domingo, 1 de diciembre de 2013

Capítulo 38 | Best Song Ever


 No podía respirar y tampoco hice nada por impedirlo.
     — Lo siento— musité contra su cuello—. Siento haberos hecho pasar por este mal trago. De verdad, lo siento mucho. 
     — Tranquila, pequeña— susurró mi padre—. En esta situación nadie lo ha pasado peor que tú.
     — Arthur, Carol, ¿podemos hablar un momento? Tenemos que rellenar unos papeles para hacer unos trámites— nos interrumpió el abogado de papá.
     — Claro— afirmó él y se separó de mí—. Díselo a los demás. Celebradlo a lo grande. Te lo mereces más que nunca, cielo— dijo en voz baja. Mi madre me dio un apretón en el brazo y mi padre depositó un suave beso en mi frente.
     Asentí con la cabeza y salí del comedor con la respiración irregular, los ojos llenos de lágrimas, el cuerpo temblándome y el corazón a punto se salírseme del pecho.


     En cuanto entré en el salón, todos los presentes se pusieron en pie y abrieron los ojos como platos al verme llorar. A mi hermana se le saltaron las lágrimas pero nadie fue capaz de acercarse a mí. Parecía que tenían miedo de saber la “mala” noticia.
     — ¿Emma?— musitó.
     — ¡No hay juicio!— grité con las lágrimas de nuevo en los ojos y Madison se lanzó sobre mí, abrazándome con fuerza y escondiéndose en mi hombro. Chad se aproximó a nosotras al borde de las lágrimas y nos abrazó a ambas. Dejé que mis dos hermanos mayores me abrazaran, sabiendo que todo había acabado, escuchando los gritos y aplausos de los chicos, Elliot, Laura y Víctor cargando el ambiente.
     Cuando me separé del abrazo de mis hermanos, me vi dentro de una piña con los chicos. Louis y Liam me estaban alborotando el pelo y Zayn y Niall me gritaban en el oído. Me eché a reír con los ojos enrojecidos y en apenas segundos me vi entre los brazos de Harry que me abrazaba con toda la fuerza que su cuerpo parecía permitirle.
     — Te lo dije— susurró—. Te dije que todo saldría bien.
     — Lo sé.
     Y le bese, con deseo, amor y principalmente alivio. Nada podría volver a interrumpir nuestra relación. Por fin seríamos felices y yo podría despojarme de esa sensación de pesadez psicológica continua. Me centraría en mi futuro profesional, me convertiría en un crack del periodismo de investigación y escribiría mi propia saga de libros tal y como siempre había deseado. Daría todo lo que fuera necesario por aprovechar cada momento con toda la gente que verdaderamente me importaba.
     Alguien carraspeó a mi espalda. Víctor estaba de pie con la cabeza gacha, pasándose la mano por la nuca. Harry me soltó de mala gana y le abracé.
     — Sabía que todo iba a salir bien— murmuró.
     — Tú lo sabes todo— repliqué divertida, apartándome de él.
     — Por supuesto. Parece mentira que después tanto tiempo todavía no lo sepas— contestó con un deje orgulloso en la voz y me eché a reír.
     — ¡Manos arriba para irnos de fiesta esta noche!— bramó Elliot.
     Todos gritamos, levantando las manos.
     — ¡Bebamos hasta perder el sentido!— continuó Laura, a voces, y el salón se vio envuelto en un tumulto de carcajadas de diferente tonos.


     Estábamos en una de las discotecas más exclusivas de Madrid. No necesitamos hacer cola para poder entrar. Ser los hijos de Arthur Wells e ir acompañados de One Direction tenía sus ventajas.
     Eso, y además que los siete escoltas que nos acompañaban imponían mucho.
     Después de que el abogado —y representante— de la familia enviara aquel comunicado oficial a la prensa, fue cuando por fin me quité de encima aquella estúpida sensación de pesadez y pude ponerme el vestido azul del alivio.
     — Ahora vuelvo con las bebidas— afirmó Harry y se dirigió directamente a mí, sin perder la sonrisa del rostro—. ¿Tú que querías, nena?
     — Un Gin Tonic.
     — Ahora te traigo una falta de naranja— me dio un casto beso en los labios.
     — Bueno— intervino Liam dejando su copa sobre la mesa y relamiéndose los labios—, ¿qué ha ocurrido? ¿Cómo se ha resuelto todo?
     Estábamos sentados en una mesa considerablemente grande —cabíamos los catorce— en un lugar apartado del barullo. Harry se sentó a mi lado, dejó una botella de fanta de naranja y me rodeó con un brazo, a la vez que se apoyaba en el respaldo.
     — Digamos que yo firmé un contrato con GQ en enero de 2013 y había una cláusula que decía claramente que dicho contrato expiraría a los nueve meses de su puesta en vigor si yo no comunicaba que deseaba renovarlo.
     — Así que cuando se filtró la canción y el rumor de los chicos, tú ya no trabajabas para ellos— intervino Perrie—, ¿verdad? Para GQ.
     — No— negó Chad—, pero por lo que mi padre ha comentado, todo este alboroto no se ha debido a la filtración, sino por la entrevista que fue a hacer con The Sun.
     — ¿La entrevista que hiciste el día siguiente cuando nos…— «nos besamos» terminé mentalmente la frase de Harry, que se aclaró la garganta—. El día antes de que se filtrara todo aquello.
