lunes, 1 de julio de 2013

Capítulo 8 | Midnight Memories



     Los chicos habían empezado su gira mundial el veintitrés de febrero. Harry —tal y como me prometió— me dio una entrada VIP para ir a verlos en su primer concierto del Take Me Home Tour, en el O2 Arena.
     Jamás los había visto actuar y el espectáculo me dejó completamente boquiabierta. Perrie y Danielle me acompañaron durante toda la noche desde la grada VIP. Fue increíble tener la oportunidad de ver a los chicos en plena acción durante el primer concierto de una gira mundial. Fue complaciente verlos gastarse bromas entre ellos, hacer estupideces sobre el escenario y realizar unos bailecitos de lo más ridículos.
     Era increíble lo que unas prendas de ropa de lo más favorecedoras, unas cuantas bromas y un espectacular juego de cinco voces diferentes pertenecientes a cinco chicos que estaban viviendo su sueño, acompañado de los gritos de miles de fans y una espectacular puesta en escena podían impresionar. A lo largo de todo el concierto solo pude hacerme una pregunta: «¿En quién pensarán cuando cantan Over Again? ¿O Little Things? ¿O What Makes You Beautiful?» Zayn y Liam pensarían en Perrie y Danielle, ¿pero qué había de Niall y Louis? Y especialmente: ¿en quién pensaría Harry?
     Después de aquella noche pude darme cuenta del talento del grupo. La fama que tenían se la habían ganado a pulso. Sus críticas no se debían a «su falta de talento» o «inexperiencia», ya que de aquello tenían de sobra, sino a que ellos habían conseguido en tres años lo que cientos de grupos no habían conseguido en un largo período de tiempo: éxito.

Viernes, 22 de marzo

     Los chicos se habían pasado un mes entero de gira por Reino Unido y comenzarían la europea en cuestión de semanas.
     Era un viernes nublado. No llovía, pero el sol estaba escondido tras unas espesas nubes que ocupaban la mayor parte del cielo. No era de extrañar que aquello ya no llamara mi atención.
     El viernes quince —una semana atrás— había cumplido los veintidós años. Lo celebré con Perrie, Danielle y algunas celebridades a las que conocía y fueron a Londres solo para poder tirarme de las orejas. Fue una cena estupenda y su posterior fiesta fue…, sinceramente no recuerdo cómo fue. Bebí demasiado y tuvieron que llevarnos varios guardaespaldas a cuestas hasta mi casa. Las chicas durmieron en mi piso. Recibí cientos de llamadas, incluida gente con la que llevaba años sin hablar. Sin embargo, papá no se dignó a mandarme ni si quiera un mísero mensaje. Nada.
     En el preciso instante en el que me disponía a lavar los platos de la comida, sonó mi móvil. Solté una palabrota y me coloqué el móvil entre un oído y el hombro mientras me secaba las manos con un trapo.
     — Hola, Emma Wells— dijo una voz conocida al otro lado—. Hace un buen día. Más o menos. Idóneo para pasar la noche fuera.
     — ¿Qué tal la gira, Louis?— contesté a su vez, sonriendo.
     — Como unas vacaciones con trabajo— respondió—. A las dos nos pasamos por tu casa. Tenemos una semana libre antes de seguir con la gira británica, hasta el treinta y uno, y vamos a ir a Coniston a pasar la noche— explicó—. Contamos contigo.
     — Es la una. No me he duchado, estoy sin vestir y tampoco he arreglado la casa.
     — Deja la casa como el auténtico desastre que es. Dúchate y ven desnuda— propuso Harry y puse los ojos en blanco. Él soltó una carcajada. Parecía que estaba escuchando la conversación cual crío pegando la oreja al teléfono.
     — Las chicas vienen. Lleva comida y ropa de abrigo. Nosotros llevamos cervezas. Una hora, Wells. Una hora. No te vamos a esperar más tiempo del necesario— añadió Niall con su particular acento irlandés, que parecía que le había arrebatado el móvil a Louis—. Me has entendido, ¿verdad?
     — Devuélveme eso, rubio teñido— masculló Louis—. ¿Sigues ahí, Em?
     — No me queda otra opción, así que... ¿qué tengo que llevar? ¿Lo que dice el rubiales?
     — Lo que ya te he dicho: comida y ropa de abrigo. Coniston queda muy al norte y hace un frío que te cagas. Al menos durante la noche. Lleva insecticida si te dan asco los bichos.
     Hice una mueca.
     — Os veo luego.
     Colgué. Lo primero que hice fue encargar comida asiática: sushi —un poco de todos los tipos—, Pad Thai, fideos salteados, tallarines tostados, Dim-Sum, Siu-Mai y dos ensaladas —tres delicias y de gambas—. Tuve la gran suerte de encontrar un negocio que vendiera vinos y que, además, los llevara a domicilio, así que pedí un Contador 2012 tinto. Llevaba semanas sin catar vino.
     Fui a mi dormitorio y revolví medio armario. Finalmente me decanté por una camiseta negra, unos vaqueros y una camisa a cuadros tipo cazador de franela que había cogido a mi hermano y no estaba por la labor de devolver. Busqué un conjunto de ropa interior al azar. Me duché, vestí y sequé el pelo tan rápido que ni siquiera yo mismo logro explicarme cómo lo hice.
     Guardé una mantita de sofá en una mochila, donde también metí la réflex, mi libro y un pequeño neceser con utensilios de emergencia.
     Me calcé unas Air Max en el preciso instante en el que me sonó el móvil. Era un WhatsApp.

