miércoles, 10 de julio de 2013

Capítulo 13 | Tell Me a Lie



     No pude reprimir las lágrimas y sentí cómo la culpabilidad me oprimía el pecho. Todas las miradas estaban puestas sobre mí. Los chicos me miraban con una pizca de esperanza de que nada fuera cierto, Perrie decepcionada, Greg y Ruth sorprendidos y Simon absolutamente satisfecho.
     — Emma, por favor— Harry estaba al borde de las lágrimas.
     No podía verle así.
     — Juro que yo no fui— respondí con un hilo de voz—, de verdad.
     — Emma, ¿es eso verdad? ¿Trabajabas para una revista y no nos habías dicho nada?— preguntó esta vez Louis perdiendo los nervios.
     — Teóricamente sí, pero...— intenté explicarme pero fui incapaz.
     Harry se alejó de mi indignado; Niall se sentó en el sofá apoyando los codos sobre las rodillas y tapándose la cara con las manos, Zayn bajó la mirada al suelo y Liam y Louis se llevaron las manos a la cabeza.
     Tenía que explicarme.
     — ¡Pero juro que yo no filtré la canción! ¡Y tampoco he difundido ese rumor! ¡Yo jamás os haría eso!— grité furiosa—. ¡El contrato expiró hace semanas!
     — ¡Nos has utilizado, Emma! ¡Nos has utilizado para tu propio bien!— vociferó Niall—. ¿No lo entiendes? ¡No nos importa el puto contrato! ¡Nos engañaste, joder! ¡No nos contaste nada de todo eso! Maldita sea, Em.
     — Lo tenías planeado desde un principio— Liam estaba furioso—, ¿verdad?
     — Por favor, dejad que lo explique...
     — ¡Confiamos en ti!— me interrumpió Zayn—. ¡Eres como todo el mundo!
     No podía ser. Aquello no podía me estar pasando. Desplazaba mi mirada de unos a otros pero en todos podía ver lo mismo: rabia, decepción e incluso furia.
     — Emma, lárgate de aquí— esta vez fue Harry el que se dirigió directamente a mí. Miré a Louis en busca de ayuda, pero desgraciadamente no encontré su apoyo. En su lugar una mirada totalmente defraudada y furiosa. No me lo podía creer. Ni tan siquiera Louis me creía.
     — ¡Yo no filtré la maldita canción! ¡Yo jamás os traicionaría!— grité llorando una vez más—. Os aseguro que yo no he escrito nada de eso. Nunca he enviado ni escrito nada relacionado con vosotros. ¡Podéis comprobarlo!
     — Emma, está demostrado. Se envió a Wells Records— murmuró Louis amenazadoramente bajo.
     — El rumor y la canción fueron enviados desde tu cuenta de correo electrónico— concretó Harry Magee, que se había quedado igual de impresionado que los demás—. ¿Qué quieres que pensemos?
     — ¡Que averigüéis qué coño ha pasado aquí porque yo no tengo nada que ver!
     — ¡Que te vayas, Emma!— gritó Harry con los ojos empapados en lágrimas.
     — Yo mismo me encargaré de llevar ante un juez a esta chica. Nos pagará todo lo que hemos perdido— intervino Simon.
     «Maldito Simon Evans»
     — No— respondió Harry.
     — ¿Cómo? ¿No?— preguntó confundido—. Hemos perdido millones de libras por su culpa, Harry. ¿Qué hay de la mala fama que os vais a ganar? Tendremos que desmentir todas las mentiras que ella ha difundido. Esto— hizo gestos con las manos—, a la larga, tendrá consecuencias severas para el grupo.
     — Me da igual. Convocad una rueda de prensa— propuso en un susurro, sin mirarme—. Deja que se vaya.
     — Pero Harry...— intentó replicar.
     — Que se largue. Lo único que quiero es no volver a verla— Harry posó su mirada aceitunada colmada de lágrimas en la mía y entonces supe que iba a ser la última vez que le iba a ver mirándome a los ojos, a ninguno de ellos—, jamás— aclaró.
     — Le diré a Preston que...
     — No— interrumpió Will Bloomfield—. Nosotros vamos a denunciarla por difamación y calumnia. Esto no va a quedar así.
     — ¡Que yo no he sido!— repetí de nuevo. Ya no sabía qué decir.
     Me dolía el pecho y me escocían los ojos.
     — Estoy seguro de que Sony Music querrá también poner una denuncia por haber incumplido un contrato— intervino Paul.
     — Bien. La acompañaré fuera. Me aseguraré de que Preston la lleve hasta su casa— dijo Simon, tirando de mí. Lo último que pude ver fue a Harry sentándose en el sofá y tapándose el rostro con ambas manos. Empezó a llorar. Niall se sentó a su lado y pasó su brazo derecho sobre sus hombros en señal de apoyo.
     Todo se estaba derrumbando a mi alrededor.