     — Exacto— asentí—. Lo que aún no alcanzo a entender es cómo y por qué falsificaron el contrato, en el que había una nueva cláusula que decía que se renovaría automáticamente si una de los partes no lo comunicaba.
     — Lo más posible es que fuera por la indemnización que tu padre tuviera que haberlos pagado en el caso de que, efectivamente, lo hubieras incumplido— opinó Elliot.
     — Exacto— afirmó Madison, mirándole primero a él y después a mí, y asintiendo.
     — Pero el contrato que se renovaría de manera automática no fue el que tú firmaste— dijo Els y miró a Louis de reojo a modo de advertencia para que se comportara. Niall y él estaban haciendo tonterías, bromeando sobre la situación y rojos de la risa.
     Como siempre. Estaban comenzando a sentir los efectos del alcohol.
     — Lo siento, lo siento— se disculpó cómicamente—. Tío— le gritó a Niall con una sonrisa—, compórtate como un adulto. ¡Por el amor de Dios!
     — Diablos, no me hables de ese modo— se defendió él.
     Se echaron a reír por lo bajo.
     — Lo que la GQ no sabía— continué— es que el contrato que ellos mismos falsificaron y, a posteriori, entregarían al juez, tenía una cláusula estándar que decía que la vigencia quedaba al margen de cualquier tipo de relación familiar o sentimental a un amplio nivel mediático. De este modo, el contrato expiraría de manera automática.
     — Ahí es donde yo me pierdo— Niall dejó su copa de repente sobre la mesa y se recostó.
     — Exacto— asintió Sophia—, ¿qué ocurrió?
     — El día anterior a mi entrevista con The Sun, Harry y yo nos besamos por primera vez en su coche. Hay pruebas de ello.
     — Sonaba Wings— susurró con una bonita sonrisa, sin alzar la vista de la mesa, mientras jugueteaba con el borde de su vaso de cristal—. Cómo olvidarlo.
     — Por lo tanto— empezó Zayn, tras haber rodeado a Perrie la espalda—, en el mismo momento que os liasteis, el contrato expiró.
     — Teóricamente— bebí un poco de fanta.
     — Entonces— habló Elliot—, el día que fuiste a hacer la entrevista con The Sun, el contrato no existía porque había expirado el día anterior.
     — Expiró el contrato que falsificaron y tú no firmaste pero que por aquel entonces estaba en vigencia— aclaró Els—, ¿no?— asentí—. Por lo tanto, en aquel instante no existía ninguno de los dos contratos porque uno fue falsificado y el otro había expirado.
     — Correcto— acaricié la palma de Harry—. Es un poco complicado.
     — Creo que se me ha derretido el cerebro— bromeó Louis.
     — Necesito un croquis— añadió Niall.
     — Es una completa locura— exclamó Sophia y miró a Liam en busca de apoyo—. Tengo razón. El trabajo de los abogados ha sido impresionante.
     — ¿Pero por qué han tardado tanto en encontrar las imágenes del beso?— preguntó Madison—. Era una exclusiva mundial: «Emma Wells y Harry Styles: ¡Nueva pareja!»
     — Por favor— rezongó el rubio—. Nadie iba a prestar la menor atención a un beso cuando veinticuatro horas después se lió aquella movida de mil demonios.
     Niall tenía razón. Entonces clavé la mirada en Madison y Niall. Ambos parecían recompuestos y el haberse encontrado con su antigua ex pareja no parecía haberlos afectado. Al contrario, se pasaron el día hablando, compartiendo confidencias y poniéndose al día de su vida.
     — Ahora vuelvo— anuncié a la par que me ponía en pie. Me incliné sobre los labios de Harry y le di un casto beso—. No me eches de menos— susurré divertida.
     Sonrió.
     — Lo intentaré.
     Uno de los escoltas me acompañó hasta la puerta de los baños del local. Me iré al espejo y por primera vez en muchos meses, la sonrisa estúpida que se dibujó en mi rostro era sincera. Total y absolutamente.
     Segundos después, Laura y Madison entraron. Madison llevaba el pelo recogido y un ajustado vestido negro, Laura, por el contrario, llevaba su preciosa cabellera suelta y un vestido muy corto azul turquesa.
     — Te habrás quitado un gran peso de encima— dijo.
     — No sabes cuánto— exhalé con una sonrisa.
     — Víctor y Harry están al borde de matarse con la mirada. ¿No vas a hacer nada?— curioseó mi hermana, alzando una ceja, mientras se colocaba el escote del vestido.
     — ¿Pero qué dices? Déjalos. A ver si es cierto que calientan un poco la noche. Llevo sin divertirme desde que... ¡ah, sí! Desde que Chad se peleó con aquel camarero que intentó meterme mano. Tendríais que haberle visto golpearle en la cara. Tenía la mandíbula apretada, el cuerpo en tensión y los músculos totalmente contraídos, por no hablar de que tenía un cerco de sudor alrededor del cuello. No sabéis lo perra que me puse al verle— explicó Laura entre risas y nos echamos a reír—. Fue portada en mil y una revistas, pero yo lo disfruté de lo lindo.
     — A veces das miedo— dije riendo.
     — Yo a veces olvido que le mola lo violento— comentó mi hermana cuando de repente The Nights de Avicii comenzó a escucharse en la discoteca—. Podrían poner Best Song Ever— gruñó Madison, de brazos cruzados.