          «Diez minutos, Wells. DIEZ MINUTOS»

     Maldito irlandés teñido. Era más exigente que mi madre.
     Al cabo de unos segundos, llamaron a mi portal: la comida que había encargado. El vino me había llegado cinco minutos atrás. Después de recoger las dos bolsas, guardar la botella de vino y coger unas copas de plástico, me colgué la mochila al hombro y cogí el bolso. Eché un vistazo a la imagen de la joven resplandeciente que el espejo del rellano me devolvió y salí del apartamento.


     Estaba deseando ver a los chicos. Resultaba absurdo, pero no me di cuenta de lo mucho que los apreciaba hasta que se marcharon de gira. Durante aquel mes, hablaba con todos y cada uno de ellos a todas horas. Especialmente con Louis y Harry.
     Saqué mi móvil del bolso y entré en twitter, donde paseé por mis interacciones. Desde que se me había visto con los chicos mis seguidores se habían multiplicado por tres, al igual que las críticas. Contesté a un par de menciones y seguí a algunas chicas que me pedían un follow. En cuanto mis cuatro millones de seguidores comprobaron que estaba en línea, bloqueé el móvil.
     Al cabo de unos segundos un Land Rover negro y un Ford oscuro aparcaron en doble fila frente a mi puerta.
     Zayn y Liam bajaron del primer vehículo, acompañados por Perrie y Danielle. Los saludé con un abrazo. Del segundo monovolumen bajaron Louis y Niall, que se abalanzaron sobre mí, estrechándome entre sus brazos, y los siguió Harry. Caminaba con su habitual aire de superioridad y llevaba —cómo no— esos botines horribles y los vaqueros negros. Alguien tenía que decirle que era multimillonario. No tenía por qué vestir siempre con lo mismo. Sonrió de medio lado y me abrazó, estrujándome entre sus brazos. Hundí mi rostro en su pecho.
     Le había echado de menos.
     — ¡Vámonos ya!— vociferó Liam, poniéndose unas gafas de aviador—. Como no salgamos ya, tendremos que volver en cuanto lleguemos.
     — Qué plasta— gruñó Harry entre dientes.
     Monté en el monovolumen que conducía Louis. Harry se sentó en el asiento del acompañante y Niall y yo detrás. Liam se incorporó al tráfico y Louis, con una habilidad impresionante para pegarse al Ford, le siguió. Louis encendió la música y en un santiamén, You Found Me inundó el coche.
     — ¡Jesús!— exclamé—. No sabía que te gustara de The Fray. Adoro esta canción.
     — Chica con buen gusto— Louis sonrió—. Personalmente es de las que más me gustan.
     — Sí— afirmé—, pero el mejor CD es How To Save a Live. No puedes negarlo.
     — No— sonrió—. No puedo porque estoy completamente de acuerdo— cuando llegó el estribillo, Louis me miró—: Lost and insecureeeeeeeeeee.
     — YOU FOUND ME, YOU FOUND ME— gritamos a la vez—. Lying on the floooooor, SORROUNDEEEED, SORROUNDEEEEED. WHY YOU HAVE TO WAAAAIT? WHERE WERE YOUUUU? WHERE WERE YOUUUUUUUU?
     La música quedó reducida a un simple silbido por debajo de nuestros gritos.
     — Me niego a ir cinco horas así— siseó Harry y puso la radio donde estaba sonando, precisamente, How To Save a Live. Louis alzó un puño al aire—. Joder. Esto es una plaga.
     Niall se tronchó de la risa.
     — No sé tú, estrellita del pop— intervine inclinándome hacia adelante y Harry se giró para poder mirarme—, pero esto es lo que yo llamo karma.
     — Esto es un complot— arrugó la nariz.
     — Más bien una conspiración— dijo Niall burlón y se tumbó, ocupando los otros dos asientos libres. Apoyó la cabeza sobre mis piernas y se puso unas gafas de sol—. ¿Huele a comida china?
     — Eso parece— indicó Louis, sin apartar la vista de la carretera.
     — Y tú estarás cómodo, espero— dije sin poder evitar el sarcasmo, bajando la vista a Niall, que descansaba cómodamente sobre mi regazo.
     Harry gruñó y sacó su iPhone.
     — Sí— afirmó el irlandés—, gracias por preocuparte, Em. Muy considerado.
     — Louis, la M40 está cortada en la unión de la J1A y la J2 por un accidente— nos interrumpió Harry, deslizando el dedo por la pantalla de su móvil—. Llama a Liam y díselo— ordenó.
     Éste asintió. Sacó el móvil de uno de los bolsillos de la chaqueta vaquera y su número. El manos libres se activó automáticamente.
     — Dime, Louis— la voz de Liam se extendió por el vehículo.
     — La M40 está atascada o no sé qué mierdas.
     — Idiota— susurró el rubio.
     — La M40 está cortada entre la unión de la J1A y la J2— intervino Harry con un tono de voz muy firme—. Propongo que tomes la M1. Después seguimos por la M6. Tardaremos más pero evitaremos atasco. Paso de estar tres horas de más con estos tres. Es una pesadilla.
     — Hecho— se limitó a contestar y giró por Western Avenue para coger la M1.


