No quiero esa fama.
     — Supongo que te entiendo— susurró—. La fama es genial cuando es merecida. Muchas veces me sorprende todo esto— hizo un movimiento con la mano, dándome a entender todo lo que le rodeaba—: ¿puede alguien tener tanta fama? ¿Puede alguien merecer tanta fama a pesar de no hacer gran cosa? Lo único que yo tengo que hacer es ensayar de cara a los conciertos y preocuparme por no decir nada malsonante en las entrevistas. ¿Puede eso merecer tanta atención mediática?
     — Eso deberías preguntárselo a los medios— exhalé—. A ellos les fascina.
     — Nada es lo que parece— susurró, acariciando la pierna a la dormida Lux—. Las apariencias engañan y muchas veces tienes que hundirte en tu propia mierda para no arrastrar a los demás contigo.
     — Es gracioso— dije con una débil sonrisa— porque tan solo te conozco de un par de días y hasta ahora eres la única persona a la que le he confesado eso— él me miró complacido—. Nadie sabe la verdadera razón por la que huí cual cobarde.
     — No creo que fueras una cobarde— negó con la cabeza—. Simplemente creo que supiste poner un punto aparte y continuar con una nueva historia. Eso es un gran paso.
     — ¿Qué te preocupa?— le pregunté—. Es tu turno.
     Soltó aire.
     — Todo el mundo cree que soy un chaval que solo tiene que preocuparse por salir bien en las fotos y cantar bien una noche sí y otra también. No se dan cuenta de que la persona que hay ante las cámaras es alguien totalmente diferente a la que se esconde tras ellas. Ese Harry Styles— trazó una figura en el aire, refiriéndose a la estrella del pop mundial— no tiene nada que ver con éste— se señaló a sí mismo—. No es más que un personaje.
     — Supongo que todos tenemos el mismo problema— susurré.
     — Las fans creen que te conocen solo porque te ven ante las cámaras, creen que saben quién eres en realidad. Deciden por ti. No se dan cuenta de que solo saben lo que nosotros queremos mostrar— terminó por decir y el vehículo quedó en silencio una vez más.
     No dije nada. Tampoco había nada que decir.
     — Cuando alguien te conoce, es blanco o negro— intervino de nuevo. Su voz grave inundaba el monovolumen con una agradable sensación de bienestar—. Irán a sus amigos y dirán «es muy majo» o «es bastante imbécil», porque decir que alguien «es normal» no vende.
     Entrecerré los ojos. Parecía mentira que Harry tuviera un lado tan sensible y maduro. Un lado que muy poca gente conocía.
     — Bueno— dijo de inmediato—, se acabó.
     — Una conversación agradable— contesté.
     Él soltó una carcajada y dio un gran mordisco a un muffin. Las comisuras de la boca se le llenaron de chocolate. «¡Ahora!» gritó mi voz interior. «¡Hazlo!»
     — Espera— murmuré—, no te muevas.
     Me tapé la palma con un trozo de tela de la sudadera y alargué el brazo para apartarle los restos de chocolate. Me tembló la mano y decidí apartar la tela de por medio. Piel con piel. Jamás había sido tímida con los chicos, pero Harry tenía ese efecto sobre mí. Finalmente toqué la comisura de sus carnosos labios. Se me tensaron todos los músculos y me estremecí por aquel dulce contacto. Su piel estaba fría. Dejó que le limpiara y sonrió. Rápidamente la aparté.
     — ¿Dónde estaban los chicos?— curioseé—. Me ha extrañado que Louis no estuviera dando voces por ahí. 
     Harry me sonrió y tomó un sorbo de café.
     — Y poniéndolo todo de por medio— añadió—. Louis y Niall han salido de compras con el equipo de uno de guardaespaldas. Liam y Zayn han quedado con sus novias. Antes de que empiece el tour, queremos aprovechar todo el tiempo libre que tenemos.
     «Está pasando su tiempo libre conmigo» pensé. «Y con la pequeña Lux» añadió mi conciencia.
     — El Take Me Home— dije orgullosa—. Me compré vuestros discos. No estáis tan mal como pensaba. Me gustan vuestras canciones, a pesar de ser la típica banda de pop comercial.
     — Bueno es saberlo— respondió. Sacó el móvil, lo desbloqueó y me lanzó una sonrisa de lo más tierna. Se inclinó sobre mí—. ¿Una selfie para mis chicas?— enarqué una ceja y se explicó de inmediato—: mis fans.
     —Una selfie que terminará por matarme— exhalé—. Tus fans me odiarán de por vida. Ya se me están empezando a echar encima. Me harán bullying.
     — Pero yo no— contestó. Puso el móvil entre nosotros, activó la cámara interior y sacó la foto. La miró—. Qué guapa. Para Instagram— susurró—. It’s… raining… man… and we’re having a hot coffeeeeeeee— bisbiseó por lo bajo al tiempo que escribía con sus larguísimos dedos—. Subida.
     — Toda una declaración de intenciones— dije sacando mi móvil de nuevo.
     — Ya tiene más de mil likes— exclamó orgulloso, mostrándome la pantalla. De repente se le tensaron ligeramente los músculos y dejó el móvil a un lado—. Emma— me dijo con total tranquilidad, encendiendo el motor—. Escóndete bajo algo.
     — ¿Qué mierdas dices?
     — Ponte tus gafas— acotó de inmediato— y el gorro.
     No entendía nada, pero así hice. Abrí mi bolso y me puse mis Ray-Ban de pasta y su gorro, tal y como él había ordenado.
     — Hay paparazzi fuera— soltó como si fuera lo más natural del mundo, que en cierto modo, lo era—; parecen fotógrafos. A la izquierda. Tendremos que pasar por delante de ellos.
     Agudicé la vista y pude verlos entre el espeso follaje de la Strand.
     — Los veo— afirmé—. Tres o cuatro. Arranca el coche.