     — ¡Adoro esta canción!— grité, agarrando a Laura y mi hermana de la mano para ir a la pista de baile. En cuanto salimos del baño, comenzamos a mover nuestros cuerpos al ritmo de la música y saludamos a todos los chicos. Alzamos la mano y Sophia, Els y Perrie se nos unieron en un conjunto de piernas estilizadas, tacones kilométricos y vestidos cortísimos. Los chicos alzaron las manos en modo de saludo, sonriendo, y nos dirigimos a la pista, dando pequeños saltitos sobre nuestros tacones, agitando nuestros cabellos y moviendo las manos en el aire. Hacía años que no volvía a entrar en una discoteca y bailar de ese modo con nadie. Unas manos se posaron en mis caderas y me giré lentamente.
     — ¿Podemos hablar un momento?— preguntó Víctor casi a voces para que pudiera escucharle. Asentí y nos alejamos un poco de la pista. Me apoyé en la pared y él se puso a mi lado, apoyándose en la pared con un brazo y bajando la cabeza para mirarme.
     — Más te vale haberme sacado de ahí por una buena razón. Adoro esa canción, ¿sabes?— dije divertida y le miré la sonrisilla tonta—. ¿Has bebido?
     — Un poco— contestó riendo y su semblante se endureció de repente—. Solo quería preguntarte qué tal estabas. Lo habría hecho antes, pero tu estúpido novio no me ha dejado acercarme a ti.
     — Estoy bien, Víctor— le aseguré—. De verdad.
     — Cuando te fuiste... fue horrible. Después de haber estado tanto tiempo contigo, sentí como si me hubieran quitado un pedazo de vida. No podía levantarme y saber que tú no estarías conmigo. Te eché de menos y hoy, cuando te he visto de nuevo... — tomó aire—. Te he echado de menos, Emma— explicó con la voz temblando, como si se le fuera a romper.
     — Víctor, verás, yo...
     No pude articular palabra. Harry tiró de su manga.
     — Aléjate de ella— dijo él, entre dientes. Estaba enfadado.
     Víctor soltó una carcajada.
     — Jamás serás lo suficientemente bueno para Emma— apuntó con insolencia—. Y lo sabes, Styles. Estoy seguro de que lo sabes.
     — Creo que deberías mejorar tu inglés. Tiene unas cuantas lagunas— se defendió—. Además, no creo que tú seas el más indicado para hablar respecto a conveniencias.
     Efectivamente, Víctor había cambiado radicalmente de hablar conmigo en un español fuerte a un inglés muy bueno, pero con la pronunciación muy marcada. Ahí fue cuando me di cuenta de que, realmente, yo también pasaba de hablar español con mi familia a pasar al inglés para poder comunicarme con los chicos. Era muy curiosa.
     — Oh, por favor— gruñó Víctor—. Estás utilizándola. Nadie se ha beneficiado con todo lo que ha tenido que pasar más que vosotros. Esto no es más que un paripé— exclamó, abriendo los brazos, dando a entender claramente nuestra relación—. Sales con ella por la fama que os ha brindado...
     — Víctor...— exhalé.
     — ..., cubres sospechas y de aquí a un par de meses la habrás dejado para liarte con cualquier otra mojigata con silicona en tres cuartas partes de su cuerpo.
     — Harry— susurré—. Está bebido. No le hagas caso. El alcohol no le suele sentar bien. Víctor no suele beber y cuando se mete un par de copas, se descontrola. No se lo tomes en cuenta.
     «Normalmente no es así» pensé.
     Pero, realmente, ¿lo era? Lo que Víctor acababa de decir eran mis miedos; como si hubiera entrado en mi mente y rebuscado entre todas mis debilidades en busca de lo que quería encontrar. Por supuesto que tenía miedo. Esa clase de comportamiento encajaba perfectamente en el perfil de cualquier otra estrella mundial, lo que no encajaba era en el perfil de Harry.
     Él no era así. Él jamás se habría dejado arrastrar por la fama como para salir conmigo durante unos meses solo para dar «espectáculo». Además, ¡era Harry de quien estábamos hablando! Podía llegar a ser un crío de pies a cabeza, egocéntrico y arrogante, pero también era carismático, elocuente y tenía perspectiva. Harry, al igual que yo, era la clase de persona con la que el fin justifica los medios, pero jamás en aquel sentido de nuestra relación. Tenía las ideas muy claras y todo lo que se saliera de sus cánones era total y absolutamente antimoral.
     — No vayas por ahí— le advirtió con los ojos entrecerrados, de la misma manera que una bestia examinaba a su próxima víctima—. No vayas por ahí o te quemarás.
     Agarré a Harry de la mano y tiré de él hacia atrás. Lancé una mirada suplicante a Víctor.
     Harry apenas se inmutó. Tenía los músculos en tensión y se empezó a pasar la lengua por los dientes, abultando sus mejillas. Eso solo podía significar que iba a matar a alguien o que tenía mucha hambre. Dadas las circunstancias, no creía que se debiera precisamente a lo poco que había cenado. O tal vez sí.
     — Y tú...— Víctor me señaló directamente a mí.
     — ¡Eh!— Harry le señaló acusador con el dedo y tuve que poner fuerza y alma en detenerle. Le agarré por la manga de la camisa—. Deja a Em fuera de todas tus mierdas.
     — ... cuando la fiebre exaltada con este tío se te pase, vendrás a mí suplicando ayuda.