     Harry terminó por quitarse la chaqueta y se quedó con lo que parecía una camisa a cuadros a la que había cortado las mangas y que cumplía la función de chaleco. Louis conducía en silencio —algo poco peculiar en él— tarareando alguna que otra canción que sonaba en la radio de vez en cuando.
     — ¿Por qué vais a Coniston?— pregunté con curiosidad.
     — ¿Por qué respiras?— contestó Niall medio adormilado.
     — Tú sigue así que te vas a quedar sin almohada.
     Se exculpó con una sonrisita encantadora Made in Ireland.
     — La fama es genial— empezó a decir Louis—, pero hay veces que necesitas desconectar de todo lo que te rodea; tanto de la prensa como de las fans. Necesitas un tiempo para ti mismo, quitarte de en medio para pensar y asimilar todo lo que está ocurriendo durante un período de tiempo. O simplemente para compartir un buen rato con tus colegas en un lugar donde puedes hacer lo que te dé la gana sin que las fans se te echen encima o haya cientos de cámaras a la espera de una exclusiva.
     — ¿Vais a menudo?— pregunté de nuevo.
     Harry se colocó los rizos y se puso unas Ray-Ban de pasta, iguales que las mías, Niall y Louis. «Maldita sea, esto sí que es una plaga» pensé.
     — Ahora vamos menos que antes porque no tenemos casi tiempo libre— contestó Harry—. Cuando no podemos ir juntos, vamos solos si es necesario. Te va a encantar.
     — ¿Vais a ir a casa a lo largo de estos días libres?
     — Mi madre ya está limpiando hasta el tejado— intervino Niall entre risas apenas audibles—. Me apetece volver a verla. No sabéis las ganas que tengo de comer su lasaña.
     — Yo también— añadió Louis—. Mi madre ya está metida en la cocina, para cuando vaya tenerme preparado todo lo que yo no sé cocinar. Que viene siendo todo.
     Se echaron a reír.
     — Yo estoy deseando volver a casa. Necesito esa paz que solo Holmes Chapel puede darme. A veces es necesario apartarte de todo. La fama engaña. Es genial, por supuesto que lo es, pero no es divertida como parece y tú estás al tanto de ello— explicó Harry—. Si no sabes usarla correctamente, puede llegar a corromperte.
     — Dejando a un lado los sentimentalismos— le interrumpió Louis, pasándose las manos por los brazos desnudos—, tenemos cinco tiendas. En un principio íbamos a ir solos como lo hemos hecho siempre, pero las circunstancias nos han llevado a cambiar todos los planes y a traer gente...
     — Jornada de puertas abiertas— susurró el rubio.
     — ... Zayn y Liam habían insistido en traer a las chicas. Hemos estado hablando sobre con quién deberías compartir tienda. Resulta que había un individuo que incluso había llegado a suplicar para que estuvieras con él...
     — ¡Mentira!— farfulló Harry.
     — ... así que dormirás con el cabeza huevo de rizos.
     El corazón comenzó a palpitarme con fuerza, las manos empezaron a sudarme y me quedé casi sin habla. Agité ligeramente la cabeza.
     — Qué bien— intervino él, mirándome y sonriendo de medio lado. Se me hizo un nudo en el estómago y un ardiente calor me subió a las mejillas—. Lo vamos a pasar bien.
     — Toma karma pa' ti— Niall me miró a través de sus gafas y sonrió.