     El sol se había escondido detrás de la niebla.
     Nada volvería a ser como antes. El mundo se derrumbaba ante mis ojos y yo no era lo suficientemente fuerte como para sujetarlo y aguantar un poco más.
     Cuando salimos de la habitación, Simon cerró la puerta y, antes de decirle a Preston que me llevara a casa, se giró para mirarme con semblante victorioso.
     — ¿Cómo está tu padre, Emma?— preguntó irónico.
     No dije nada. No tenía fuerzas suficientes para defender a mi padre ni defenderme a mí. Simplemente bajé la cabeza furiosa mientras las lágrimas caían por mis mejillas y apretaba los puños para no hacer ninguna locura. Simon me miraba de arriba a abajo divertido.
     — Sigues siendo igual de guapa que cuando tenías ocho años— murmuró, tocándome el rostro. Yo no me moví—. Miento, ahora estás mucho mejor— me acarició el pelo.
     Instintivamente levanté la mano y le golpeé con todas mis fuerzas en la mejilla; a mano abierta. La forma de mi mano se quedó grabada en su rostro con un color rojo pálido.
     No se sorprendió, solo se llevó la mano a la cara y sonrió.
     — Saluda a tu padre de mi parte— dijo por última vez riéndose—. ¡Preston! Lleva a esta chica hasta su casa y procura que nunca más se vuelva a acercar a los chicos.
     — Eres un…— siseé entre dientes.
     — Hasta la vista, Emma.


     Preston me conocía desde los primeros días que estuve con los chicos, por lo que pude sentir su mirada decepcionada clavándose en mí como un cuchillo. Cuando iba a bajar del coche, se giró para mirarme.
     — Emma...— dijo.
     — Déjalo, Preston— le interrumpí—. Si vas a decirme lo mismo que los demás, mejor no digas nada.
     Cerré con un portazo y subí a mi apartamento. Cerré la puerta detrás de mí y me apoyé sobre ella, dejándome caer hasta quedarme sentada en el suelo, abrazándome las rodillas y llorando como aquella niña de ocho años que casi vio a su padre morir y al culpable de ello salir de su despacho con un semblante victorioso, similar al que había visto de primera estancia aquel día.
     Era incapaz de comprimir mis lágrimas. Necesitaba a alguno de mis hermanos para que me abrazaran y me dijeran que todo iba a ir bien. Me levanté del suelo y dejé el móvil sobre la mesa. El cólera se apoderó de mí y mi inocencia desapareció.
     Golpeé la pared hasta que me destrocé los nudillos. Grité hasta que me quedé sin voz. Lloré hasta que mi cuerpo no pudo soportar el dolor.
     Estaba furiosa, no solo por el hecho de haber decepcionado a los chicos, sino porque me iba a convertir en la chica más odiada en la televisión y las redes sociales. ¡Y sin hacer nada! ¡Ni siquiera había tenido tiempo de escuchar la canción!
     Me recogí el pelo, entré en el baño y lloré durante horas.