     Harry se deshizo de mi agarre y le sujetó por el cuello. Las líneas de sus hombros estaban en tensión; alerta. Víctor le miraba impasible.
     — Estás poniendo mi paciencia al límite— siseó Harry—. Y odio que pongan mi paciencia al límite.
     — Yo creo que con ella— me señaló con la cabeza— solo quieres esconder tu verdadera sexualidad. Tienes de hetero lo que yo de cura.
     — ¡Engañaste a Em en la Universidad! No eres más que un cabrón mentiroso, ¿y vienes a criticar mi comportamiento con ella? ¿Pero tú de qué coño vas?— vociferó él, rojo de furia.
     Le había empujado contra la pared. Tenía los dientes apretados y el rostro rojo de rabia.
     — ¡Basta!— intenté agarrarle por la camisa.
     Víctor le golpeó en el estómago.
     Harry se torció de dolor con la mandíbula apretada pero cuando se disponía a volver a golpearle, Harry se recompuso y le atestó un fuerte puñetazo en la mandíbula. En apenas segundos, los dos estaban tirados por los suelos, con un corro de gente gritando. Varios chavales intentaron separarlos pero fue imposible.
     — ¡Harry! ¡Para, por favor!— vociferé.
     — ¡Aléjate de Emma! ¡No quiero volver a verte cerca de ella! ¡No quiero que te acerques a ella! ¡No quiero que vuelvas a hacerla daño!— gritaba él.
     Elliot y Chad consiguieron adentrarse en el corro y separarlos. Los escoltas se unieron. Víctor tenía la camiseta llena de sangre y sus ojos verdes más rojos que nunca. Tenía el pelo alborotado, la nariz sangrando, un profundo corte en el labio y los dientes apretados. Harry —por el contrario y al mismo tiempo— tenía la respiración irregular, los músculos en tensión y los nudillos magullados; en carne viva y sangrando. Tenía un fuerte golpe en la mandíbula y por lo demás parecía totalmente ileso.
     Todo fue demasiado rápido. En menos de quince segundos se había comenzado y se había logrado parar la pelea. Aquello no dejó de recordarme a aquella noche en Fabric en la que Louis entró a trapo con Tom.
     — ¿Sois gilipollas o qué?— vociferó Elliot.
     — Sois unos egoístas— masculló Chad, soltando con repugnancia a Harry—. Enhorabuena, chavales. Os habéis lucido.
     — Dejadlo ya— intervine yo, dando un paso al frente. Me planté ante Víctor—. Asume que ya no estamos juntos. Te quiero y te admiro. Me salvaste la vida y eso jamás podré olvidarlo, pero no puedes comportarte como un crío— miré a Harry—. Y tú tampoco deberías.
     Me acerqué a él y le miré por encima del hombro.
     —Vámonos a casa.
     No sabía si estar enfadada por el comportamiento de ambos o aliviada por poder salir de aquel local.
     Él cogió las llaves de mi Audi Q7. Ignoramos a todos los medios que había en la salida de la discoteca y entramos en el coche. Dos escoltas cogieron dos monovolúmenes y no escoltaron: uno por delante y el otro por detrás.



     En el vehículo sonaba Breakeven de The Script.
     — Lo siento, Em— susurró al cabo de un rato.
     Me giré sobre el asiento para mirarle. Agarraba el volante con las manos en tensión y tenía la mandíbula amoratada muy apretada. Acerqué mis dedos hacia su mano derecha y le acaricie los nudillos, obligándole a bajar la presión.
     — Te vas a hacer daño. Sujeta el volante con menos fuerza— me limité a decir—. Mañana serás portada en todos los medios. Enhorabuena, Harry.
     — Lo siento— repitió una vez más.
     — Los dos os habéis pasado.
     — Te engañó en la Universidad. Te abandonó. Jugó contigo. Te dejó hecha una mierda. Has escuchado todo lo que te ha dicho a ti y a mí. También...
     — Me salvó la vida— le interrumpí—. De no ser por él, lo más posible es que ahora mismo yo no pudiera estar aquí.
     — Ya, pero...
     — Lo que pasó en la Universidad no me importa en absoluto, cabeza hueca— le reproché, cortándole una vez más—. A ver cuándo te vas a dar cuenta de que no siento absolutamente nada por Víctor, pedazo de idiota. Me gustas tú, Harry. No le quiero a él, te quiero a ti. No me podría hacer a la idea de estar con alguien que no fueras tú. ¿Cuándo te vas a dar cuenta, Styles?— expliqué irritada y dirigí mi mirada al frente. De repente, él paró el monovolumen en un borde de la carretera. Los otros dos coches también se detuvieron. Antes de que pudiera quejarme, me sujetó el rostro entre sus manos y comenzó a besarme.
     Nuestros labios encajaban a la perfección y nuestras respiraciones se escucharon al unísono. Enredé mis manos en su pelo y lo atraje hacia mí. Él me sujetó la nuca con una mano y con la otra comenzó a trazar el camino de mi columna vertebral. 
     Deseaba a Harry en mi coche.
     Le deseaba con todas mis fuerzas.
     Se separó de repente con la respiración irregular, los labios hinchados y rojos, y el pelo alborotado. Sonrío de lado, dibujando esos hoyuelos que tanto me gustaban a ambos lados de sus mejillas y me acarició el rostro. Cerré los ojos ante su caricia, intentando captar de lleno todas las sensaciones que su contacto me producía, dejando que esa electricidad caliente y excitante me recorriera las venas y descendiera por todo mi cuerpo.