     Eran las seis y media de la tarde cuando los chicos se adentraron en un espeso bosque, cerca del lago de Coniston. Después de estar cinco horas metidos en un monovolumen tenía las piernas agarrotadas, especialmente porque Niall había estado todo el viaje apoyado sobre ellas.
     El irlandés se estiró y abrió el maletero del coche, de donde sacó varias mochilas, un balón de fútbol de Adidas, cinco cajas de pizza y la guitarra. Aún no recuerdo cómo fue capaz de llevarlo todo él solo. Los demás hicieron exactamente lo mismo. Cada uno cargó con sus bolsas y mochilas.
     El sol estaba cerca del horizonte, lo que indicaba que quedaría una hora de luz solar como mucho. Aquel lugar era impresionante. El lago tenía un sugestivo y gran embarcadero de madera que flotaba deliciosamente sobre el agua. Las montañas se levantaban a lo alto del lago, rodeándolo por completo y dibujando espectaculares figuras tétricas de tonos anaranjados que rasgaban el cielo. Respiré hondo y cerré los ojos. Me gustaba aquel lugar.
     Los chicos se apresuraron a montar las tiendas. Todos se quedaron en camisetas de tirantes y sentí un escalofrío al verlos mostrar tanta carne con el frío que hacía.
     — Ya me encargo yo de quitar las piñas— propuso Louis.
     — Querrás decir que ya te encargarás de sentarte a descansar— protestó Zayn.
     — ¿Dónde están las instrucciones?— preguntó Niall, al tiempo que sacaba unas barras metálicas. Harry y él parecía que se habían compinchado para ayudarse mutuamente.
     Liam y Zayn se pusieron a montar sus tiendas sin ninguna clase de problema. Louis se sentó en una silla de playa, contemplándolos divertido mientras —teóricamente— examinaba el terreno para buscar el lugar idóneo para encender la hoguera.
     — No hacen falta instrucciones— intervino Harry—. Ni que fuera la primera vez que vienes. Tenemos todo lo que necesitamos. Aquí está la tienda. Y éste es el suelo— apuntó inteligentemente, haciendo divertidos movimientos en el intento por dar la vuelta a la lona. Los músculos desnudos de sus brazos se contrajeron con fuerza—. No necesitamos nada más.
     — ¿Dónde iba esta cosa?— siseó Niall.
     — Por eso— indicó Harry mientras el rubio intentaba averiguarlo—. Por la cosita esa. Coño, tío. Por esa de ahí. ¡Tienes el maldito dedo encima!