Viernes, 6 de diciembre
     Habían pasado más de dos semanas. 
     La única vez que había salido a la calle tuvo que ser la policía la que me llevara hasta casa. Más de diez paparazzi se lanzaron sobre mí, acompañados de una treintena de fans que me insultaron, tiraron del pelo y rompieron la ropa. 
     Desde aquel incidente Mick no quiso volver a dejarme salir sola aunque yo lo quisiera.
     Llevaba más de cinco días sin dormir y no podía salir de casa. Había adelgazado varios kilos y mis ojos color avellana estaban escondidos tras unas moradas y espesas ojeras. Me había hundido y todo mi mundo se había hundido conmigo.
     El martes anterior por la mañana había ido a declarar ante la policía y los llevé mi Mac Book, iPad e iPhone. Se pasaron más de dos días con ello y el jueves me llamaron, confirmando que no había mandado aquel mensaje. Por lo visto, la policía científica había recuperado todo el historial que yo había borrado y —efectivamente— pudieron comprobar que no había encendido el ordenador y que no había accedido a mi cuenta de correo electrónico desde Londres.
     Se había demostrado que alguien había estado en mi terminal y había varias cosas que lo delataban, el único problema era que se trataba de un hacker extremadamente inteligente y no pudieron seguirle la pista.
     Habían intentado rastrear la dirección desde la que se habían enviado los datos o la dirección IP del ordenador, pero todo fue en vano. La policía afirmó que harían un comunicado de prensa en cuanto pudieran confirmar que aquellas conclusiones eran ciertas.
     Sin embargo, yo sabía que a las fans les daría igual. Desde que había conocido a los chicos, muchas de ellas buscaban una excusa para odiarme y aquella era su gran ocasión. Sabía que todas aquellas fans no iban a dejarme tranquila de ninguna manera hasta que no apareciera otro sospechoso al que echar la culpa. El problema era que mis aparatos electrónicos no habían dado ningún resultado y las direcciones —tanto geográfica como la IP— del ordenador desde el que se mandó la canción y aquel estúpido rumor no daban soluciones y yo era, hasta entonces, la única culpable.
     Culpable de nada.
     Estaba en un callejón sin salida.
     Aquella mañana estaba tumbada en el sofá con el pijama que había llevado puesto a lo largo de varios días, cuando de repente me sonó el móvil. Era un nuevo mensaje de WhatsApp de… Adam.
     Desde que había ocurrido aquello, él no había hecho más que intentar hablar conmigo.

          «Deberías tener la mínima decencia de cogerme el teléfono»

          «No te estoy hablando como el famoso Adam Levine, sino como Adam a secas que está preocupado por ti. Contéstame aunque sea al puto mensaje, por favor.»

     Le contesté.

          «No sé si estoy bien, ni si estoy mal. Simplemente estoy, que dadas las circunstancias ya es mucho» 

     Me metí en la ducha. Me dolía el pecho. Apenas podía respirar. No era culpabilidad, sino dolor. Dolor por anhelar algo que tanto he necesitado, por perder algo que tanto he querido y, a su vez, por haberme dejado engañar. Vagaba sola entre el cansancio, la ansiedad, la frustración y las pesadillas. 


     Grité.
     Me arañé los brazos, el abdomen y las piernas. Grité hasta que me quedé sin voz y descargué mi ira contra mi propio cuerpo. Salí y me enrollé en una toalla dejando al descubierto decenas de arañazos ensangrentados producidos por mis propias uñas.
     Iba a cambiarme cuando sonó el fijo. Por un instante tuve la esperanzadora —y estúpida— idea de que fuera alguno de los chicos, pero estaba equivocada. El móvil lo tenía apagado.
     — ¡Emma!— contestó Madison al otro lado del teléfono.
     — Hola.
     — ¡Acabo de llegar a Madrid después de haber estado una temporada en las Maldivas con Elliot y lo primero que veo es esto!— exclamó—. ¿Cómo has podido hacerlo? ¿Estás bien?
     Resoplé y puse los ojos en blanco.
     — No, Madison. No estoy bien— musité.
     — Mamá y papá están furiosos. No los coges el teléfono y los de la revista han llamado a papá esta mañana porque aseguran que has incumplido el contrato y...
     — ¡Me da igual, Madison! ¡Todo me da absolutamente igual!— grité furiosa.
     Después, ninguna de las dos habló y no fui capaz de encontrar la energía necesaria para interrumpir el silencio que se estaba solidificando.
     — Vuelve a España— soltó de sopetón—. ¿Allí qué tienes? ¿A los chicos que te odian? ¿A sus novias que no te hablan? No seas tonta, Emma. Vente a España.
     Madison tenía razón. Vivía atrapada por decenas de paparazzi, odiada por millones de fans e ignorada por los chicos que habían conseguido hacerme vivir más feliz que nunca, en especial el chaval de ojos verdes y pelo rizado.
     — Tengo que pensarlo.