     — Vamos a casa— murmuré—. Mis padres no llegarán hasta tarde. Estaremos solos.
     Volvió a sonreír de medio lado y se inclinó sobre mi oído.
     — Voy a hacerte el amor— susurró lentamente con esa voz tan grave y ronca que era capaz de despertar deseos excitantes en mi cuerpo.
     — Estoy deseándolo.
     — Pero antes…— susurró, tragó saliva con fuerza y me miró a los ojos—. Siento si esto suena cursi, porque efectivamente lo es, pero llevo preparándome esto desde hace semanas— resopló y se recompuso—. Emma, una vez leí que las fotografías capturan momentos, las pinturas muestran deseos, la música sentimientos y, después de pensarlo durante mucho tiempo, llegué a la conclusión de que las personas pueden darnos todo eso e incluso más— le miré a los ojos, completamente sorprendida.
     El corazón comenzó a bombear con fuerza dentro de mi pecho.
     — ¿Qué…— balbuceé—, qué pretendes con esto?
     — Emma— Harry estaba nervioso—, aún recuerdo el día que te conocí. Tu sonrisa me conquistó de manera instantánea, tu voz mitigó mis pulsaciones y tu presencia me hacía un poco más fuerte día a día— se detuvo unos segundos para respirar—. Caí en la magia de tus ojos y me quedé inmerso en ellos porque ese dulce color avellana despertaba lo mejor de mí— carraspeó—. A ti, Emma Wells, te encomendaría hasta mi vida si fuera necesario, porque curiosamente solo tú puedes darmela.
     El corazón me latía con tanta fuerza que aún no recuerdo cómo era capaz de seguir consciente después de todo aquello. 
     — Desde el principio supe que nuestra relación no sería como cualquier otra y aún sigo sorprendido porque no eres lo que yo esperaba. Eres mucho más que todo eso. Poco a poco, junto a ti, recuperé a tu lado las ganas de amar, de amar incondicionalmente y dejarme querer— me temblaba el labio inferior. Sonreí y sentí el sabor salado de mis lágrimas en la comisura de mis labios—. No necesito que nadie me explique lo que siento porque ni siquiera yo mismo puedo hacerlo— Harry cogió una de mis manos y comenzó a juguetear con mis dedos. Entretanto, mi corazón estaba al borde de explotarme—; es algo tan fuerte que a veces creo que el pecho me va a estallar.
     En el coche estaba sonando —por raro que pareciera— Read My Mind, de The Wanted.
     Me estaba mareando y tuve que tragar saliva. El verde de los ojos de Harry me atravesó como una lanza. Se clavó en mi. La expresión de ellos, el tono de su voz, el tacto de sus labios… todo llegó a mí. Me hizo sentir única y especial, no de la manera que lo había hecho hasta entonces.
     — La vida pasa en un abrir y cerrar los ojos. Las personas necesitan a más personas porque, precisamente, se necesitan entre ellas. Y entonces, cuando queremos darnos cuenta, todos nos encontramos en un lugar concreto por un objetivo específico— la voz le temblaba de tal manera que por un momento amenazaba con quebrarse—. Emma Wells, ahora tú eres mi propósito. Eres mi nuevo objetivo. Es más, creo que siempre lo has sido.
     Ahogué un sollozo y la cantidad de lágrimas en mis ojos aumentó drásticamente al escucharle decir aquello último. Harry estaba haciéndolo. Lo estaba haciendo.
     Lo iba a hacer.
     — Quiero que seas mi compañera para toda la vida. Quiero que seas la primera persona el ver cada mañana y la última al acostarme. Quiero dormir junto a ti cada noche. Quiero que nuestros hijos tengan tus ojos y tu sonrisa y quiero verlos crecer de tu mano.
     Se detuvo a tomar aire. Bajé la mirada a nuestras manos y rompí a llorar desconsoladamente. Jamás creí que alguien pudiera quererme de aquel modo. Jamás había imaginado que alguien pudiera expresarme su amor así. Harry me alzó el rostro con una de sus manos y paseó su pulgar por mis lágrimas.
     — Mientras tú me asegurabas que querías ir despacio, yo descubrí que no hay sosiego ni tranquilidad en este amor. Hace unas semanas, en Holmes Chapel, después de tener aquella discusión por culpa de este anillo— acarició el dedo de plata que me había comprado por Navidad— fue cuando me puse a pensar en nosotros. 
     — Te quiero— logré musitar.
     — Em— sonrió dulcemente—: me he dado cuenta de que no puedo ir más despacio, no puedo esperar tanto. Dicen que algo como esto sólo se siente una vez en la vida. Dicen que cuando llega el verdadero amor, se nota. Y en este tiempo he confirmado mis sospechas: te amo.
     Entonces Harry tomó aire y sacó una cajita cuadrada azul. Aquel tipo de envoltorio solo podía ser de Tiffany & Co. Ahogué un sonoro sollozo y me llevé las manos al la boca para silenciar mis lágrimas cuando él levanto la tapa de la cajita azul. Era un anillo de oro blanco con una banda de diamante curva abierta que acentuaba delicadamente un solitario —y el más grande que había visto nunca— diamante de por lo menos dos quilates y medio. El mundo amenazaba con ahogarme. Las lágrimas me oprimían la garganta, me obligaban a respirar violentamente y apenas podía respirar.