     — La he clavado— sentenció Liam, mirando orgulloso su tienda—. Dejádmelo a mí. Vosotros id encendiendo la hoguera. Cuanto antes terminemos, antes podremos cenar.
     Perrie, Danielle y yo despejamos el suelo sobre el lugar que Louis nos había ordenado para encender el fuego. Zayn, Niall y Harry comenzaron a amontonar varios troncos.
     — ¿Cómo se ponían?— preguntó el moreno—. ¿En vertical?
     Perrie, Danielle y yo los mirábamos de brazos cruzados con una risita imposible de esconder.
     — Ya no estáis en los scouts— soltó Louis, poniéndose en pie—. Ahora vamos a hacerlo a mi manera.
     Abrí la mochila y de ella saqué Una Vacante Imprevista, de J.K. Rowling, ignorando por completo los gritos y bromas de los chicos, y marché hacia el final del embarcadero.
     Tras no más de veinte minutos de lectura —cuando el sol dejó de iluminar las hojas—, metí los pies en el agua cristalina. Una fina línea de color anaranjado oscuro rodeaba las cimas de las montañas al tiempo que el cielo, bañado en tenues pero brillantes estrellas que ya empezaban a tomar poder, se vestía de color oscuro. El aire olía a agua, árboles y madera.
     Olía a libertad.
     Las risas de Niall y Zayn se perdían entre el follaje del bosque, quedando reducidas a un susurro en medio de aquel impresionante lugar.
     Cerré los ojos nuevamente y el cielo adquirió definitivamente un color oscuro.
     A lo largo de aquel mes había enviado varios textos a GQ: un reportaje sobre una posible ruptura entre Evan Rachel Wood y Jamie Bell, una crónica sobre la New York Fashion Week y una entrevista a Karl Lagerfeld. Los de GQ estaban conformes pero no satisfechos: querían información del grupo.     Todos mis trabajos fueron publicados en la edición del mes bajo mi seudónimo.
     La luz de la luna se coló entre mis párpados entreabiertos. Aquella era la deseable paz de la que los chicos habían hablado.
     — Emma— susurró Harry a mi espalda y grité sin querer.
     — ¡Dios!— me llevé una mano al pecho. Él lanzó una carcajada que rebotó entre las montañas, creando un armonioso eco—. No vuelvas a hacer eso.
     — La hoguera está encendida y Niall muerto de hambre— sonrió—. Más te vale venir o te quedas sin cena, guapa.
     Me puse en pie en silencio y eché a andar a su lado. Harry se había puesto una sudadera gris y un trozo de tela —parecía una de las mangas de su antigua camisa— sobre la cabeza. Eso era a lo que yo denominaba saber aprovechar la ropa.
     Alrededor de la fogata los chicos habían montado un motel al aire libre. Había tres enormes troncos formando un triángulo alrededor del fuego. Perrie y Zayn estaban sentados en uno sobre unos cojines, compartiendo manta. Liam y Danielle estaban en el suelo, apoyando la espalda sobre otro. Niall y Louis estaban sobre dos pequeñas tumbonas de playa: el rubio recostado, con la guitarra a un lado y el balón al otro, y Louis con los pies en alto.
     — ¡Ya era hora!— vociferó el irlandés y se abalanzó sobre la pizza—. ¡A cenar!
     Me senté al lado de Harry en el suelo, apoyando la espalda sobre el único tronco de madera que quedaba libre y unos cómodos cojines. Saqué mi manta y la compartimos, cubriéndonos las piernas con ella.
     Las risas se multiplicaron y la comida comenzó a rular de un lado a otro. Pizzas por aquí y comida asiática por allá.
     — Además de la comida he traído…— saqué las copas de plástico y la botella de la mochila—: vino tinto. Joven. Criado en barrica. Español puro y duro.
     Todos aplaudieron y gritaron, y de dos tandas nos tomamos la botella entera.
     Al cabo de media hora, Niall estaba contando una anécdota de lo más ridículo que vivió con su hermano cuando fue a Mullingar en Navidad. Se había puesto un gorro de lana, estaba recostado en su asiento y miraba las llamas de la hoguera fijamente.
     — Por cierto— Zayn se puso en pie, interrumpiendo al irlandés, y fue al maletero del Ford de Liam. Estuvo hurgando un rato ahí y de repente se dio la vuelta con…— Cumpleaños feeeeeeeeeeliz— empezó a cantar. Su rostro quedó iluminado por las pequeñas llamas de las veintidós velas y echó a andar hacia nosotros.
     — CUMPLEAAAAAÑOS FEEEEEELIZ— cantaron todos—. TE DESEEEEEAMOS TOOODOOOOS. CUMPLEAAAAAÑOS FEEEEEELIZ— pusieron la tarta delante de mí, cerré los ojos y soplé las velas.
     Todos aplaudieron.
     — Gracias— sonreí.
     — ¿Qué te pensabas?— intervino Louis—. Había que celebrar tu cumpleaños de alguna manera. Al fin y al cabo, veintidós años no se cumplen todos los días.
     — Yo hice la tarta— gritó Niall, alzando una mano al aire.
     — Y yo le ayudé— susurró Harry.