     Eran más de las seis de la tarde.
     A esa hora fue cuando alcancé a tomar una decisión. No quería saber nada más de todo. Solo deseaba poder volver a casa, ver de nuevo a mi familia y volver a mi antigua vida. La gente solía decir que siempre echamos en falta las cosas cuando las hemos perdido y daba fe de que era cierto. En aquel momento en el que mi vida era una extraña y dolorosa montaña rusa, era cuando más quería volver a ser la pequeña de los Wells, sin que las fans me odiaran y los medios se me echaran —literalmente— encima.
     Cogí el MacBook, me senté sobre el sofá de piernas cruzadas como una india y reservé un billete para Madrid que saldría el lunes a las once y media. Desgraciadamente no lo había encontrado antes y yo quería irme de allí inmediatamente.
     Iba a volver a España. A mi antigua vida.

Lunes, 9 de diciembre

     Guardé toda la ropa que pude en cinco grandes maletas. 
     Me vestí con unos pitillo, unas Ugg marrones y un jersey de punto. Me enfundé un abrigo con capucha marrón oscuro y salí de casa para no volver hasta dentro de mucho tiempo.
     Volvería cuando la tormenta desapareciera.
     Mick me estaba esperando en la puerta de mi edificio. Me ayudó a atravesar el tumulto de medios que aún había en mi puerta y, cuando yo ya había montado en el Land Rover de la sucursal de Wells Records, él y varios guardaespaldas más guardaron todo mi equipaje. Mick se vendría a Madrid conmigo y se quedaría allí. Tenía una habitación acondicionada en nuestro chalet de Madrid. Chad también insistió en ir a recogerme. 
     Llegamos al aeropuerto de Heathrow a las once menos veinte. Allí varias cámaras me persiguieron. Me puse unas gafas de sol, a pesar de ser de noche, y bajé la mirada.
     — ¿Emma, has vuelto a hablar con Harry Styles?
     — ¿Son ciertos los rumores que has difundido? ¿Qué opinan los miembros del grupo sobre esto?
     No contesté a ninguna de las decenas de preguntas que me hacían. Solo pude bajar la cabeza y arrastrar mi carrito en silencio. Eran periodistas y no se habían enterado de que yo era inocente. Alguien debía despedirlos por incompetentes.
     — Atrás— advertían los guardaespaldas, abriéndome espacio—. Dejadla pasar.
     Mick iba a mi lado, rodeándome la espalda con un brazo. Después de facturar mis maletas, los otros tres guardaespaldas se marcharon y Mick se quedó conmigo en la sala VIP a la espera de que saliera mi vuelo que, desgraciadamente, tuvo un retraso de casi dos horas debido a una tormenta que no permitía que los vuelos pudieran despegar.
     Tuve la buena suerte de que no se canceló. Llamaron por la megafonía para que embarcáramos.
     — Nuestro vuelo, señorita Wells— susurró Mick y se puso en pie. Era sorprendente que, a pesar de que se hubiera convertido en mi sombra, aún insistiera en tratarme de manera tan formal.
     Cuando por fin me senté en mi asiento de primera clase era más de la una y veinte de la mañana. Llegaría a Madrid alrededor de las cuatro, ¿pero qué más daba?
     Volvía a casa.
     Me puse el cinturón y apoyé la cabeza contra la ventanilla. Cerré los ojos y dejé que las lágrimas inundaran mis ojos. Me apresuré a pasarme el dorso de la mano por el rostro y apartármelas. Iba a volver a España con una vida distinta. Todo era diferente.

     Todo el mundo me odiaba.
     Nada sería lo mismo.

12 comentarios:

  1. JOEEEEEEEEEEEEE QUE PENITAAA¡ LAS COSAS MEJORARÁN NO?? Me encanta :))

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    1. JAJAJAJAJAJA en principio sí que van a mejorar. Cruza los dedos para que no me de un venazo y terminen mal. JAJAJA :) xx

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  2. LLOOOOROOOOOOOOO PATRI NO ME HAGAS ESTOOOOOOOO

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    1. Tranquila cielo, en el siguiente las cosas estarán algo más "tranquilas". You know what I mean. JAJAJA.

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  3. Tú y tu puta manía de dejarme con ganas de más.
    SUBE PRONTO, POR FAVOR <33333333

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  4. Perfecto Patri, como siempre. Me has hecho llorar, pobre Emma :(

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  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  6. Sí, es official. Tu novela me tiene literalmente loca jajaja. Síguela cuando puedas :)

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  7. fijate que nunca me ha gustado one direction, mucho animo, porque me haces cambiar de opinion con cada capitulo. Aqui tienes una lectora que no quiere que se le acaben los capitulos.

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