     Le miré a los ojos un momento. A él también se le llenaron de lágrimas y tuvo que llevarse una mano al rostro para apartárselas. 
     —Emma Wells— musitó—, ¿querrías casarte conmigo?     No me salían las palabras. Se me oprimió la garganta y le miré a los ojos. Adoraba a aquel hombre. Quería envejecer junto a él. Quería formar una vida a su lado, una familia y una historia. Quería que fuera mi confidente, mi mejor amigo, mi marido.
     —Sí— susurré entre lágrimas—. Sí, quiero casarme contigo, Harry Styles.
     Sonrió de tal forma que los ojos se le llenaron de lágrimas y deslizó cuidadosamente el anillo en mi dedo. Lo miré embelesada, alcé la vista y clavé la mirada en la ternura de sus ojos, en los rizos de su pelo que tanta guerra me iban a dar, en la forma de sus cejas que acariciaría para siempre y en aquellos labios que podría besar hasta el día que me muriera. Entonces me besó. No un beso normal. Fue un beso cargado de historias pasadas y de historias por pasar: ese beso sería el principio de nuestra historia.
     — Te quiero más que a mi vida, Emma Wells— susurró contra mis labios y me abrazó con fuerza. Hundí mi rostro en la curva de su hombro e inhalé su esencia, pensando que aquella sería la esencia con la que me despertaría todas las mañana y con la que me dormiría todas las noches.
     — Y yo a ti, Harry Styles.
     En ese momento me di cuenta de que mi vida era maravillosa y me recriminé por no haberme dado cuenta antes. Como mamá decía, «por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes».


     Entonces me fijé en la luz del sol y fui consciente de que era más brillante que nunca.




sábado, 30 de noviembre de 2013

Capítulo 37 | Happily


Miércoles, 7 de enero


     — Em, despierta.
     Gruñí y me giré, dando la espalda a Harry e ignorando esa voz que tanto me gustaba pero que no quería escuchar. Salir de la cama solo implicaba ver a los abogados y eso era precisamente lo que quería evitar con desesperación.
     — Venga, dormilona, despiértate— me pidió.
     — No.
     Harry suspiró abrumado y se inclinó sobre mi oído.
     — Venga, Em— rogó una vez más.
     — No quiero ir— farfullé, tapándome la cabeza con las sábanas—. Quiero dormir.
     — Podrás dormir cuando todo esto termine. Te lo prometo.
     — He dicho que no.
     — Maldita sea, Em. Sal de la cama. Tu padre me ha dicho que bajes. De un momento a otro los abogados querrán hablar contigo— explicó irritado—. Te prometo que todo esto terminará pronto, pero por favor, Emma, sal de cama.
     — Vale— cedí finalmente.
     Saqué la cabeza de debajo de la sábana, totalmente abrumada, y la aparté a un lado. Harry llevaba unos vaqueros y una camisa de cuadros. El pelo húmedo le caía sobre los hombros y sus dedos acariciaron mi mejilla. Sonrió y me besó.
     Entré en el baño y abrí el grifo esperando que el agua se calentara. Me introduje despacio, dejando que la fría cerámica me congelara los pies. Me puse bajo el chorro de agua caliente y eché la cabeza hacia atrás, provocando que el pelo húmedo cayera por mi espalda. Cerré los ojos con fuerza y las lágrimas comenzaron a escocerme como el ácido. Lloré durante dos minutos. Me di dos minutos para llorar en silencio y se acabaría.
     Solo dos minutos.
     Y dejé de llorar, obligándome a mostrarme fuerte. Paseé mis dedos por los «Stay Strong» de mis muñecas y el «Unbroken» de mi antebrazo.
     Era fuerte.
     Era irrompible.
     Y estaba intacta.
     No iba a permitir que volvieran a pisotearme como lo habían hecho. Nadie volvería hacerlo jamás y yo no iba a permitirlo. Saldría de aquella. Solo tenía que superarlo. Me vestí con lo primero que encontré en mi maleta: un vestido blanco y unos zapatos planos. Me sequé el pelo con el secador con el objetivo de hacer tiempo y agité varias veces la cabeza para alborotarlo ligeramente. Tenía que cortármelo pronto.
     Salí de mi cuarto y bajé al salón, donde todos estaban esperando ansiosos. Harry, Louis, Niall, Chad y Laura estaban en uno de los largos sofás; Zayn, Liam, Elliot y Madison estaban en el otro.
      Eleanor, Perrie y Sophia se acercaron a mí, dándome un delicado achuchón. Ellas también habían ido. Ellas también estaban conmigo. Me prometieron que todo iba a ir bien. Vislumbré una figura en el marco de la puerta del salón; una figura que... ¡Oh, Dios!
     — ¡Víctor!— grité, lanzándome a sus brazos y abrazándole con fuerza.
     — Hola— susurró cerca de mi oído, rodeándome el cuerpo con sus brazos—. Te dije que no te iba a dejar sola, ¿lo recuerdas? Estoy aquí. Te lo prometí.
     Me aparté un poco de él y le contemplé de arriba a abajo. Estaba perfectamente recompuesto. Se había dejado el pelo más largo y lo tenía alborotado. Sus ojos verdes brillaban en total plenitud y su cuerpo se veía más musculado que nunca. No estaba tan pálido y sus ojos tenían un color diferente al que tenían hace algunos meses. Por el rabillo del ojo pude ver a Harry cruzado de brazos sobre el sofá y apretando la mandíbula con fuerza.