     Después de que nos la comiéramos, todo quedó en silencio excepto por Niall tocando la melodía de Little Things con la guitarra. Nadie hablaba, pero tampoco era necesario. Evidentemente aquello era a lo que se referían. Las llamas de fuego saltaban vivaces y dibujaban tétricas figuras anaranjadas y negras sobre nuestros rostros.
     Oscuridad casi total y un sabor a nata en la boca.
     — Es increíble lo lejos que hemos llegado— Niall interrumpió la melodía de la guitarra—. ¿No creéis?
     — Sí— intervino Liam—. No podría haberlo pensado en la bootcam. Si en aquellos tiempos lo mencionaras, lo más posible es que te hubiera tachado de chiflado.
     — Más o menos como ahora— bromeó Zayn y todos rieron.
     — Yo creo que todos nos equilibramos mutuamente. No dejamos que a ninguno se le suba la fama a la cabeza e intentamos mantener la perspectiva— dijo Harry con su habitual voz ronca y se restregó los ojos, sin apartar la mirada del fuego—. Creo que esa es la esencia del grupo y la principal razón por la que estamos donde estamos.
     — Sí, ¿pero no os da miedo?— contestó Louis— Los mejores momentos son ahora.
     — A mí me recuerda un poco a Benjamin Button— reveló Liam, agarrando a Danielle de la mano—. ¿No os pasa a vosotros?
     — Como si lo estuviéramos haciendo al revés— mencionó Zayn en un murmuro.
     — Exacto— Liam asintió—. Después de todo esto es cuando tendremos una vida normal. Cuando tengamos mujer e hijos y podamos salir a la calle sin necesidad de escondernos tras una gorra y unas gafas de sol.
     — Lo fuerte es precisamente eso— añadió Louis—: habrá un día en el que ya no hagamos nada de esto. Creo que hemos vivido demasiadas cosas juntos y solo nos quedarán los recuerdos. Tengo miedo de olvidar algo de todo esto.
     Sus voces, por primera vez desde que los conocía, sonaban serias y firmes. No eran One Direction; eran cinco muchachos con miedo a lo que los depararía el futuro. Perrie, Danielle y yo cruzamos una mirada por encima de las llamas. No éramos capaces de decir nada. Era como si nosotras sobráramos en aquel lugar.
     Era todo suyo: estaba escrito el nombre del grupo.
     — Siempre formaremos parte de la vida de los demás— observó Harry—. Nos hemos hecho mayores juntos.
     — Hemos compartido toda clase de nuevas experiencias— intervino el irlandés.
     — Yo me alegro de haberlo hecho desde el principio como nosotros queríamos— afirmó Zayn y se dio la vuelta a la gorra—. Todo esto es…, impresionante. Teníamos una posibilidad entre un millón de llegar hasta aquí y miradnos.
     — Es verdad— afirmaron al unísono.
     — Hay muchos grupos que se hacen famosos, desaparecen y nadie más vuelve a hablar de ellos— articuló Liam—. Yo no quiero ser de esos.
     — Estaría bien que nos recordaran por nuestros discos o conciertos— añadió Niall.
     — O incluso— opinó Louis—, por una madre diciéndole a su hija las cosas que hicimos, las canciones que compusimos o los conciertos que tuvimos. Me gustaría hacer esto de por vida y que las madres sigan yendo a vernos en compañía de sus hijas, como ocurre a día de hoy con el fútbol.
     Todos asintieron y clavaron la mirada en la hoguera incandescente.
     — Memorias de medianoche— intervine cuando ninguno de los chicos parecía tener nada más que decir.
     Todos se echaron a reír y Perrie miró su reloj.
     — Las doce y cinco— anunció—. Nunca mejor dicho.
     — Gran nombre para un tercer álbum de estudio— dijo el rubio, cogiendo de nuevo su guitarra y recostándose—. Lo tendremos en cuenta, Wells.


     El vino y agua fueron sustituidos por cervezas. Los chicos cantaban, unos más afinados que otros, You Raise Me Up en compañía de la melodía de la guitarra. Aquella canción era una de las favoritas de Niall. Y también de las mías.
     Por alguna razón que desconocía, aquella melodía y el silencio del bosque, provocaron que recordara mi otra vida. Aquella que abandoné casi dos meses atrás. Se me contrajeron todos los músculos. En un momento de total tranquilidad, se me hizo un nudo en el estómago; como si me hubieran lanzado una piedra. Me encogí, agarrándome las rodillas con los brazos. Tenía frío y el cuerpo me temblaba; había sido la oveja negra de mi familia. 
     El nudo del estómago se me subió a la garganta.
     — ¿Estás bien?— susurró Harry, rozándome la mejilla con la punta de los dedos.
     — Tengo un poco de frío.
     Abrió su mochila y sacó una sudadera negra en la que ponía Teenage Runaway.
     — Póntela— ordenó antes de dar un sorbo a su botellín de cerveza.
     Cumplí órdenes e inhalé aquel olor tan peculiar, tan dulce, tan sexy... tan suyo.
     Perrie y Zayn se marcharon a su tienda seguidos por Danielle y Liam. Nos quedamos los cuatro alrededor de la hoguera. Niall miraba fijamente el fuego mientras Louis hacía el intento de tocar la guitarra. Estaba intentando afinar Look After You.
     Pensé en papá. Me sentía vacía y necesitaba oír su voz. No podía seguir aparentando estar bien. Quería que me abrazara, dijera que todo iba a salir bien y me perdonara.
     Las lágrimas comenzaron a escocerme en los ojos y algo me empezó a oprimir el pecho; dolor y culpabilidad. Mi vida había quedado reducida a un pequeño montoncito de polvo que amenazaba con escaparse volando de entre mis dedos. Me sentía sola.
     Estaba sola en un mundo en el que interactuaba de manera pasiva.
     Las lágrimas me oprimieron la garganta y ahogué un sollozo. Harry me miró preocupado.
     — Me voy a la tienda— susurré—. Hasta mañana.
     Sin apenas dejar que dijeran nada, cogí la otra manta que había metido en la mochila y entré en la tienda que debía compartir con Harry. Me tumbé sobre uno de los sacos que los chicos me habían prestado y me eché la manta sobre el cuerpo.
     Sentí cómo las lágrimas recorrían mis mejillas para acabar muriendo en la manga de la sudadera de Harry. Agarré la manta y me tapé el rostro. Solo recuerdo que lloré. La melodía de la guitarra de Niall se apagó lentamente y las risas de los chicos se esfumaron entre las hojas de los árboles, perdiéndose en aquel espacio de manera gradual.
     Cuando quise darme cuenta, Harry entró en la tienda y me miró enarcando una ceja con un matiz alarmado en los ojos.
     — ¿Emma?— musitó aterrado.
     — Lo siento— susurré, intentando sonreír. Tenía la nariz taponada y los ojos enrojecidos—. Dame un minuto.
     Harry se llevó las manos al pelo, se quitó las botas y se tumbó a mi lado. Me abrazó por detrás. Podía sentir su respiración en mi oreja. Su nariz tocaba mi nuca y su mano izquierda me rodeaba el cuerpo, entrelazándola con mis dedos.
     — Emma, no llores. Por favor— me pidió al oído.
     — Pero...— balbuceé—, no puedo. Lo siento mucho.
     Por alguna razón que no alcanzaba a entender, empecé a llorar con más fuerza. El cuerpo me temblaba violentamente y las lágrimas me oprimían la garganta. Harry paseó una de sus manos por mi rostro. Ni siquiera en mis más horribles pesadillas, hubiera imaginado que él pudiera verme en aquel estado: herida, humillada y angustiada.
     Estaba perdida en medio de la noche, entre los brazos de aquel muchacho.
     En medio de mi vida.
     Me abrazó con mucha más fuerza. Sus brazos tatuados, me hacían sentir pequeña y diminuta. Sin embargo, rodeada por ellos, me sentía protegida. A salvo. Como en casa. No recuerdo cuánto tiempo lloré hasta que me quedé totalmente dormida en sus brazos.