     No sé cuánto tiempo después, Harry encontró un hueco en la mismísima puerta de mi edificio. De camino, habíamos parado en casa de Lou para dejarle a la pequeña Lux, que seguía completamente dormida. Nos dieron las gracias y Harry me había llevado a casa. Fred y Steve —el conserje de día y el vigilante de noche del edificio, respectivamente— me saludaron con la mano.
     — Sal del coche. Ya bajo yo todo— me dijo.
     — No es necesario— respondí—. Les diré a los conserjes que lo suban. Muchísimas gracias.
     — Insisto.
     Antes de que pudiera hacer nada, salió del coche y cogió la televisión. Fred y Steve salieron en su ayuda. Harry les dio las gracias con una de sus mejores sonrisas. Esa clase de sonrisas que rompen corazones.
     Dejaron la televisión en el hall del edificio. Fred llamó al ascensor y Harry volvió a salir con Steve a coger el resto. Metimos todo en el ascensor y me lo dejaron en casa. Di las gracias a los conserjes y se marcharon, quedándome a solas en mi casa con Harry. ¡A solas!
     Me quité la sudadera y me quedé con el jersey. Miré a mi alrededor y me arrepentí de no haber recogido la casa, era un desastre.
     — ¿Quieres que te ponga la televisión?— preguntó mientras se paseaba con curiosidad por el apartamento.
     — Me harías un gran favor, si te soy sincera— admití.
     Harry asintió. Dijo que esperara un momento y se asomó a la terraza. Había empezado a llover de nuevo.
     — Bonito apartamento— dijo—. Espacioso, lujoso y... demasiado desordenado.
     — Lo siento, Harry.
     — ¿Me pides perdón por tener la casa desordenada?— preguntó entre risas—. No pasa nada, era broma. Nosotros no somos lo más indicados para criticarte.
     — Los medios nos han visto juntos. Lo más seguro es que cualquier día de esto salgamos en alguna revista de la prensa rosa bajo el título: «Harry Styles y Emma Wells. ¿Amor verdadero o temporal?»
     — Oh, por favor— hizo un movimiento con la mano para quitarle importancia—. Si me hubiera interesado lo más mínimo, te hubiera echado de mi coche y tendrías que habértelas apañado como pudieras— sonrió—. No me importa que los medios me vean contigo. Contigo ni con nadie. Es normal. Soy un personaje público. Es más, estoy acostumbrado. Igualmente, me he comportado como un crío. Quiero decir: he subido una foto nuestra a Instagram, las fans nos han visto pero, sin embargo, me he vuelto loco ante las cámaras.
     — Lo has admitido— sonreí—. De acuerdo, si insistes tanto tendré que perdonarte.
     Soltó una carcajada.
     No solo había tenido que perder la tarde conmigo, sino que nos habían visto juntos. No era que me importara, pero no quería que estuviéramos en boca de los medios durante a saber Dios sabe cuánto tiempo.