     — Gracias por haber venido, Víctor— murmuré—. Esto significa mucho para mí.
     Y era cierto. Víctor me había ayudado a salir adelante. Lo que hizo por mí jamás podría olvidarlo. Era como si mi vida tuviera escrita su nombre en un lugar muy importante. Al fin y al cabo, él me había salvado.
     — No las des. Para eso estoy aquí— afirmó él, sonriendo—. Ven, siéntate a mi lado— me indicó señalando dos huecos libres en uno de los larguísimos sofás.
     — No— interrumpió Harry—. Em, siéntate a mi lado— añadió él, empujando a Niall al suelo con fuerza, dejando su hueco libre—. Aquí.
     — ¡Eh!— gruñó el irlandés, colocándose el pelo y arrugando la nariz—. Tío, ¿eres idiota?
     — A callar, rubiales— masculló Harry y me senté a su lado. Me rodeo la espalda con un brazo y fulminó a Víctor con la mirada.
     Aquel era Harry, sabiendo cómo marcar su territorio.


     No sé cuánto tiempo pasó. Minutos, puede que hasta horas. No dejaba de temblar y moverme nerviosamente sobre el sofá. Nadie hablaba. Deseaba con todas mis fuerzas que los chicos empezaran a decir tonterías de las suyas para al menos poder tranquilar mis nervios, pero aquel no parecía ser el día.
     Silencio.
     La puerta del comedor se abrió de repente. Esperé ver a papá asomar la cabeza, pero en su lugar, uno de los abogados vestido con traje y chaqueta salió como una exhalación, con el abrigo en una mano y el maletín en la otra.
     Supe que algo no iba bien.
     Después de otra tirada de tiempo, papá asomó la cabeza y dijo que entrara: los abogados querían hacerme algunas preguntas. Tomé aire y contuve el aliento. Todas las miradas se dirigieron hacia mí. Miradas vulnerables, alarmadas y principalmente aterradas. Antes de levantarme, Louis me dio un beso en la mejilla y Harry un apretón en la mano.
     — Todo saldrá bien— aseguró implacable.
     Pero no pude contestarle. Asentí y me levanté nerviosa, con la sensación de que me iba a desmayar en cualquier momento, y entré al comedor. Era una sala con paneles de madera en las paredes y los suelos. En el centro había una gran mesa alargada de caoba rodeada de sillas con altos respaldos de la misma madera que la mesa, la cual estaba cubierta de papeles, carpetas y toda clase de aparatos electrónicos, desde iPad’s a iPhone’s. En la pared del fondo había colgada una enorme pantalla de plasma y las cortinas de color beige caían de manera revoltosa sobre las ventanas. Aquella era mi casa. En aquel lugar me crié y aquel era mi hogar.
     — Siéntate, Emma— me indicó Sergio, el mismo abogado que estuvo con nosotros cuando nos reunimos con el director de GQ—. Estos son Dafne, Fernando y Enrique, los abogados que me están ayudando a estudiar el caso El que ha salido corriendo era Miguel.
     Asentí y me senté en una de las sillas. Mi padre me miraba con preocupación. Mi madre, por el contrario, se dedicaba a mirar por fuera de las ventanas en busca de algo que no existía.



     — ¿Este es el contrato que tú firmaste?— me preguntó la tal Dafne, colocándose las gafas de pasta sobre la punta de la nariz, acercándome el contrato que el director de GQ nos había mostrado la última vez.
     — No— negué con la cabeza—. En el que yo firmé, había una cláusula que afirmaba que el contrato expiraría a los nueve meses de su puesta en vigor si alguna de las dos partes no pedía renovarlo. Lo recuerdo perfectamente.
     Se miraron entre ellos, impasibles.
     — Es ilegal— dije yo—. Lo que han hecho los de GQ es ilegal. Han falsificado documentos. Eso puede llevarse a la policía. Han usurpado mi firma; mi propia identidad. Eso…
     — La policía no suele preocuparse lo más mínimo a no ser que se los presenten pruebas concluyentes— intervino Fernando—. Nosotros no las tenemos y tampoco hay ningún abogado o notario que pueda dar fe de los hechos, puesto que firmaste sin la presencia de alguno .
     — ¿Y falsificación de firmas?— me atreví a preguntar—. ¡Tiene que haber algo!
     — Por ahí no intentes ir, porque vas a terminar chamuscada— contestó el hombre que se hacía llamar Enrique—. Vamos a tomar una alternativa.
     Minutos.
     Demasiados minutos en silencio. Nadie hablaba. Uno de los abogados —Enrique— estaba sentado dos asientos más allá del mío, con su iPad negro entre las manos, tamborileando nervioso con los dedos sobre la mesa.
     — ¿Crees que...— empezó a preguntar Dafne, dirigiéndose a Enrique.
     — Sigo en ello— contestó, hundido completamente en su tableta
     — ¿De qué habláis?— pregunté al borde del desmayo.
     Pero nadie me contestó. Se limitaron a mirarse entre ellos. No habían encontrado nada. No tenía salida. El juicio sería en un par de días y tenía la prisión asegurada, por no hablar de la enorme indemnización que les pedirían a mis padres. Se me hizo un nudo en el estómago y un sentimiento de terror me oprimió las vías respiratorias, cuando el sonido del iPad puso a todos en pie.