     Los estridente risa de Louis me despertó. 
     Un fuerte dolor en el cuello me bajó por la columna. Agudicé el oído y solo fui capaz de escuchar el agua del lago, el canto de los pájaros y las risas de los chicos. Salí de la tienda y me volví a ver ante aquel magnífico paisaje. El cielo estaba nublado —como siempre— y la temperatura había bajado varios grados.
     Me acerqué hacia el grupo reunido ante los restos de la hoguera.
     — Buenos días— saludó Louis con una sonrisa—. Tienes mala cara, ¿has dormido bien?
     — Sí— susurré y me aclaré la garganta—, muy bien.
     Me senté en el lugar de la noche anterior con la diferencia de que intenté mantenerme lo más lejos posible de Harry. Todos se dieron cuenta. Incluso él, que frunció los labios.
     — Parece que Harold  no te ha dado lo que tu cuerpo necesitaba— bromeó Niall aunque de inmediato supo que aquella guasa estaba fuera de lugar; él le lanzó una mirada de desdén y yo guardé silencio. Todos pudieron darse cuenta de que anoche pasó algo. Y efectivamente había sido así, aunque ni siquiera sabía por qué no era capaz de mirarle a la cara.
     Desayunamos café de unos termos y tomamos bollería industrial. Las risas corrían de un lado a otro de las cenizas de la hoguera y la mirada de Harry estaba puesta constantemente sobre mí, la cual intenté evitar.
     Cuando terminamos de desayunar, después de que todos se marcharan a aprovechar la última hora que nos quedaría allí, me quedé sentada en mi sitio, tapada con la manta y totalmente sola; divagando en mis propios pensamientos y perdida en mí misma. Una ola de calor me envolvió y por el rabillo del ojo pude ver a Harry sentarse a mi lado.
     Aparté la mirada.
     — ¿Crees que podrías dejar de evitarme?— preguntó algo molesto, tapándose las manos con la tela de las mangas de la sudadera—. Yo creo que sería lo apropiado después de todo.
     Suspiré y clave la mirada en el lago escondido tras los troncos de los árboles.
     — ¿Es por lo de anoche?— preguntó nuevamente.
     — Claro que es por lo de anoche. Me estás mirando así.
     — ¿Así cómo?— insistió.
     — Así— le señalé con el índice—, con vulnerabilidad.
     — Con vulnerabilidad no, con respeto— me corrigió—. Igualmente, eres tú la que me mira diferente. Yo no te hice nada.
     — ¿Cómo quieres que te mire después de haber dormido abrazada a ti mientras tú intentabas consolarme?— contesté furiosa. Por suerte, su rostro se suavizó—. Me viste hundida. No puedo mirarte de otra manera. Es… bochornoso.
     — Deberías mirarme como la persona que soy— murmuró dulcemente—, como la persona que era ayer y la persona que he sido desde siempre.
     Le miré.
     — Eres igual que yo o que ellos— señaló a Louis y Niall con la cabeza—. Necesitas llorar igual que todos. No importa que intentes esconderte tras esa pared de falsa infraqueabilidad porque siempre habrá cosas que te preocupen y te hundan. Y ese es el quid de la cuestión: no puedes soportar la corriente tú sola. Necesitas ayuda. Para eso están los amigos: para levantarte cuando has caído— me rozó la mejilla con los dedos—. Yo jamás podría dejar que cayeras, te lo aseguro.
     Me estremecí y Liam se hizo oír por encima de los gritos de los demás.
     — ¡Recoged las tiendas!— vociferó—. ¡Volvemos a casa!