     Después de haberme instalado la televisión con éxito, Harry volvió a quedarse de pie ante los cristales que daban a la terraza, observando con atención la lluvia que caía del cielo. Tenía las manos enlazadas a la espalda. Le llevé una cerveza y dio un sorbo.
     — ¿Ocurre algo? No seguirás dándole vueltas a lo de antes, ¿verdad?
     — Solo estaba pensando— enarqué una ceja y sonreí, dándole a entender que podía confiar en mí—. Me gustaría encontrar a una persona que fuese sincera y que estuviera conmigo solo por como soy. No quiero que una chica salga conmigo por esto…
     — Cuando dices «esto», te refieres a...
     — El dinero, la fama...— me interrumpió—. Quiero estar con una persona que sepa valorarme como Harry. Como este Harry y no como a ese Harry que todos creen conocer. Me gustaría poder distanciarme y pensar: «Si no tuviera nada de todo esto, ¿le gustaría a esta persona?»
     — La hay— le aseguré—. Es solo cuestión de tiempo. Nunca es fácil saber si la gente se acerca a ti por cómo eres o por todo lo que posees, pero es solo una cuestión de perspectiva. Si sabes quién eres, la gente sabrá quién eres. Esa es la clave.
     Me miró de medio lado y dio un sorbo a su botellín. De inmediato, adquirió una pose divertida y me rodeó los hombros con un brazo.
     — Eres toda una caja de sorpresas— me dijo—. Igual que ese montón de ropa que tienes tirada en el suelo de tu habitación. ¿Cómo lo consigues?
     — Bueno, ¿conoces algún truco para hacer que siete metros cuadrados de ropa quepan en tres metros cuadrados de armario?
     No me sorprendí lo más mínimo cuando dijo:
     — Por supuesto.
     — No quiero saberlo— alcé las manos al aire.
     — Tengo muchos más trucos bajo la chistera— bromeó—. Puedo dejarte abrumada con cualquiera de ellos.
     — Ya estás empezando.
     Sonrió.
     — Tengo que irme. Niall va a hacer hoy para cenar unos tacos— dijo—. Y yo adoro los tacos, por si no lo sabías.
     Harry me dedicó una de esas sonrisas con la que se le marcaban los hoyuelos y se llevó los dedos al pelo para colocarse los rizos. Insistí en acompañarle hasta el portal. Quería pasar más tiempo con él.
     Abrió la puerta y pasó por delante de mí.
     — ¡Eh!— gruñí—. No eres menos caballero por ser una estrella del pop— le agarré de la solapa del abrigo y le obligué a entrar de nuevo en casa. Cerré de un portazo—. Ahora me la abres y me dejas pasar. ¡Educación, Styles! ¡Educación!
     Soltó una sonora carcajada y me dejó pasar delante de él, haciendo una aparatosa reverencia. Incliné la cabeza y sonreí.
     Cuando llegamos al portal, Fred se había marchado a casa y Steve estaba en la puerta con las manos en su cinturón, luciendo orgulloso su placa de Vigilante de Seguridad. Harry y yo salimos fuera. La lluvia había amainado.
     — Me lo he pasado bien— dijo sonriendo—. La tarde ha estado mejor de lo que yo esperaba. Y no he tenido que poner un duro. Lux se lo ha pasado muy bien también.
     — Solo necesitaba un coche grande— le advertí.
     — No— negó—. Necesitabas a un tío buenorro que condujera un coche grande.
     Le miré a los ojos y sonreí. Definitivamente Harry me gustaba. Me gustaba mucho. No igual que lo hizo Víctor, pero era una atracción muy fuerte. O tal vez eran suposiciones mías. Podía mirarle a los ojos y darme cuenta del tipo de persona que sería en el futuro; de lo mucho que significaría para mí.
     — Te mandaré unas entradas VIP para el primer concierto del Take Me Home Tour en el O2 Arena— anunció de repente—, ¿te apetece?
     Asentí emocionada y él me dio un beso en la mejilla. El suave vello de su rostro me hizo cosquillas.
     — Llámame.
     Fue lo último que dijo antes de salir corriendo hasta su coche. Sonreí y me di la vuelta camino de mi apartamento.
     No me importaba cómo hubiera sido Harry con las demás chicas con las que había estado. Solo me importaba una cosa: cómo era conmigo. Y desde luego, me encantaba. Era tierno y protector; se había abierto a mí y me había mostrado su lado más sensible
     Si mis padres me hubieran visto en aquellos momentos lo más posible es que hubieran pensado que era una cría inmadura, permitiendo que una persona como Harry comenzara a gustarme. Mamá me hubiera dicho que no podía confundir la atracción con el enamoramiento. Papá simplemente se ceñiría a lo de «la gente nos utiliza, Emma. No confíes en nadie, ni siquiera en tu propia sombra». Me tumbé en el sofá, puse el hilo y Collide de Howie Day inundó el apartamento.
     Cerré los ojos sabiendo que Harry y yo podríamos tener una historia de amor. Solo era una pequeña cuestión de tiempo. Quería enamorarme de él y deseaba que él se pudiera enamorar de mí, y para conseguirlo solo teníamos que seguir el camino que habíamos emprendido durante los últimos días sin desviarnos un pelo. Era una cuestión de concentración; juntos podíamos llegar más lejos y, por mi parte, estaba dispuesta a hacerlo todo o más. Sería bonito compartir una historia junto a él.

     Harry era irresistible y yo, ni podía, ni quería, permanecer impasible a sus encantos.

5 comentarios:

  1. Me estoy leyendo tu fic entera otra vez.
    Esto engancha que no veas, eh

    ResponderEliminar
  2. ATACA, EMMA.
    ATACA A POR HAROLDO, QUE ESTÁ MUERTO POR TUS FUCKIN HUESOS, ah.

    ResponderEliminar
  3. Emma.
    Harry.
    Juntos.
    Porno.
    Me muero.

    ResponderEliminar
  4. La manera en la que escribes no es ni la mitad de normal, de verdad.

    ResponderEliminar