     — ¡Lo tengo!— exclamó Enrique.
     Todos miraron la pantalla y sonrieron aliviados.
     — Se lo voy a enviar a Diego para que se lo enseñe al juez— dijo de nuevo—. Cruzad los dedos.
     — Trece de noviembre, apunta— ordenó Fernando, y Dafne escribió algo en un bloc de notas—. También catorce de noviembre. Cláusula trece, punto tres. ¿Lo has apuntado?
     Dafne asintió. 
     — ¿Algo sobre…— empezó a decir ella.
     — Relación íntima— le interrumpió él—, efectivamente.
     Me podría haber levantado, pero mis piernas no respondían, no podía respirar ni podía moverme. No podía ni siquiera hablar.
     — ¿Qué ocurre?— pregunté con un hilo de voz.
     Enrique me hizo una seña y me levanté como pude, sentándome a su lado y contemplando la pantalla de su iPad. En ella había una foto de Harry y mía. Era de noche y estábamos dentro de su coche. Nos estábamos besando. Él me sujetaba por la nuca y yo le agarraba del pelo.
     Entonces lo recordé todo.
     — Esto fue el día que conocí a Simon personalmente— afirmé con un tono de voz mucho más firme—. Esta foto es del día antes de que...
     — Fueras a hacer la entrevista para The Sun— me interrumpió Enrique sonriendo.
     — No entiendo nada— afirmé.
     — Verás, Emma— comenzó a hablar Fernando—: nosotros hemos basado nuestra atención en el contrato que la propia GQ ha presentado ante el juez, es decir, el que teóricamente han falsificado, ¿bien?— asentí con la cabeza—. En lugar de buscar aciertos en el verdadero contrato desaparecido e inexistente, hemos buscado errores en el nuevo. ¿Hasta ahí bien?— volví a asentir—. Bien. En el contrato que la propia GQ ha presentado ante el juez, había una cláusula que decía que la vigencia del contrato quedaba al margen de cualquier relación íntima o familiar que tuviera un amplio valor mediático— explicó.
     — Ah— fue lo único que se me ocurrió decir—. ¿Con amplio nivel mediático te refieres a…
     — Gente del nivel de Harry Styles— intervino Sergio .
     — Esta foto —continuó Enrique— es la prueba idónea que demuestra que el día anterior a la entrevista que fuiste a hacer con The Sun, tú ya mantenías una relación con un componente de One Direction, en este caso Harry.
     — Eso quiere decir que... — empecé a decir, pero el ruido del iPad me interrumpió.
     Enrique abrió el correo rápidamente, leyó atentamente con las miradas de los otros tres abogados, mi madre y mi padre sobre la tableta.
     — ¡Gracias a Dios!— vociferó mamá con los ojos llenos de lágrimas y se lanzó sobre mí, abrazándome con fuerza, pero me separé de ella.
     — ¿Qué ha ocurrido?— pregunté ansiosa.
     — Se infiere, y queda demostrado con pruebas gráficas, que mantenías una relación íntima con Harry. Por ello, el juez entiende, ajustándose a esa cláusula, que el contrato habría expirado automáticamente. Por lo tanto, el caso queda sobreseído.
     — Pero, eso solo quiere decir... — no me lo podía creer.
     No habría prisión ni jueces.
     No habría juicio.
     Se acabaron las pesadillas, la sensación de pesadez y miedo; ese miedo a caer al abismo oscuro que se cernía a mi alrededor. El futuro se abría ante mis ojos. Un futuro al lado de Harry y los chicos. Un futuro en Londres, con trabajo y una posible familia. No habría rejas, ni fianzas. Absolutamente nada.
     No podía creérmelo. 
     Aquel año había estado presionándome, hundiéndome en mi propia miseria, haciéndome creer a mí y a todos los que me rodeaban que mi destino estaba escrito dentro de un centro penitenciario. Viajaría por todo el mundo con Harry, me emborracharía hasta perder el sentido y haría el amor con él hasta saciarnos el uno del otro. Iba a vivir la vida con toda la libertad que el miedo me había arrebatado.
     — ¿Papá?— pregunté ansiosa, deseando escuchar lo que yo misma estaba pensando en boca de alguien para hacerme ver que aquello real.
     Que no era un sueño.
     — ¡No hay juicio, Emma!
     Grité con lágrimas en los ojos, saltando de la silla y lanzándome sobre papá, sintiendo el calor de sus brazos alrededor de mi cuerpo y dejándome llorar sobre la curva de su hombro.
     Se acabó. Todo se acabó.
     Mi madre vino con nosotros y nos abrazamos los tres, sabiendo que aquella situación, a pesar de todo, había vuelto a unir a nuestra familia y me había unido muchísimo más a los chicos.

     Todo había terminado.
**

     ¡Hola! Más os vale que este capítulo os haya gustado, porque he estado dándole vueltas al juicio durante meses y esta ha sido la mejor opción que he encontrado. He tenido que preguntar e investigar para asegurarme de que la cláusula realmente existía y, como habéis podido comprobar, sí existe.
     Espero vuestros comentarios más que nunca y quiero informaros de que todavía no ha terminado. Todavía me faltan dos o tres capítulos, así que solo espero que sigáis leyendo Unbroken hasta el final.
     Os quiero mucho.