     Harry y yo nos sentamos en el asiento de atrás.
     Después de cinco horas en el coche, los chicos pararon en un área de servicio en las afueras de la ciudad. Me despedí de Liam y Zayn con un cariñoso abrazo. Pusieron el coche en marcha y fueron a dejar a Perrie y Danielle en sus respectivas casas. Posiblemente se quedaran con ellas.
     Louis aparcó el coche en doble fila frente a mi portal. La siguiente semana libre la iban a tener el diecinueve de abril, fecha en la que terminaban la gira británica. El veintinueve volvían a retomar el ritmo y empezarían la europea.
     — Podríamos volver a vernos cualquier día de esos, ¿no?— propuso Niall.
     Yo me encogí de hombros.
     — Lo intentaré, aunque entre abril y mayo tengo que ir a Madrid para ir a algunas reuniones.
     — Nosotros tocamos a finales de mayo en España, ¿no?— preguntó Louis.
     — El veintidós en Barcelona y el veinticuatro y veinticinco en Madrid— contestó el rubio—. Podríamos coincidir allí, ¿no?
     Asentí sutilmente con una sonrisa y me despedí de ellos. Cuando salí del vehículo recordé que todavía llevaba puesta la sudadera de Harry. Él se bajó del coche y puso sus manos sobre las mías, deteniéndome; leyendo a la perfección mis intenciones.
     — Quédatela— negó con la cabeza.
     — ¿No quieres quedarte con ella, Harry?— bromeó Niall, riéndose a carcajadas—. Parece que no habéis tenido suficiente con pasar la noche juntos.
     — ¡Callaros ya!— gritó Harry, pero ellos siguieron conteniendo la risa.
     — Eso es, Harold. Un tío insaciable— continuó Louis—. Así me gusta.
     — ¡Regálale también tus calzoncillos!— gritó de nuevo Niall y rieron a carcajadas.
     Harry los fulminó con la mirada aunque ellos parecieron no hacerle el mínimo caso.
     — Te veré pronto— susurró—. Me aseguraré de seguir recomendándote canciones.
     — Y yo de escucharlas— contesté.
     Tras un último abrazo, Harry se marchó.
     En cuanto llegué a casa me tumbé en el sofá, entre maravillada y agotada, y olí la sudadera una vez más. Recordé su contacto la noche anterior, su aliento sobre mi nuca y sus brazos alrededor de mi cuerpo. Una sensación desconocida de fuerza y valentía me invadió todo el cuerpo de forma implacable. Cogí el móvil y escribí casi sin pensar.
     Dudé sobre si enviar o no enviar.
     Envié.

          «Te quiero mucho, papá»

     Sin embargo, me quedé dormida esperando una respuesta de papá que no llegaría.

6 comentarios:

  1. Mientras espero a que subas otro capítulo, me estoy leyendo tu fic otra vez desde el principio.
    TÍA, JKFDSLÑFJADSÑF QUE HARRY LE REGALA LA SUDADERA, OMFGGGGG.

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    1. JAAAAAAJAJAJAJJAJAJA no me lo digas, tú también envidias a Em, ¿no?
      A ver cuando puedo subir el siguiente capítulo pronto xx

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  2. Quiero irme con los chicos a Coniston. He dicho.

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  3. JAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAJAJAJAJAJA
    Amo cuando Louis dice a Emma que vaya desnuda.
    Ay, que no puedo. JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA

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  4. JAJAJAJAJA Louis es un cachondo mental, eh.

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  5. Me ha encantado la conversación Hemma, sobre todo cuando Hazza le dice que no la mira con vulnerabilidad, sino con respeto. fjskdfjañdfjaldfadfa

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